LA LEY DE MEDIOS Y LA PELEA ENTRE IZQUIERDAS

 

Las épocas terminales se caracterizan por la confusión de los conceptos y principalmente por formular falsas disyuntivas con las cuales se querría comprometer a las personas. Tal es lo que sucede en estos momentos con la propuesta de ley de medios implementada por el actual gobierno de los Kirchner y con las pretendidas réplicas a la misma formuladas por los diferentes periódicos, entre los cuales se destacan especialmente los dos principales, Clarín y La Nación.
Al respecto queremos fijar primeramente nuestra postura: 1) Es verdad lo que manifiesta dicho gobierno cuando dice que en realidad la 'libertad de prensa' no es otra cosa que la que poseen los grandes medios de difusión de practicar ellos la censura puesto que son los que forman la opinión pública y los que no permiten que en sus páginas se editen otras manifestaciones que no sean aquellas en las cuales ellos creen habitualmente con fanático dogmatismo.
2) Nosotros consideramos en cambio que el Estado debe ejercer una justa censura prohibiendo la difusión de basura cultural como los distintos programas televisivos encargados de bastardear y corromper a nuestra población. Justamente esta prescindencia del organismo rector de la comunidad que hoy existe en tal esfera es debida al hecho de que se ha impuesto el dogma liberal, defendido a rajatablas por tales medios, de que ni las ideas ni la prensa pueden corromper. Que, debido al materialismo hoy impuesto como un dogma, en tanto el alma ya no existe, no hay consecuentemente deformación de la misma y aquella acción preventiva cuya validez se reconoce y estimula en un ámbito material, como por ejemplo poner semáforos para evitar accidentes o filtros para depurar las aguas, no existe en cambio en el nivel cultural que es el más importante de todos. Por lo tanto considero yo, a diferencia de lo que dicen los medios que hoy protestan en contra de esta ley, que estaría muy bien que un gobernante imbuido de principios éticos superiores practicara una noble censura a fin de preservar la salud espiritual de su pueblo. Para los liberales obviamente, como el espíritu no existe, no hay que cuidar la salud de algo que no es (1).
3) Pero el problema aquí se agrava por el hecho de que Kirchner, a pesar del esfuerzo del liberalismo por demostrarnos lo contrario, como en el caso de un reciente artículo del diario La Nación de un tal Pablo Sirven, no es Mussolini, sino que dista profundamente de serlo. Es corrupto, zurdo, se encuentra ligado a los intereses más oscuros que oprimen a nuestra patria, como el sionismo, y antes de ser presidente no se enroló como el Duce en la guerra para defender a su país, siendo por ello herido, sino por el contrario lucró todas las veces que pudo. Con los militares siendo abogado de un estudio que embargaba a deudores morosos, haciéndose de esta manera con una veintena de departamentos y con la democracia de Menem fue uno de los promotores de la Constitución de 1994 por lo que pasó a integrar la oligarquía de su provincia que se enriqueció con la provincialización del petróleo, pudiendo de esta manera financiar sus campañas presidenciales.
En pocas palabras a un corrupto no se le oponen los argumentos endebles de un liberalismo idiota como el de Sirven y de La Nación que llegan al extremo de equiparar a Kirchner con Karl Schmitt, debido a su carácter confrontativo. Estos ignorantes además de desconocer el fascismo jamás han leído nada del gran jurista alemán que dice exactamente lo contrario de lo que ellos manifiestan y para una mayor profundización del tema remito a mi artículo editorial del anterior número de El Fortín LA ESTUPIDEZ IGNORANTE Y EL NAZISMO DE KIRCHNER. Allí se demuestra cómo nuestros liberales, además de maliciosos, son ignorantes pues, si bien no queman libros como Goebbels, se encargan en cambio de falsificar ideas con la finalidad de sembrar el desprestigio.
 Por lo tanto nuestra actitud frente al problema de la ley de medios, de la misma manera que lo fue respecto del problema de las retenciones del campo (que para nosotros son justas pero una vez más aplicadas por un gobierno decente) es de absoluta prescindencia.
Hecha esta primera salvedad indispensable queremos referirnos puntualmente a un debate pretendidamente intelectual suscitado hoy en día, siempre en relación al mismo tema, entre el recién mencionado matutino y los defensores a ultranza del kirchnerismo enrolados en un conglomerado abiertamente izquierdista denominado Carta Abierta, entre los cuales se destacan principalmente el ex trotskista del sector de Abelardo Ramos, Ernesto Laclau y su discípulo predilecto, Ricardo Forster.
