EVOLA Y EL FIN DE LA MODERNIDAD

Introducción

Nos hemos propuesto una titánica y muy difícil tarea en este importante encuentro en donde por vez primera se realiza una jornada evoliana en el continente americano y hasta diría en el mundo entero, con la presencia de personas de distintos países. Recordemos que aquí en Brasil se ha efectuado una primera en el pasado año concebida como una preparación para el lanzamiento internacional de ésta. Representa ello un hecho inédito y estamos dispuestos a celebrarlo como corresponde difundiendo una serie de conceptos que obviamente no se divulgan en otros medios.
Vamos a tratar de dividir nuestra exposición en dos partes muy diferenciadas, la primera, que podríamos calificar como de carácter teórico, será relativa al significado que tiene el concepto de lo evoliano y a lo esencial de su mensaje que es la difusión renovada en nuestros tiempos de una antigua doctrina tradicional relativa al destino y sentido de la existencia humana, que es la de la preexistencia y la segunda, siempre desde una misma perspectiva, relativa al acontecimiento, quizás producto de una coincidencia ocasional, del día de mañana en que se cumplen 10 años de aquel hecho histórico que significara el comienzo del final del mundo moderno contra el cual Evola luchara hasta el último de sus días y que se enmarcaba justamente en el sentido existencial antes mentado. Recordemos al respecto que según nuestro autor, que no es fatalista,  solamente podrá salirse de una era decadente y de anormalidad como la actual, solamente podrá constituirse un alma inmortal, eliminando esa gran anomalía y obstáculo que es el mundo moderno; por ello se titulará esta segunda parte de nuestra conferencia de una manera desafiante, Evola y Bin Laden.

I-  Evola y la doctrina de la preexistencia

Ingresando ahora a la primera parte volvamos a decir que celebramos que en Brasil se hayan establecido jornadas evolianas, algo que lamentablemente no hemos podido hacer en la Argentina a pesar de toda la difusión que hiciéramos de la casi totalidad de la obra de Julius Evola hoy traducida a nuestra lengua. Y al respecto quiero yo resaltar una anécdota personal. Corría paradojalmente el año 2001 y en la Biblioteca del Congreso de la Nación Argentina, en un hecho sumamente inusual, quien era en ese entonces su director, el prof. Emilio Corbière, inauguró, en ocasión de cumplirse los 50 años de la muerte de René Guénon, por primera vez en la historia de nuestro país la realización anual de unas jornadas guénonianas a las cuales invitó a participar, entre otras, a personas vinculadas con nuestro Centro de Estudios. Yo quiero resaltar aquí que el aludido Corbière, ya fallecido, era un conocido escritor y político argentino de notoria orientación marxista leninista y además un masón grado 33, perteneciente sin más a lo que Guénon calificara como la masonería especulativa, todo lo cual se trasuntaba en el tenor de muchas de las intervenciones que allí se promovían, como una famosa del mismo Corbière que se titulara Marx y Guénon, lo cual, es bueno decirlo, era el equivalente a la Biblia junto al calefón. Pero, no obstante tales limitaciones y absurdos, digamos que el hecho sirvió para que la figura de Guénon, aun con las connotaciones mencionadas, fuese más conocida y que, luego de la muerte del aludido Corbière, acontecida al poco tiempo, se nos invitara a hablar en un par de oportunidades hasta que, cuando se notó la inconveniencia de los temas que vertíamos, se resolviera suspender mis intervenciones debido a su carácter notoriamente antimasónico, lo que en ningún momento ocultáramos. Viene al caso el ejemplo dado porque recuerdo que en una oportunidad, al encontrármelo al aludido Corbière (que de paso digamos se había leído o al menos comprado toda la obra de Evola que editáramos), le dije mitad en broma y en serio por qué, ya que había resuelto hacer jornadas guénonianas, no hacía lo mismo con unas evolianas. Ante lo cual, recuerdo su gesto de espanto, acompañado de la expresión enardecida y llanamente militante de que ni loco lo iba a hacer con un ‘fascista’.
