HA MUERTO BIOLCATI

Días pasados, en forma sumamente ocasional, nos hemos enterado de la muerte del filósofo e ingeniero Vicente Alberto Biolcati a quienes todos siempre cariñosamente hemos llamado por el apellido. Biolcati fue entrañable amigo nuestro a quien conocimos hace casi cuarenta años en la Facultad de Filosofía y Letras cuando, ya en una edad madura, con cuatro títulos universitarios a cuestas, efectuaba exitosamente su quinta carrera. Pero él no era un estudiante crónico o un simple acumulador de diplomas. Su estudio de filosofía se debía principalmente al hecho de estar atravesando una severa crisis respecto de la modernidad y de la disciplina que él había cultivado a lo largo de su vida útil, la ingeniería en gas y petróleo. Él se había convertido en un severo crítico del mundo moderno y ya de grande había descubierto a la figura de alguien que efectuaría una negación radical del mismo, el francés René Guénon, de quien se convertiría en uno de sus principales difusores en nuestra lengua. Debemos reconocer aquí públicamente que fue él quien nos hizo conocer a tal autor y luego fue a través de este último y de su escuela que nosotros nos aproximamos posteriormente al pensamiento evoliano algunos años más tarde.
Siempre lo recordaremos el día en que lo conocimos como una figura contrastante con el medio sumamente superficial y verborrágico en el que nos encontrábamos en donde ser filósofo o estudioso de la filosofía era un simple recurso para sobresalir en sociedad mediante el uso de léxicos rebuscados. Biolcati en cambio era una persona precisa en sus aseveraciones, su lenguaje era impactante y tenía una gran capacidad de comunicación y de exponer en muy pocas palabras las propias ideas; el estudio de la filosofía no era para exaltarse a sí mismo en una sociedad que él reputaba como caduca, sino un medio para poder alcanzar el saber esencial del cual el Occidente se había apartado desde hacía siglos. A él le debemos una serie de obras iluminadas, pero especialmente su tesis de licenciatura titulada La Edad crepuscular que representa uno de los estudios más pormenorizados y profundos que se han escrito sobre el pensamiento de René Guénon en nuestra lengua.
Pero seríamos injustos en este breve homenaje si no recordáramos otro detalle de su vida que nos tocó vivir de cerca. Siendo ya licenciado de Filosofía tuvo que padecer como nosotros ese nefasto acontecimiento argentino cual fue el Proceso de Reorganización Nacional en el año 1976. Esta circunstancia fue, tal como hemos relatado en otras circunstancias, el verdadero momento en que se aceleró el proceso de declive de nuestro país. Principalmente porque sembró la confusión respecto de ciertos principios que eran los esenciales para sanearnos. Apareciendo falsamente como un fenómeno de derecha fue en realidad de izquierda en tanto promovió el liberalismo en todos sus matices. Fue propulsor de la economía de mercado y simuló combatir al marxismo confrontando únicamente con su aparato guerrillero y militar (1), pero no con la izquierda como fenómeno cultural a la que cobijó en las universidades, siempre y cuando no fuese violenta. Cuando en verdad ésa era la peor de todas, en tanto que era la que se camuflaba con el disfraz del cordero. Y además con su política de represión clandestina e ilegal la convirtió en víctima, tal como sucediera en nuestros días con la famosa muletilla de los Derechos Humanos y los 30.000 desaparecidos. Nos falta sólo recordar al respecto que al venderle trigo a la Unión Soviética, en plena guerra de Afganistán, a pesar de su anticomunismo declamado, le dio oxígeno a tal sistema para seguir oprimiendo por más años al pueblo mujaideen. No por nada el Partido Comunista Argentino calificaba al régimen del Proceso como progresista por tales medidas. Y todo esto se complementó con su desprestigio ostensible hacia la única institución capaz de salvar a nuestro país cual es la dictadura. En manos del Proceso Militar los argentinos sólo pudieron conocer una dictadura nefasta y corrompida que, tal como era su meta explícitamente sostenida, pretendía instaurar una ‘democracia sana’ con el tiempo, es decir la que tenemos ahora. Una corrupción profunda no podía sino dar cabida a otra del mismo tenor.
¿Y qué tendrá que ver esto con la muerte de Biolcati? Nos dirá alguno. Es que Biolcati, como tantos argentinos que no éramos ni izquierdistas ni adulones de los militares, fue despojado bajo tal gobierno de su empleo en la empresa de Gas del Estado en el que se había desempeñado por al menos 20 años y obligado a una edad ya madura a buscarse otros medios de sustento. Biolcati entonces resolvió exiliarse. Pero aquí habría que señalar que en esa época existieron dos tipos de exilio en relación al nefasto gobierno militar para aquellos que teníamos títulos universitarios y nos desempeñábamos en la enseñanza. Un exilio confortable en el exterior con doctorados, becas y cargos académicos, es decir curriculum para cuando terminase la pesadilla de la ‘dictadura idiota’ y en éste se enrolaron masivamente los izquierdistas quienes luego volvieron con grandes antecedentes para ocupar cargos universitarios y el otro, el de los que decidimos exiliarnos en nuestro propio país, en un exilio que podríamos llamar interior, de los desencantados, de aquellos que queríamos una dictadura verdadera que rectificara las cosas y no una preparación para la democracia.
En la Patagonia argentina, específicamente en la localidad cordillerana de El Bolsón, transcurrimos parte de nuestro exilio con el gran amigo Biolcati. Luego él se volvió antes al llegarle la edad de la jubilación y continuó, ya en democracia, publicando libros y colaborando más tarde con nosotros en las tareas de difusión de ideas efectuadas por el Centro de Estudios Evolianos, nombre originario de nuestra organización. De él conservamos múltiples conferencias, habiendo sido la última de todas la brindada el pasado 31 de agosto de 2007 en la ciudad de Buenos Aires, la que fue su verdadero canto del cisne, pues nunca más habría de volver a hablar. Ahora nos enteramos que tenía un problema grave de salud.
Queremos rendir nuestro homenaje al gran amigo citando las palabras con las que comienza una de sus últimas obras, La liturgia de Lucifer, las que guardan grandes analogías con las circunstancias que nos tocaran vivir:
“Sálvate y salva a los tuyos. No mires atrás ni te detengas en sitio alguno de esta miseria envasada. Sube a tu caverna en lo alto de la montaña a fin de evitar convertirte en una estatua de metal ferroso. Así no perderás la inteligencia, lo más valioso de ti”.

(1) Más tarde nos enteramos también que hubo una estrecha colaboración con la izquierda montonera en el exterior por parte de ciertos miembros del gobierno militar.

Marcos Ghio
Buenos Aires, 26/02/10