A propósito de una obra de Stanley Payne
ESPAÑA Y EL CATOLICISMO

España fue una sustancia metafísica constituida en una lucha que durara unos ochocientos años en contra de una de las peores herejías que tuviera que padecer el cristianismo cual fuera el Islam en su territorio. Concepción ésta contraria a la idiosincrasia aria en que se sustentara por la que se sostuviera a la manera pagana la unidad esencial entre la naturaleza humana y divina a través del dogma Trinitario, encontrándose ello en contraposición con el concepto semita para el cual el abismo ontológico entre ambas realidades es irreversible y solamente se supera con la subordinación absoluta de la primera respecto de la segunda. (1) Esta lucha por la independencia y la unidad nacional que consumara España a finales del siglo XV estuvo por lo tanto intrínsecamente unida con la propia religión, el catolicismo, y no fue por ello una casualidad que tal epopeya fuese calificada como una Cruzada y que la pareja real que gobernaba el país en el momento de la victoria final tuviese el nombre de 'Reyes católicos', en tanto que desde sus mismos orígenes la Nación española y el catolicismo fueron una unidad esencial e inescindible y ello es también lo que explica cómo en nuestro días, sea por el regionalismo o por la pretendida europeización, tal concepto se encuentre en crisis en simultaneidad con su catolicismo. Y fue también por ello, en tanto que movilizada por tal espíritu metafísico, que en España se plasmara el último intento imperial y católico que conociera el Occidente, en el siglo XVI a través de los proyectos fallidos de Carlos V y Felipe II quienes fueran los últimos representantes del Sacro Romano Imperio. Nuestro continente americano, a través de su descubrimiento y conquista, fue una de las principales expresiones de tal impulso metafísico e imperial.
Este hecho peculiar de la historia española, lo relativo a sus estrechos e inescindibles vínculos con el catolicismo desde el mismo momento de su fundación y epopeya, es justamente el tema que trata la interesante obra de Stanley G. Payne titulada El catolicismo español, editada en 2006 por Planeta. Payne es un catedrático norteamericano que se ha dedicado vastamente a tal temática habiendo puesto un especial énfasis en el período franquista, respecto del cual ha publicado obras tales como El primer franquismo y Franco y José Antonio. El valor que tiene tal autor es no solamente el vasto trabajo bibliográfico efectuado para poder escribir una obra tan extensa en cuanto a su temática, sino principalmente por tratarse de un investigador aséptico respecto del cual no puede decirse para nada que escriba por encargo o determinado por ciertos influjos ideológicos. Su obra es de lo más objetiva que pueda concebirse y si en todo caso pueden achacárseles algunas lagunas, las misma están principalmente determinadas por las carencias doctrinarias de un autor de tal tipo ajeno totalmente a una dimensión metafísica y teológica; sin embargo insistimos en que la misma es sumamente valiosa por su carácter testimonial. Por ejemplo puede señalarse aquí lo significativo que representa el hecho de que el autor, proviniendo de un medio notoriamente signado por el protestantismo, sin embargo sea capaz de decirnos que la famosa Inquisición española, que ha sido siempre utilizada como un estigma para condenar al oscurantismo de tal país, produjo menos muertes que las efectuadas en una sola noche por el monarca francés con los protestantes en la famosa masacre de San Bartolomé, u otras similares efectuadas a la inversa por protestantes con católicos en Alemania.
Hechas estas importantes salvedades queremos señalar aquí que hay una problemática esencial que puede recabarse de la lectura del texto y es que el autor, aun sin explicarnos las razones de ello, constata en múltiples oportunidades cómo el catolicismo español a pesar de haber sido el más combativo y fiel a la ortodoxia de toda Europa, sin embargo fue al mismo tiempo combatido severamente en diferentes circunstancias por la institución eclesiástica que lo debía apoyar. Por supuesto que Payne, debido a las limitaciones doctrinarias antes mentadas, ignora la profunda antítesis existente en el seno de tal religión entre güelfismo y gibelinismo o entre heleno y judeo-cristianismo, pero insistimos el hecho puntual está representado aquí porque ello, aun sin darnos las razones, sea resaltado por una figura ideológicamente neutral y por la gran documentación que nos aporta al respecto.