Esto viene al caso para preguntarnos exactamente qué es lo evoliano en tanto que a partir de ello se podrán comprender también las razones del profundo rechazo que tal palabra suscitaba en un paradigmático exponente de la modernidad en sus dos principales expresiones más caducas, el marxismo y la organización contrainiciática en lo que se ha convertido la masonería.
Podríamos decir, como punto de partida, que lo evoliano se enmarca en todo aquello que puede calificarse como la generación de la crisis, es decir de aquella que ha percibido el fracaso de todos los valores en que se ha cimentado la modernidad desde sus mismos fundamentos judeocristianos, aunque no siempre haya dado las mismas respuestas. Aquella que ha comprendido que los mismos han sido simplemente anzuelos, sustitutos para un yo insuficiente que, reducido a un esencial estado de pasividad y dependencia, ha buscado puntos de apoyo en los cuales sostenerse y explicarse. Y esta crisis, que había comenzado primeramente en el plano de las ideas con el cuestionamiento de algunas verdades aceptadas como dogma, habrá de llegar a su cénit tras las dos guerras mundiales que habrían de producir en el Occidente un verdadero sacudón vulnerándose allí hasta la más elemental de sus convicciones, aunque con resultados que, tal como veremos, no siempre significarán una resolución de la misma, sino por el contrario un estado de mayor profundización.
Ahora bien, si tuviésemos que buscar el origen de este fenómeno, podríamos decir que ha tenido sus antecedentes en la misma modernidad y que comienza justamente en el seno del movimiento que la había impulsado a través de una de sus principales expresiones filosóficas cual fuera el idealismo alemán en el momento en el que su mismo antecesor, Kant, se cuestiona respecto de una de las principales verdades que tal mundo había asumido como indubitable, aquella que formula la correspondencia e identidad entre lo que el sujeto conoce y la realidad que lo circunda, sosteniendo en cambio la existencia de un yo trascendental no pasivo, sino capaz de constituir por su actividad creadora el objeto del conocimiento. Más tarde tal tendencia hacia la actividad trascendental del yo irá incrementándose; con Schopenauer se pasará de un plano gnoseológico a uno metafísico pues, luego de haberse cuestionado él también que exista alguien que constituya, ante nuestra pasividad esencial y en lugar nuestro, el campo del conocimiento, destruye otro dogma relativo al de aceptar que el mismo ser superior que nos habría entregado un conocimiento ya formado como un espejo de lo real, haya hecho también en modo tal que nos encontremos en el mejor de todos los mundos posibles. Por lo tanto pone en duda de que el lugar en que nos encontramos se trate de un mundo emanado de las manos de un Dios benefactor que sólo piensa en nosotros y, en nuestro progreso y salvación, armado de un plan providencial, o de un arquitecto sabio y razonable, interesado permanentemente en nuestra suerte, capaz de convertir, a través de una armonía preestablecida, los más inverosímiles desórdenes en órdenes superiores y beneficiosos para todos, y al cual por lo tanto nos deberíamos someter, en un acto de obediencia extrema, sujetándonos a su fatalidad irreversible, a sus planes, a sus personeros, es decir, a su ‘realidad’ en incesante evolución. Para arribar luego, ya finalizando el siglo XIX y habiéndose quebrantado con su antecesor la fe en el progreso, con Nietzsche a que tal cuestionamiento se proyecte también a un plano ético y psicológico al considerarse que, en tanto no se trata del mejor de los mundos posibles y no deberíamos concebirnos ya como un medio más de un gran plan providencial, la totalidad de los valores y la ‘moral’ en que se ha constituido la modernidad desde sus mismo orígenes judeo-cristianos, lejos de ser reputadas como verdades indubitables, son meramente puntos de apoyo, sostenes para un yo que quiere olvidarse de sí y ocultar su debilidad e impotencia esencial buscando algo ajeno a él mismo en qué justificarse y explicarse.