Acá sin embargo hay que acotar que del lado de La Nación, matutino habitualmente conceptuado como ‘de derecha’ y propiedad de un emblemático oligarca ‘católico’ de tal corriente de nombre Julio Saguier, no son especialmente intelectuales de tal tendencia los que llevan a cabo  el debate en contra de los anteriores, sino que curiosamente, mientras que el propietario del medio se dedica a jugar al polo, un conjunto de izquierdistas renombrados son los encargados de replicar y es de imaginarse de qué manera. Entre ellos podemos destacar principalmente a la ex maoísta-estalinista y notoria dirigente estudiantil del partido Comunista Revolucionario, Beatriz Sarlo y al ex trotskista, aunque no del grupo de Ramos, sino en cambio del de Raurich y Milcíades Peña (padre), José Sebreli. Todos ellos debaten acaloradamente y se sacan chispas sea en La Nación como en el nuevo medio kirchnerista Tiempo Argentino acusándose recíprocamente de oportunistas y gorilas con una carga de agresividad sumamente llamativa aunque no novedosa en tal medio. Queremos destacar aquí, ante este pretendido debate, que nos encontramos con la circunstancia de que si bien los tiempos históricos han cambiado, las temáticas que se tratan son exactamente las mismas de hace más de 50 años. La izquierda argentina, tanto en su rama trotskista como estalinista, siempre estuvo dividida entre dos posturas antitéticas respecto de la manera como debía hacerse la revolución bolchevique en la cual siempre ha creído fanáticamente como una cosa fatal e irreversible que de ningún modo se cuestiona en el debate, de la misma manera que otros dogmas modernos infalibles tales como la democracia y la igualdad. Pero en cuanto a la apreciación de tal proceso ha habido siempre dos posturas discrepantes, por un lado se encontraron los principistas, en sus dos ramas, sea trostkista como estalinista, que son los que han considerado que la función del intelectual marxista es la de educar a las masas a fin de que aprendan a hacer la revolución y a no dejarse engañar por la burguesía, por lo que se encargaban de corregir los hechos históricos y en especial tratando de derogar al peronismo en que éstas habían caído, dando así las indicaciones pertinentes a seguir de acuerdo a la dialéctica de la lucha de clases que ellos proféticamente anticipaban. Por el otro en cambio se encontraron los populistas que por el contrario manifestaban que eran las masas las que, en tanto poseedoras de una sabiduría intrínseca propia del devenir dialéctico de la materia en su fase actual de lucha de clases del cual eran portadoras, debían educar a los intelectuales indicándoles el rumbo de la ‘realidad’ y que éstos tenían por función principal, más que corregir la de interpretar los acontecimientos, conformando con léxicos apropiados los sentimientos espontáneos de las masas. Esta estéril polémica y dicotomía, que en una época anterior fue solamente a un nivel estudiantil y de capillas cerradas e insignificantes, ahora, con la profundización de la modernidad y de la democracia en sus fases terminales, se ha convertido en pública en modo tal de hacer creer que la derecha estaría representada por principistas del marxismo como Sarlo y Sebreli y la izquierda en cambio serían únicamente los populistas como Laclau y Forster, por lo que todo el mundo debería dividir sus predilecciones a través de la lectura que los medios masivos han hecho de las mismas.
