BORGES Y LOS JUDÍOS

 

En una circunstancia le preguntaron a Jorge Luis Borges por qué él no era antijudío. “Es que no veo que los que no son judíos que me rodean, contestó, sean mejores que los judíos”.
Hoy, luego de que han pasado varios años desde su muerte, podemos enriquecer con ejemplos nuevos su anterior aseveración.
Bush no es mejor que Sharon, Cavallo no es mejor que Gelbard, Prodi y Zapatero no son mejores que Olmert, Blair y Chirac no son superiores a Shimon Peres. Y a la inversa el rabino Goldman, quien dirige el movimiento Naturei Karta que opina que el Estado de Israel es una aberración, es en cambio mejor que el postfascista Fini quien llama en vez a defenderlo en nombre del “occidente” y de la “raza blanca” agredidos. Los tiempos actuales tienen pues ventajas sobre los anteriores ya que las cosas son más evidentes que lo que lo eran en la época en que Borges escribía. Quizás para muchos haya llegado la hora de reformularse los conceptos y de que, en vez de señalar al judío que ven afuera, comiencen en cambio a preocuparse por combatir al que tienen adentro de sí mismos sin darse cuenta.
En el siglo pasado un joven filósofo muerto precozmente, Otto Weiniger, mitad ario y mitad judío, nos señaló, también precozmente, esta misma orientación. Así como la moderna psicología nos ha manifestado que no existen ni el hombre ni la mujer absolutos, sino que todas las personas poseen en su seno grados diferentes de masculinidad y de feminidad, todos también tenemos cuotas distintas de caracteres arios y judíos. No existe ni el judío puro ni el ario puro, sino que el ser humano es siempre una posibilidad de hacer primar en su seno cualquiera de las dos tendencialidades. Más tarde Julius Evola señalaría, siguiendo estos mismos pasos, a la raza como un fenómeno espiritual que debe construirse a través de una tarea ascética pues no se encuentra ya formada por el mero hecho de haber nacido. Nacemos individuos, pero nos hacemos personas; por lo que ser ario o ser judío no son pues cosas que están ahí ya hechas y consumadas, sino algo que debe conformarse. De tal modo es que se puede haber constituido un alma judía adentro de un cuerpo ario, como en los casos antes mencionados o a la inversa un alma aria en un cuerpo judío, como el del rabino Goldman recién relatado. El problema principal del ario y del judío no pasa ni por los apellidos, ni por los rasgos físicos o psíquicos, ni por la nariz roma o ganchuda, ni por el color de los ojos, ni por la forma del cráneo. Pasa primeramente por determinar cuál es un tipo y cuál otro. Lo ario es principalmente espíritu libre, autosuficiencia, no determinismo, identidad entre lo humano y lo divino, lo judaico es en cambio sometimiento, abismo ontológico, fatalismo, y, en sus últimas secuelas, materialismo, lo cual está ya prefigurado en el vínculo que el judaísmo tiene hacia su Dios, de temor y de temblor, de absoluta sumisión.
Pero estos dos conceptos, ario y judío, debido a todas las confusiones semánticas en que se ha incurrido, me parecen hoy en día demasiado inconvenientes en ser utilizados, puesto que el común de las personas no sabe hacer una distinción entre lo que es físico y lo que es metafísico. En cambio creo yo que los seres humanos deberían ser divididos entre modernos y medievales *, es decir entre personas que han hecho de la vida y de sus procesos la meta principal de su propia existencia y aquellos que en cambio la consideran como un medio en función de algo supremo. La de aquellos que se sienten realizados cumpliendo simplemente la función de instrumento de una entidad reputada como superior a ellos mismos, llámese especie, raza, sociedad, historia, etc., o la de aquellos que se consideran a sí mismos como fines. Estas últimas personas, los medievales, tienen como meta la trascendencia y en función de ello subordinan todo lo demás.
Años atrás a alguien que no era Borges, en una conferencia en la que exaltaba aquel período de nuestra historia patria de corte medieval en la que fuimos parte del Imperio español, se le preguntó socarronamente si estaba dispuesto a volver a estar sometido a España. La respuesta fue contundente: “En realidad si la España actual fuera la de Felipe II, sin ninguna duda que lo cambiaría por el Menem que tenemos. Pero lo que sucede es que ahora en la madre patria hay un Aznar (o un Zapatero) por lo cual no tenemos más remedio que seguir quedándonos con Menem (o con Kirchner)”.
Esto viene al caso respecto a la indignación que entre muchos “europeos” ha causado el hecho de que Al Qaeda haya efectuado un llamado a reconstituir el emirato desde la Mesopotamia hasta Andalucía, despertando con ello en algunos arraigados sentimientos nacionalistas, aunque en otros en cambio tristeza porque Bin Laden se haya quedado tan corto en su geografía. Estos últimos se preguntan ¿Pero es que acaso la democracia europea es mejor que el emirato islámico? O, como diría Borges, ¿los no judíos que nos circundan son mejores que los judíos que señalamos con el dedo?

* Modificamos aquí el término “tradicional” utilizado por Evola en este caso, puesto que a nuestro entender posee un grado mayor de ambigüedad que “medieval” pues, a pesar de todas las caracterizaciones equívocas que se le han dado también a este último, en todos los casos significa siempre sinónimo de “teocentrismo” por contraposición a un puro antropocentrismo propio de lo “moderno”.

Marcos Ghio