Llegamos así finalmente, en el pasado siglo, al existencialismo, comprendido ya no como simple filosofía, sino como revuelta existencial en donde el yo por vez primera -y aquí nos remitimos al Evola de Cabalgar el tigre- especialmente a través de Sartre, una vez que con Nietzsche se ha producido la quiebra de la totalidad de los valores, una vez que se ha descubierto el carácter activo y creador del yo, y se ha puesto en duda la fe en el progreso y en el dios bondadoso y vigilante respecto del rumbo de la historia universal, así como todos los fetiches que corresponden a tales creencias, se interroga respecto del por qué estamos entonces aquí formulándose esta trascendental pregunta: ‘¿Quién nos consultó respecto de estar en esta vida?’ Es el interrogante propio de Sartre y que es un cuestionamiento realmente radical en tanto que con el mismo, en una línea que arranca desde Kant, que había objetado en su momento que el yo fuera un sujeto pasivo de conocimiento, ahora tal postura se radicaliza y no se acepta que en razón de no haberse dado a sí mismo el ser éste deba reducirse a la condición de mero instrumento de mediación de una entidad universal y superior a él mismo como podría ser la especie (Darwin), la Historia (las diferentes variantes de relativismo historicista), la Economía (Marx) o la Razón o Idea Universal (Hegel), sino que se pregunta por un sentido de la propia existencia a partir de la propia condición a la que llega a considerar como anterior a tales realidades encontradas; por lo tanto de lo que se trata ahora es de un sujeto que no se deja reducir a otra cosa que no sea a sí mismo.
Sin embargo si tanto Sartre, como también a su manera Nietzsche, habían logrado conducir la crítica hasta el rechazo de la concepción de un yo que se conforma pasivamente a la condición de medio de alguna entidad que no sea él mismo y a la que se adapta (momento negativo), Evola nos hace notar que la resolución que ambos dan a tal problema dista mucho de representar una verdadera superación de lo moderno. Nietzsche encuentra la salida al nihilismo abrazándose de una nueva religión, que denomina de la tierra, la religión del superhombre, lo cual en realidad no sería propiamente una superación de lo humano, sino en cambio la asunción de las categorías propias de nuestra misma especie sublimadas y multiplicadas, en donde la ciencia moderna habría de encontrar su adecuada expresión. El superhombre sería, tal como lo graficara tiempo atrás un nietzscheano de nuestros tiempos como el recientemente fallecido autor chileno Miguel Serrano, un ser que se regenera alcanzando así la condición de inmortal, pero en esta misma vida. Y Sartre, una vez que ha insinuado lo más profundo del drama existencial, del mismo modo que Nietzsche, tampoco trasciende la condición humana, sino que termina asumiendo esta misma existencia como una condena (‘estamos condenados a ser libres’), que es como decir que estamos condenados a existir en tanto que ha sido una vez más otro y no nosotros mismos el que nos ha dado el ser, profundizando de este modo el concepto de dependencia que era propio de lo moderno. Y este pensamiento se asocia a su vez con el del primer Heidegger cuando formula lo esencial del hombre comprendido como un ‘ser para la muerte’, como aquel que asume heroicamente la propia finitud, pero que no es capaz de trascenderla hacia una dimensión superior. Según Evola sea Heidegger como Nietzsche confunden la metafísica emanada del judeo cristianismo con toda metafísica. Y esta postura es el verdadero antecedente de lo que hoy se conoce como la postmodernidad, en donde el yo renuncia a cualquier valor trascendente respecto del aquí y ahora, rechazando de este modo no sólo a toda metafísica sino también a cualquier tipo de ideología a la que considera como un remanente de aquella, esta vez secularizada, en tanto concebida como un nuevo alucinógeno encargado de apartarnos de nosotros mismos, y solamente pretende vivir el presente temporal sin concebir siquiera la posibilidad de otro tipo presente de carácter eterno como el que es propio de la metafísica anterior al judeo-cristianismo. De este modo nos encontramos así con que los movimientos en contra del nihilismo, aquellos que han llevado la crítica a la modernidad hasta los límites más radicales, han terminado paradojalmente aceptando a la misma modernidad en sus aspectos más caducos y decadentes.