Acá nosotros para explicar los orígenes de tal curioso fenómeno que ha bastardeado el pensamiento en nuestro suelo queremos remontarnos al dilema que formulara aquel filósofo que quizás sin quererlo diera lugar hace dos siglos a este paradojal debate cual fuera Guillermo Federico Hegel quien concibió a su filosofía como la encargada de superar a través de una síntesis el conflicto permanente que existiera durante toda la historia entre la razón, encargada de contemplar los principios universales que tanto adoran los principistas y la realidad histórica y concreta, que ensalzan los populistas, mediante una famosa aporía por lo que afirmaba que ‘lo real es racional y lo racional es real’, en modo tal de concebir la imposibilidad de que existiera conflicto alguno entre ambas dimensiones. Aunque dicha síntesis superadora, en la medida que no siempre fue practicada por mentes tan brillantes como la del gran filósofo idealista, terminó creando un nuevo conflicto dialéctico determinado más que nada por las afinidades electivas de las personas. Fue así que hubo algunos, en este caso los principistas, que interpretaron que una cosa era real tan sólo porque era racional, y los otros, los populistas, fueron los que por el contrario manifestaron que en cambio lo que la convertía en racional era el hecho de que se había manifestado como real. Fue así como en la época del fascismo en Italia, en donde primara la filosofía hegeliana, la misma estuvo dividida en dos bandos de acuerdo a las aludidas afinidades, el de Gentile al cual podríamos calificar como el populista, y el de Croce que representaba en cambio a los principistas. El primero decía que, en tanto había triunfado,  el fascismo, que era pues lo real, era por lo tanto también lo racional y entonces debíamos adherirnos al mismo si no queríamos convertirnos en conciencias infelices y ahistóricas, el segundo en cambio decía que, en tanto transgredía las leyes de la racionalidad y los principios, éste no era propiamente histórico y ‘real’ y por lo tanto debía ser rechazado. Este conflicto se terminó cuando cayó el fascismo. Allí los gentilianos, en tanto fueron los Aliados los que ganaron, inmediatamente se pasaron de bando, no así los crocianos que vieron también en tal triunfo la realización de la idea. En la Argentina el principal exponente del populismo fue sin duda Perón con su famoso apotegma de que ‘la realidad es la única verdad’, es decir que una cosa era racional y verdadera en tanto se había plasmado en forma exitosa en la realidad. Y es la misma convicción que hace ahora contrastar a los izquierdistas de La Nación con los de Carta Abierta. Para Forster en su nota, lo que hace verdadero al kirchnerismo y le otorga la razón es el hecho de que al haber resultado triunfante en los comicios goza de ‘apoyo popular’ además de haber llevado a cabo una serie de consignas progresistas que él sustenta, y que lo que aun no se habría hecho estaría mediatizado por lo principal que es el éxito obtenido en las urnas. El segundo sector en cambio lo rechaza porque no estaría realizando los principios propios del marxismo y de la democracia que ellos comparten y lo que se reconocen como cosas buenas serían simples artilugios demagógicos para perpetuarse en el poder. Al respecto Sebreli tiene razón cuando dice que el populismo de Kirchner resulta imperfecto en tanto no tiene el aval entusiasta de las masas tal como lo poseyera Perón.
Agreguemos también que esta filosofía del hecho consumado, que fuera incluso expuesta en una obra de Laclau titulada La razón populista,  encargada de exaltar al kirchnerismo como el triunfo de la idea, tiene su claro antecedente en su maestro Abelardo Ramos quien tuvo además una existencia perfectamente coherente con sus postulados populistas. Ramos, quien comenzó su prédica marxista de exaltación del peronismo, en tanto era la manifestación histórica y ‘autóctona’ del antiimperialismo, no tuvo problema alguno con el tiempo en terminar sus días como embajador de un presidente de tal signo, pero que también sostenía la necesidad de ‘relaciones carnales’ con los EEUU. Y esto tiene su explicación ‘trotskista’. En tanto ‘la realidad es la única verdad’ y por lo tanto se confunde con el éxito, el mismo se expresaba en el hecho de que Norteamérica había ganado la guerra contra el comunismo, por lo tanto había respaldarla en tanto era la plasmación de la ‘verdad’ (2). Claro que los principistas, si bien anti-peronistas y ‘gorilas’,  no han dejado tampoco de hacer lo mismo en tanto lo conciben como el representante del triunfo de los ideales democráticos. Liberalismo y marxismo son pues gemelos, el editor Saguier puede por lo tanto seguir jugando al polo pues su diario tiene sus dignos representantes.

 

  1. Con mucha hipocresía los liberales, que ejercen en forma camuflada la censura a través de la prensa que controlan, suelen decirnos que el Estado no debe censurar pues si se transgrede a través de la prensa alguna norma pública siempre existe el camino de la justicia para reparar el daño ocasionado. Proponemos que se haga lo mismo con el tránsito, que no se pongan semáforos en tanto que los peatones que se accidentan pueden demandar a los automovilistas, ni que se filtre el agua pues puede también accionarse contra la empresa que la distribuye en caso de contaminación. Porque además de todo la justicia es algo rápido y seguro.
  2. Aunque en verdad se soslaya muchas veces que, aun combatiendo a los EEUU de palabra, el movimiento trotskista representado entre otros por Abelardo Ramos fue desde sus mismos inicios sumamente servicial a los mismos,  tal como lo explicara brillantemente el fundador descreído de tal movimiento, Liborio Justo, alias Quebracho, en su invalorable obra Estrategia Revolucionaria en la cual lo denuncia a Ramos y a otros trotskistas como agentes de la CIA ya en la década del 40 del pasado siglo.