Yendo al desarrollo puntual de su obra diremos que Payne divide la historia del catolicismo español en tres períodos diferentes de acuerdo al desafío que tuvo que enfrentar. El primero, el más largo, fue el del islamismo que abarcara entre los siglos VII y XV el que fue llevado a cabo a través de la reconquista, el segundo estuvo representado por el protestantismo que fue confrontado a través de la contrarreforma, la que, si bien se manifestara en toda Europa, tuvo su origen preciso y principal motor en suelo español. Finalmente el tercero por el que estaríamos atravesando que es el liberalismo cuyo origen hay que hallarlo a fines del siglo XVIII, con la Revolución Francesa primero y con la invasión napoleónica a España luego y es aquí en donde el autor se destaca por señalar que fue en suelo español, a través de la Guerra Civil, que también recibiera el nombre de Cruzada, que se produjo la más importante reacción antiliberal por parte del catolicismo en toda la historia, la que estuviera precedida por otras reacciones no victoriosas durante el siglo XIX por parte del carlismo y otros conatos católicos similares. Es respecto de este último período que el autor nos aporta los datos más significativos y nos detalla cuál fuera la actuación de la Iglesia católica sea respecto de Franco como de las otras reacciones antiliberales anteriores.
Señalemos de pasada que quizás la principal laguna del texto se manifieste cuando el autor trata respecto de los períodos de Carlos V y Felipe II no explicándonos en el caso del primero las razones por las cuales el papa Paulo IV, a pesar de haber calificado a España como una 'cría de judíos y musulmanes', sin embargo prefiriera aliarse con el sultán turco y con el no tan católico monarca francés para hacerle frente. De mismo modo que no hay ni siquiera una alusión a la acción subversiva realizada por la Iglesia durante la colonia a través de frailes como Bartolomé de las Casas.
Pero indudablemente el período que el autor más conoce es el contemporáneo y más específicamente el perteneciente al gran desafío liberal y es aquí en donde decíamos que nos proporciona los datos más interesantes. Por ejemplo nos hace notar cómo la Iglesia católica, si fue muy dura e intransigente con respecto a las herejías anteriores, sin embargo mantuvo por lo general una postura de blandura respecto del liberalismo, el cual en España durante los dos siglos aquí aludidos, el XIX y el XX tuvo las posturas más crueles y sanguinarias en contra del catolicismo llegando a efectuar quemas y masacres de sacerdotes como no aconteciera ni siquiera con la Revolución Francesa en sus peores períodos de jacobinismo, ni tampoco con la ocupación musulmana.
En España la primera reacción antiliberal fue en la lucha por la sucesión monárquica entre carlistas e isabelinos, siendo esta última una rama liberal y la primera en cambio de carácter tradicionalista. El autor nos hace notar cómo durante las diferentes guerras civiles entre ambos bandos, 'el papado permaneció neutral, negándose a reconocer a ninguno de los contendientes, aunque manteniendo relaciones diplomáticas normales con Madrid (es decir con la monarquía liberal) mientras que todas las jerarquías de la Iglesia rendían obediencia al nuevo gobierno' (pg. 112). Y si bien a raíz de las revoluciones masónicas de 1848 hubo un cierto resurgimiento del catolicismo tradicional y la aparición de figuras significativas como Balmes y Donoso Cortés, impulsadas por la presencia de un pontífice notoriamente antiliberal como Pío IX con su encíclica Quanta Cura y su Sillabus, y ello daría lugar a un cierto resurgir del tradicionalismo católico en tal nación, sin embargo tal situación se revertiría más tarde con los pontífices posteriores. Fue así como León XIII en 1884, con su encíclica Inmortale Dei, modificó tal orientación alentando a los católicos a colaborar en política con los liberales, es decir a participar del régimen democrático. Esta nueva política vaticana hacia el liberalismo conocida como el ralliement, consistente en hacerle concesiones a tal ideología moderna con la finalidad de 'cristianizarla', tuvo efectos importantes y deletéreos en el seno del tradicionalismo español. Así pues en el carlismo se produjo una escisión entre los seguidores a ultranza del papa quienes estaban dispuestos a acatar cualquiera de sus volteretas y los ortodoxos, representados por Carlos Nocedal, que fundarían entonces el Movimiento Integrista, representado por los carlistas intransigentes, la que duraría hasta la muerte de su fundador.