Evola hace notar cómo en tales revueltas existenciales está presente, a pesar de todo y en forma inconsciente en sus ejecutores, una problemática esencial que pertenece al mundo de la tradición anterior cual era la doctrina de la preexistencia. Es como si con la crisis se hubiese producido una remoción de las aguas. En efecto, al preguntarse Sartre respecto del por qué se está aquí, de quien nos consultó para venir a esta vida, está así formulando implícitamente un antes de la vida misma y, sin darse cuenta de ello, está retornando a ciertas problemáticas que estaban presentes en Plotino y en Platón, es decir a las metafísicas precristianas, en tanto que fue a partir del cristianismo que dejó de concebirse la pre-existencia del alma, sino que únicamente se admitió la post-existencia en la medida que se consideraba que el yo había sido creado por un acto gratuito por parte de Dios a partir de la nada.
Pero la diferencia con Sartre es que si para éste la existencia sigue siendo impuesta como una condena y de esta manera no sale del marco de la doctrina de la creatio ex nihilo, en Evola, remontándose expresamente a la tradición anterior al cristianismo, se concibe en cambio que la misma se ha querido y, es más, ha sido una resolución propia y no impuesta por otro el estar aquí en esta vida e incluso en este mismo tiempo y lugar. La existencia no es pues padecida como una condena, sino que ha sido elegida como una prueba para conquistar una dimensión superior a ella misma.
Si bien Evola no lo formula en estos términos tratemos de graficar su postura esencial acudiendo a un procedimiento que estaba presente en Platón, el mito, el que en realidad es una manera de formular en nuestro lenguaje cotidiano un tipo de conocimiento de tipo intuitivo de carácter metafísico, es decir,  presente solamente en algunos.
Antes de la existencia el yo ya era en otra dimensión de carácter inmortal, pero aquí es indispensable diferenciar lo que es meramente inmortalidad de eternidad. Ser inmortal no significa necesariamente estar afuera del tiempo, puede querer decir también un yo que participa de un tiempo infinito, sin límites, en tanto nunca muere y se regenera ilimitadamente. Se trataría de la inmortalidad propia de la que nos hablaban Nietzsche y Serrano. En la esfera de la eternidad también existe la inmortalidad, pero se trata en cambio de una dimensión diferente del tiempo en tanto que, al no participar del mundo del devenir, no posee por lo tanto las tres dimensiones desplegadas en forma sucesiva (pasado, presente y futuro), sino que ella solamente es presente. Y aquí hay que hacer una diferenciación entre lo que es el presente propio del tiempo de lo que es en cambio el presente de la eternidad. Este último se trata de un presente que, en tanto es ser y no devenir, incluye a la totalidad del tiempo, a todo el pasado y el futuro, en cambio el presente propio de la dimensión temporal es en cambio una realidad efímera carente totalmente de pasado y de futuro; ya San Agustín lo calificaba como una línea ideal entre dos cosas que no son: una, el pasado, que no es en tanto ya ha sido y otra, el futuro, que tampoco es en tanto aun no ha llegado a ser. Lo único que verdaderamente ‘es’ es el presente, pero el presente del tiempo es una realidad que deja permanentemente de ser pues en el mismo momento que la estamos mencionando acaba de perder su entidad. Forjarse un alma que trascienda la dimensión temporal ésa es propiamente la meta por la cual se ha decidido existir en este tiempo finito saliendo de la infinitud del tiempo preexistente. Por lo que la vida en la que nos encontramos tiene sentido únicamente en tanto significa un combate por alcanzar una inmortalidad que sea eterna superando así aquella que era simplemente temporalidad. Pero ahora bien, acudiendo nuevamente a los mitos formulados por Platón, que una vez más lo decimos, no son en modo alguno relatos fantasiosos, sino verdaderas y propias intuiciones de cosas que son, se nos dice que el pasaje de un tiempo infinito a uno finito como aquel en el cual nos encontramos ahora, es decir el paso del mundo de la inmortalidad infinita al de la muerte y finitud, implica un riesgo sumamente severo, consistente en una caída que nos produce el olvido respecto de la razón por la cual nos encontramos aquí. Olvido que puede ser superado por algunos, aunque la mayoría no alcanza nunca a recordar y por lo tanto se extravía. Ésta era también la causa por la cual, ante tal peligro, algunas almas no se decidían a elegir lanzarse a la existencia y preferían continuar en un tedioso estado de incesante e interminable devenir. Este proceso de olvido y de caída es aquello que los alquimistas relataban con la imagen de las aguas corrosivas que asientan al alma en el mundo del cambio y el devenir y terminan disolviéndola en la nada, que es propiamente el presente efímero del mundo que cambia.
