NACIONALISMO Y ETNICISMO

(2ª nota sobre los identitarios europeos)

Llama la atención que este grupo de europeos que insiste en escribir en la página de Tsunami * respecto de las conveniencias que les reporta un nacionalismo continental, tal como hemos venido padeciendo desde hace décadas en nuestro país y en el mundo con sus incesantes despojos de nuestra soberanía y riquezas, hoy nos hable con optimismo respecto de la desaparición de los Estados nacionales y de su consecuente sustitución por conglomerados étnicos, tales como los que allí suceden con Cataluña, Galicia, Padania, Valonia, etc.
Al respecto digamos dos cosas. Es verdad A) que el Estado nacional, tal como existiera hasta nuestros días, es una creación moderna resultante de la quiebra del ecumene medieval. B) Que el nacionalismo tiene por lo tanto un origen burgués habiendo sido motorizado especialmente por la revolución Francesa como una forma más de relativismo. C) Que no es casual que los mismos liberales suelan calificarse muchas veces como nacionalistas en tanto consideran a los Estados nacionales como supraindividualidades que luchan por sus intereses y que, así como en el mercado, por una especie de armonía preestablecida, el libre despliegue de los egoísmos individuales daría como resultado el bien y el progreso de la humanidad toda, de la misma manera creen que, en tanto las naciones se aboquen meramente a defender sus propios intereses, principalmente económicos y ‘geopolíticos’, esto también devendrá en la felicidad colectiva.
Pero desde un punto de vista superior y no relativista como el que es propio de la anomalía moderna es posible en cambio valorar en el nacionalismo un segundo aspecto. Al proponer en el seno de una determinada comunidad el bien de la Nación como un fin superior al de las partes singulares, en un plano subordinado sostiene pues la primacía de un principio universal por sobre uno de carácter particular y de este modo deja de ser relativista, tal como lo fuera en sus orígenes. El gobernante en tal tarea de subordinar las cosas a un principio cumple así el mismo rol que tenía el emperador en el seno de una comunidad más vasta, el de mediatizar los intereses de las partes ante un principio superior. El concepto de bien de la nación se convierte así en una realidad trascendente, -tal como existiera en un nivel más vasto en los grandes imperios- a la cual se deben ordenar las partes singulares. Es sólo desde tal punto de vista que puede ser lícito proclamarse nacionalistas y no en tanto defensores del principio de la soberanía de las naciones o de la superioridad y exclusivismo de lo propio, tal como fuera característica de varias manifestaciones de tal movimiento, por lo cual dicho término ha terminado convirtiéndose en ambiguo y no resulta a nuestro entender para nada conveniente en ser utilizado debido a las confusiones que conlleva.
Ahora bien, el concepto de Estado Nacional puede ser negado desde dos puntos de vista diferentes. O desde uno más elevado cuando a tal concepto relativo se le contrapone un universal que es el Imperio y se considera que por encima del mero interés nacional deben existir principios superiores. Que por ejemplo en ningún momento hubiéramos respaldado -y de hecho no lo hicimos y hasta llamamos a desertar- que en nombre del sano interés de la nación Argentina que precisaba aliarse estrechamente a los EEUU para progresar se participara con el presidente Bush de la invasión de Irak. O si en cambio se lo niega a partir de lo que es menos que éste, es decir el de los intereses de las partes que lo componen, que pueden ser las clases sociales en el caso del marxismo o las diferentes etnias de las cuales aquel está compuesto, como lo que sucede con el fenómeno de los identitarios que aquí comentamos. Es lógico suponer en este último caso, y es lo que acontece hoy efectivamente, que en el momento en el cual, luego de haberse disuelto ese principio que era el Imperio que se erguía por encima de las naciones encarnando una instancia superior a los meros intereses de parte, se quiebra también esta otra que es la nación, la resultante de ello haya tenido que ser que las partes, una vez que tal universalidad