Pero donde las cosas demostraron un carácter inverosímil fue en lo relativo a las relaciones entre la Iglesia católica y el franquismo. Aquí el autor nos señala que, a pesar de todo lo que se considera en contrario, las relaciones entre el Vaticano y famosa Segunda república contra la se sublevara el Caudillo 'distaron mucho de ser de una animosidad inquebrantable'. Lo que sucedía es que la Iglesia en ese entonces apostaba a un liberalismo moderado. Pero fue justamente el hecho de que el liberalismo, en sus expresiones extremas marxistas y anarquistas, agudizara las persecuciones en contra de la Iglesia lo que hizo que ésta tuviese que moderar sus apoyos hacia la República y luego volcarse hacia el franquismo aunque siempre con reservas. Al respecto no puede soslayarse el hecho de que durante todo el período de la Segunda República hubo actitudes ambivalentes por parte del Vaticano, en ese entonces representado por el nuncio Pacelli, quien sería luego el papa Pío XII, quien en ningún momento apoyó a los sectores ortodoxos y 'se mostró sumamente acomodaticio' en relación al gobierno. Fue en cambio una reacción de la población católica lo que frenó los impulsos subversivos de la república que abiertamente hablaba de la destrucción de dicha religión, más que la acción de la Iglesia. Esto hasta se hizo ostensible en plena guerra civil. Durante el período que duró entre 1936 y 1939 'el papa Pío XI consideraba impolítico tener que tomar partido por alguno de los dos bandos' (pg. 231), aun cuando los republicanos habían destruido ya templos y matado a sacerdotes en cantidades inverosímiles. Y cuando se produjo el triunfo de Franco 'el papado esperó a que al menos 12 gobiernos lo reconocieran para proceder a hacer lo propio' (239).
Es de destacar luego que si bien durante el régimen franquista hubo jerarquías católicas que lo apoyaron calurosamente como representando su período el de la restauración de tal religión en dicho territorio, siempre la Iglesia mantuvo una actitud ambivalente, habiendo sido al mismo tiempo aquel ámbito en el cual se desarrollaría la oposición a dicho régimen. Pero todo se agudizaría notoriamente con el Concilio Vaticano II. El cardenal Montini, antes de ser el papa Paulo VI, había hecho pública una nota de repudio al régimen de Franco por una inminente ejecución política de un terrorista comunista (258). Concordando con el principal biógrafo de Franco, Ricardo de la Cierva, Payne opina que el verdadero verdugo del franquismo fue el papa Paulo VI y su política implementada a partir del Concilio Vaticano II. Es decir el Caudillo que supo capear el resultado adverso de la Segunda Guerra Mundial recibió la verdadera derrota por parte de la Iglesia la que curiosamente terminó socavando al único régimen plenamente católico que aun existía. La tarea de destrucción paulatina del catolicismo en España operada por el Vaticano fue de una pertinacia y de un ensañamiento sin límites. En primer lugar porque la subversión bolchevique que había sido aplastada durante la guerra civil pudo durante un período largo esconderse y camuflarse en el seno de las jerarquías eclesiásticas, actuando, tal como sucediera también en nuestro país, varias iglesias como refugios de guerrilleros. Al mismo tiempo se fue paulatinamente vaciando al clero español de todo su elemento tradicional suplantándoselo por sectores liberales abiertos o encubiertos. Nos recuerda también cómo en las iglesias se fueron de a poco distorsionando los sacramentos, los ejercicios espirituales, siendo todo ello sustituido en cambio por el activismo social. Por ejemplo 'se les decía a los fieles que dejaran de rezar el rosario y que no se preocuparan por hacer bautizar a sus hijos, se los apartó de la confesión, se introdujeron en las misas cambios arbitrarios, etc.' (265) Para llegar a sostener que en los comienzos de la década del setenta la mayoría de los clérigos era de ideología notoriamente izquierdista. Todo esto trajo también aparejado un incesante abandono en las vocaciones sacerdotales, que en pocos años disminuyeron a menos de la mitad. Pero la crisis principal entre la Iglesia y el franquismo se la tendrá con el atentado que produjera la muerte del heredero de Franco el almirante Carrero Blanco. Se sostuvo y no sin razones que dicho asesinato sólo pudo acontecer por las protecciones especiales que el clero había brindado a los terroristas. Fue así que cuando se produjera su entierro una multitud de fieles al franquismo gritó al unísono la consigna "Tarancón al paredón' para referirse al primado eclesiástico que se encontraba presente en la ceremonia.
Lo que vino después ya pertenece a nuestros días. El liberalismo se dio cuenta de que para destruir el catolicismo no había que quemar templos y matar curas, sino comprendió que era una cosa muy diferente tal religión de la institución eclesiástica vaticana, siempre dispuesta a traicionar y a servir al amo moderno, es decir, el güelfismo semítico presente desde sus mismos orígenes como un verdadero cáncer de nuestra religión. Era suficiente conciliar con éste para obtener la destrucción de la cristiandad que no pudiera lograrse en cambio ni con la cimitarra, ni con el libre examen de Lutero, ni con la guillotina.
Ésta es pues la conclusión que se recaba de la lectura atenta de la obra.


(1) Sin embargo esta precisión no rechaza sino por el contrario ratifica en los tiempos actuales la necesidad de una alianza esencial entre los fundamentalismos de todas las religiones, en especial el islámico, frente a una herejía superior y más profunda que no solamente niega el carácter divino del hombre, sino el mismo concepto de la divinidad, tal es el mundo moderno.

Marcos Ghio