El acto de la existencia es concebido por Evola pues como un proceso de perfeccionamiento espiritual y lucha por recordar incesantemente lo que se es y el para qué se está aquí, para no extraviarse y perder la brújula, olvidándose así del sentido por el que se ha tomado tal decisión trascendental, con el fin de poder obtener lo que se está buscando, que es la superación de la dimensión temporal y la conquista de la eternidad. Y en tal proceso hay algunos, -y la cantidad de ellos depende de acuerdo a los tiempos en los cuales se vive- que sucumben sin poder percibir en toda la existencia un mero atisbo de tal razón por la que uno se encuentra aquí. La mayoría y en especial en los tiempo últimos, del mismo modo que los seres puramente bestiales, transcurre la totalidad de su vida sin haberse preguntado nunca respecto de la razón de su existencia, simplemente vive, transcurre, vegeta, se aturde en una serie de ocupaciones, busca apacentarse en modo animal a través de una existencia confortable y ‘feliz’, que le permita ‘olvidarse’.
Por supuesto que no todos los tiempos son iguales entre sí. Indudablemente esta posibilidad de ‘recordar’ se encuentra favorecida en aquellas épocas en las cuales existen pistas, puntos de apoyo para encaminarse, ordenados hacia lo superior. Éste era el sentido que tenían las castas, el de orientar la vida de acuerdo a la naturaleza propia de cada uno a fin de que, una vez que se hubiese encontrado el sosiego consistente en hallar la propia medida, el alma se preparase para la obtención del fin trascendente para el cual había elegido estar aquí. Para tal fin es que se encontraba la presencia de seres que eran como paradigmas de tal realidad suprema, que actuaban, en tanto más que meros hombres, como faros de luz en medio de un mundo mutable incesantemente a fin de evitar que las almas incurriesen en la vorágine del caos y el devenir olvidando así el por qué están aquí. En la casta el hombre hallaba su medida propia, aquello que era acorde con la naturaleza que le preexistía, por lo tanto encontraba el orden adecuado para abocarse a una instancia que le permitiese trascender su condición. No podía existir en un mundo tradicional, tal como acontece en cambio en nuestros tiempos caóticos, un desprecio respecto de la misma, pues significaba algo así como un suicidio, como una negación absoluta de lo que realmente se era y por lo tanto, debido a la angustia que suscitaba tal disconformidad con uno mismo, el hombre se apartaba así, en un estado de tormento incesante, del fin para el cual había elegido estar aquí y sobrevenía entonces la caída irreversible.
Por encima de las castas existían aquellos seres superiores e instituciones que eran los encargados de conducir a las almas hacia su meta trascendente. Éstos podían asumir diferentes figuras según los tiempos y lugares: eran principalmente los reyes divinos con funciones diametralmente opuestas a las de los actuales gobernantes, así como los héroes, los ascetas, los santos, todos ellos individualidades superiores encargadas de mostrar los límites propios a los que podía arribar una lucha por doblegarse a sí mismos, así como también, en un plano inferior, los maestros espirituales, encargados de brindar al sujeto que integraba las distintas castas una verdadera y propia iniciación, es decir eran los encargados de efectuar una fragua en la propia naturaleza brindando ese segundo nacimiento posterior al meramente biológico que era la razón última por la cual se había decidido venir hasta esta vida.