se ha disuelto, se preocuparan en forma excluyente por la primacía de los propios intereses. Tal el sonado caso por ejemplo de Padania en Italia que agrupa a un conjunto de provincias norteñas que no quieren mantener con sus impuestos al sur y a la ‘Roma ladrona’ y que alientan abiertamente el secesionismo en aras de participar de una gran confederación europea tal como sostienen los identitarios aquí mentados que se remiten a los escritos del eurosionista G. Faye. Esto es parecido a que si en una familia no se quisiesen pagar los remedios a un hijo enfermo porque da pérdidas o si se expulsara de casa al padre inválido porque molesta. Una nación, del mismo que en un Imperio en una instancia más alta, es un proyecto histórico que trasciende las instancias circunstanciales que no pueden reducirse meramente al aquí y ahora de los intereses de grupos. No es de extrañar que en el futuro, una vez que las provincias del norte hayan logrado la independencia, en el seno de éstas, una vez que el principio del sagrado interés de la parte ha triunfado, otros grupos menores aleguen lo mismo ya que siempre habrá algunos más ricos que otros hasta en el seno de una misma familia.
Los identitarios, que, tal como hemos visto en nuestra nota anterior, se dividen entre aquellos que ya han abrazado la causa del sionismo y los que aun no se atreven porque éste solamente bombardea a las naciones árabes que todavía no los invaden, quieren camuflar esta actitud burguesa y moderna con una serie de disquisiciones históricas de una ingenuidad palmaria. Por ejemplo nos dicen que ellos, si bien han nacido en España se sienten más europeos que españoles ya que participan hasta con los rusos de una antigua tradición milenaria indoeuropea (quiere decir que en esto entrarían también los hindúes) por la que sostienen un sistema de castas. Esto exige dos explicaciones. La primera es que el sistema de castas pertenece no solamente a la tradición indoeuropea, sino a todas las grandes tradiciones de la humanidad antes de que la anomalía moderna introdujera el igualitarismo, casualmente originado en el continente europeo. La segunda es que hay que hilar demasiado fino para encontrar rastros de esta antiquísima tradición en la Europa actual la cual no solamente por haberlo originado está totalmente saturada de igualitarismo y democracia. Que el retorno al autonomismo cultural que ellos pregonan (uso de la lengua, folklore, etc.) no ha dado por resultado alguno un alejamiento del actual sistema globalizador y democrático que ellos critican tanto y el mejor ejemplo de ello hoy lo tenemos justamente en una región que se encuentra a la vanguardia de la autonomía cultural como Cataluña que lo tiene preso al investigador Varela por pensar diferente. Éste es uno de los tantos ejemplos palmarios de cómo son dos cosas diferentes la cultura de la civilización. Se puede ser europeo -y de hecho es lo que sucede actualmente al hablar los mil y un dialectos que allí existen sin ningún tipo de impedimento ni siquiera escolar- y ser al mismo tiempo partícipes de la civilización moderna en su secularismo y materialismo. Tal como incluso hasta con indicaciones precisas nos sugieren hacer Faye y los identitarios cuando, mientras inducen a hacer frente al mundo islámico, solamente alientan a ‘frenar’ el poder norteamericano. Es que como Norteamérica participa como ellos de la misma civilización hay que inducirla a ser pluralista y a compartir las decisiones para poder combatir juntos a la otra civilización de la mezquita que pone, a diferencia de la moderna, a lo espiritual y sagrado (lo que ellos llaman erradamente monoteísmo*) por encima de lo profano.

• Ver LA EUROPA DE LAS ÉTNIAS, NUESTRO ÚNICO FUTURO POSIBLE en Tsunami Político.
• Otro gravísimo error que cometen es el de considerar a la tradición europea como politeísta, como si acaso Platón y Plotino, no formaran parte de la misma, y al cristianismo como crudamente monoteísta, cuando el concepto de Trinidad puede ser concebido por muchos como una síntesis entre monoteísmo y politeísmo. Pero la verdad es que el europeo común no es hoy en día ni politeísta ni monteísta, sino que es antiteísta.

MARCOS GHIO
27/01/11