Sin embargo las épocas son diferentes entre sí de acuerdo al grado de decadencia. Este orden normal cual fuera lo que se conociera como la Edad de Oro, una edad ordenada y orientada hacia la dimensión superior por la que se vivía, será lentamente abandonado por la afluencia cada vez mayor de las aguas corrosivas de la decadencia acompañada también de la paulatina desaparición de esas individualidades superiores que indicaban el fin supremo. Ello acontecerá en una sucesión de etapas escalonadas hasta llegar a los tiempos en donde nos hallamos en la fase del Hierro más avanzado y corroído, la que representa el contraste más absoluto y extremo con la anterior áurea centrada en la normalidad. En la edad del Hierro, la edad de la masa y la democracia, no existe ya más ningún fin que trascienda a la mera vida; obviamente han dejado de existir las castas para ser suplantadas por las clases sociales en tanto que el hombre sólo tiene por destino a la economía y a la panza y por lo tanto en la misma han desaparecido aquellos sostenes, aquellos puntos de apoyo que tenía antes para elevarse hacia algo superior; el mundo en el que se vive es de absoluto caos y volcado hacia el presente ínfimo, tal como formula hoy en día ese movimiento que, paradojalmente surgido desde el existencialismo en tanto expresión de la crisis, y conocido como la postmodernidad, ha confluido, en contraste con sus fines originarios, en la exasperación de un presente sin nada de pasado ni de futuro. Lo postmoderno significa pues la estereotipación última del movimiento moderno pues si éste había suplantado a la metafísica por la ideología dándole a esta última el sentido de un más allá de este simple presente, ahora, con la postmodernidad se rechaza también a esta última, personificada bajo la figura de los ‘grandes relatos’, comprendidos como remanentes de la metafísica que, según el mismo, no se habría terminado de eliminar, exaltando en cambio el valor del presente, del aquí y ahora, el que, a diferencia de el de la eternidad, es un presente vacío, carente como tal absolutamente de pasado y de futuro.
Dentro de este contexto es posible comprender ahora el sentido por el cual, si por la elección trascendental el alma ha elegido no solamente nacer a esta vida, sino también ha escogido el tiempo y el lugar para hacerlo, cuáles son las razones por las cuales se lo haya hecho en un tiempo de absoluta y total decadencia como el actual en el cual no solamente no existen más castas ni sostenes que eleven hacia lo alto, sino que el hombre vive sumergido en el caos más pleno del presente ínfimo sin pasado ni futuro. Esto se vincula con el texto de un asceta que Evola citara finalizando su obra Rebelión en donde se decía que, si bien los hombres de los tiempos pasados vivieron en una época superior a la nuestra, en ésta, la de la más absoluta y plena decadencia, es posible recabar frutos superiores aun a los de la primera. En efecto, en la época actual en donde ya no hay más reyes divinos, sino tan sólo reyes que reinan pero que no gobiernan, ni sacerdotes, sino simples coordinadores sociales, ni maestros espirituales que informen en una nueva naturaleza, sino meros instructores de marketing para tener éxito en la vida, en donde ya no hay más castas que permitan el sosegado despliegue hacia nuestra vocación superior, hacia aquello por lo cual hemos decidido encarnarnos, en donde por lo tanto las sociedades iniciáticas han degenerado, (pensemos en la Masonería) subvirtiendo hasta los mismos ritos, por lo que aquí sólo es posible abrirse un camino propio contando únicamente con las propias fuerzas, por lo cual es ésta la época en donde es dable desplegar el más alto grado de heroísmo. Quizás sea este período final y diabólico en el cual, a la manera de un verdadero simio, se ha querido suplantar el tiempo tridimensional y sucesivo por el presente ínfimo de la postmodernidad, sin pasado ni futuro, ante el cual es posible contraponer como un verdadero contraste el presente propio de la eternidad que incluye en sí a la totalidad del tiempo, en tanto es ahora todo el pasado que ya ha sido y el futuro por venir. Sea justamente aquí en donde sea posible recabar los frutos superiores de los cuales Evola nos hablaba hallándonos ante el gran desafío de aquel que ha sido capaz, a diferencia de cualquier otro, de Cabalgar el tigre. Ésta es pues la época en la cual la fragua es mucho mayor, en donde, tal como decía un gran místico católico, el oro es templado por el fuego, en donde la lucha se convierte en plena y absoluta, abarcando a lo más profundo del propio ser.

II- Evola y Bin Laden

Habiendo arribado así a los tiempos últimos y terminales, pasemos pues a la segunda y última parte de nuestra ponencia, la que se refiere explícitamente a un tema actual. Porque queremos aquí hacer mención a dos figuras emblemáticas de nuestros tiempos, a dos de aquellos que han sabido verdaderamente Cabalgar el tigre, personas que han desplegado su vida luchando en contra de las expresiones últimas de la modernidad obteniendo, tal como aparece graficado en la cita antes mentada de Rebelión, frutos realmente superiores a los habituales: ellos son el maestro Julius Evola y el guerrero heroico Osama Bin Laden fallecido hace pocos meses y respecto del cual en el día de mañana se cumplen los 10 años de aquel hecho esencial que iniciara el proceso de colapso del sistema moderno, tal como nos encontramos hoy, ante la imagen ya imposible de ocultar de un mundo que se hunde en pedazos. Porque Bin Laden y Evola tuvieron ciertas similitudes que es bueno tratar de reseñar aquí. Bin Laden, del mismo modo que el ayatollah Khomeini, fue discípulo del gran doctrinario del movimiento de la Hermandad Musulmana, Sayid Qutb, quien muriera ahorcado por el tirano moderno Nasser, antecedente político de uno de los gobernantes recientemente abatidos por el movimiento de rebelión conocido como la ‘primavera árabe’, Hosni Mubarak. Aquí nosotros queremos resaltar, con la finalidad de establecer tal cercanía entre ambos, un artículo escrito por Evola respecto del Despertar islámico que hoy se vive en su plenitud, ya en 1958 y que se titulara La encrucijada del Islam y que nosotros tradujéramos y editáramos como apéndice del texto del autor titulado La metafísica de la guerra. En el mismo Evola exalta los valores del movimiento de la Hermandad Musulmana, aunque advierte respecto de ciertos peligros reales que se ciernen sobre el mismo en la medida que se aparte de la ortodoxia y se vuelque hacia ciertas vertientes modernas, tal como sucediera con su rama en Siria que se volcara hacia el socialismo. Evola defiende el antagonismo de tal movimiento en contra del gobierno de Nasser, quien representa la vertiente laicista y moderna en el seno de la civilización islámica. Y nos dice algo que es esencial tener en cuenta que, en tanto nos hallamos sumergidos en una era de profunda decadencia, tales movimientos de protesta en contra de Norteamérica, al que señala una y otra vez como el más gran paradigma de la decadencia, en la medida que se encuentren también influidos por principios laicos y modernos, lejos de significar un progreso, son por el contrario regresivos en tanto tienden hacia una de las expresiones más caducas de la modernidad que es el comunismo, el cual es solidario en última instancia del capitalismo mismo en tanto representa la falsa opción. En efecto sea Qutb, como sus discípulos Khomeini y Bin Laden, como exponente del pensamiento que informara a la Hermandad Musulmana, consideraron que el mal representado por los EEUU no es propiamente el hecho de ser un imperialismo, tal como manifiesta falsamente el marxismo, sino un movimiento de perversión moral y metafísica, bautizado acertadamente como el Gran Satán. Y más aun nos dice esta vez Evola que si bien desde un plano de los principios, a un nivel cultural y espiritual, Norteamérica representa el gran peligro, la más gran perversión de nuestros tiempos, desde un plano político el comunismo es el que significa el enemigo mayor y prioritario al que hay que abatir en tanto que es también una forma de perversión, pero es aun más peligrosa pues como tal tiene la capacidad de desviar todos aquellos fines propios de una auténtica reacción antimoderna y metafísica para terminar reduciéndolos al marco de una mera protesta económica y nacionalista, reducida a la lucha por mayores recursos, por una mejor distribución de las riquezas, es decir la lucha de clases que en el caso de los nacionalismos modernos es la lucha entre naciones oprimidas versus opresoras. Este grave peligro representado por el comunismo de pervertir el flujo revolucionario en contra del sistema moderno fue visualizado claramente sea por Evola como por Bin Laden quienes desde distintos campos formularon la idea de que el paso previo para abatir a Norteamérica era dar cuenta primero con su falso enemigo, el marxismo, representado paradigmáticamente por la Unión Soviética, con aquel que tenía la capacidad de desviar de sus fines una protesta justa y adecuada. Y aquí en este punto queremos hacer mención de un autor italiano contemporáneo, Claudio Mutti, que ha realizado interesantes aportes y exégesis de la figura de Julius Evola, pero que en un artículo realmente equívoco titulado Evola y Nasser critica el hecho de que nuestro autor haya volcado sus preferencias hacia la Hermandad Musulmana en vez que haberlo hecho como él por el socialista nacional Nasser y se escandaliza también por las afirmaciones hechas por Evola relativas a la impostergable necesidad de combatir el peligro comunista, postura hacia la cual considera con mucha razón que el líder egipcio tendía a volcarse en tanto teñía a su protesta de un tizne moderno y economicista. Y enumera al respecto una serie de ‘logros’ obtenidos por Nasser con su gobierno, los cuales obviamente deben serlo a nivel puramente económico, evitando así hablarnos puntualmente de sus estrepitosos fracasos políticos, como fuera la vergonzosa guerra de Seis Días con la que hundió no sólo a su país, sino a la totalidad del mundo árabe, beneficiando con la misma al Estado de Israel, el cual, gracias a ésta, es decir gracias a Nasser, pudo llegar a convertirse en potencia militar hegemónica en la región. Y no casualmente fueron los herederos del movimiento de Nasser, como Assad y Mubarak, quienes dieron más tarde sustento político y militar al pseudoestado de Israel.
Y bien, Bin Laden, cuya corriente Mutti, desde su perspectiva de musulmán converso, califica de herética así como funcional a los EEUU, tal como hicieran tantos otros ‘alternativos’, ‘geopolíticos’ afines a su postura, en tanto cometiera la tremenda herejía de combatir al comunismo ruso en Afganistán, ha concebido las cosas de la misma manera que lo que manifestara Evola en sus escritos políticos de postguerra quien consideró que el primer enemigo que había que abatir era justamente el comunismo. Porque únicamente destruyendo ese flagelo y obstáculo era posible darle a la protesta en contra del capitalismo yanqui-europeo un rumbo adecuado, no ya materialista, sino abiertamente metafísico y espiritual. Y es justamente lo mismo que formula el fundamentalismo islámico el cual no quiere destruir al imperialismo yanqui, tal como manifestaba el marxismo y sus diferentes corifeos ‘alternativos’, sino, de acuerdo a lo que decían Qutb y el ayatollah, al Gran Satán, al enemigo metafísico, que tenía como segunda cara a la que hombres como Mutti defendían, el comunismo, con sus distintas manifestaciones en el mundo islámico a través del nasserismo, también defendido por Mutti. Es por ello que Bin Laden, en una postura afín al mejor evolianismo, se enroló en la Legión Árabe en la guerra de Afganistán junto al movimiento talibán logrando el gran milagro de terminar con tal excrescencia en febrero de 1989, lo cual fuera el paso previo para su destrucción definitiva, producto meses más tarde con la caída del Muro de Berlín y luego con la disolución de la URSS. Digamos pues que Evola y Bin Laden coincidían en considerar, a diferencia de tantas posturas fatalistas, que el mundo moderno no se destruye necesariamente como resultado del final de un ciclo, sino que es indispensable un yo activo capaz de dar cuenta del mismo.
Por ello, para finalizar esta conferencia, podemos efectuar la siguiente síntesis. Tal como formulamos en nuestra primera parte, hay reacciones truncas que no son tales, que, en tanto quedan a mitad camino, terminan favoreciendo al enemigo que dicen combatir. El existencialismo, en tanto heredero de la crítica radical al nihilismo europeo iniciada por Kant, seguida por Schopenauer y Nietzsche, al no haber sido capaz de negar hasta sus últimas consecuencias el carácter pasivo del yo y no haber asumido la existencia como una prueba y elección, ha confluido en la postmodernidad, que es justamente la no superación de lo moderno, sino por el contrario su consolidación en el secularismo al haber exaltado el valor extremo del presente negando cualquier atisbo de trascendencia.
El comunismo ha sido también a nivel político la falsa protesta contra el capitalismo, pues lejos de negarlo en su espíritu, lo ha terminado exaltando al convertir a la lucha en su contra en un mero conflicto de clases y naciones, en donde la economía representa también, lo mismo que en el sistema capitalista, el destino de las personas.
En síntesis, queda claro entonces por qué el finado Profesor Corbière rechazaba tan exasperadamente a lo evoliano y por qué ni loco iba a organizar una jornada antimoderna, él un masón y marxista explícito.

Marcos Ghio