II- CABALGAR EL TIGRE EN 2011
LA DESCOMPOSICIÓN DE EUROPA


Identitario Livini en feroz combate contra el velo islámico




I- INTRODUCCIÓN CONCEPTUAL



Tal como manifestáramos en la primera parte de esta conferencia, el hombre de la tradición, a diferencia del moderno, es aquel que, en tanto tiene por meta la trascendencia y lo que es más que mera vida, concibe su existencia como una lucha incesante y purificadora de doblegamiento de lo inferior de sí, el yo meramente psicológico, por parte de su dimensión más elevada, el yo espiritual, de lo que pertenece a la simple temporalidad y de aquello que cambia incesantemente, por el plano de lo eterno e inmutable.
Esta acción, que es esencialmente interior en tanto acontece en lo más profundo de sí, en sus grados más elevados y en función de un acto de superabundancia, se proyecta hacia afuera en tanto que, en la medida que se ha arribado a tal esfera más alta, desaparece allí la diferencia entre lo que es simplemente interno y externo. Y más aun, la lucha por doblegarse a sí mismo exige como paso necesario un acto de objetivación consistente en una acción exterior por la que el enemigo interno se hace una misma cosa con el externo en modo tal que acontece que no puede vencerse a uno si no se lo hace simultáneamente con el que se nos aparece como afuera de sí. Es aquello que en la religión islámica -aunque no exclusivamente en ésta- se formula como la diferencia existente entre la pequeña y la gran guerra santa. Esta última es la principal en tanto que es la lucha de lo superior contra lo inferior que acontece en lo más profundo de sí y está representada por el doblegamiento de lo que puede haber de moderno en nosotros, en tanto significa el olvido de lo esencial de sí mismo y de la elección trascendental efectuada antes de esta vida, para sumergirse en cambio en sus fenómenos efímeros y accidentales. La pequeña es la manifestación externa de esta gran guerra, representando su gran importancia por el hecho de que, al objetivarse tal antagonismo, ello permite así una clarificación mayor en tanto que la realidad externa llega a convertirse en un espejo de lo que está aconteciendo adentro de uno mismo.
Ambos combates resultan solidarios, por lo cual este antagonismo externo e irreversible es el fundamento propio de aquello que debe entenderse como la política tradicional expresada a través de la lucha incesante entre el hombre de la tradición, quien tiene por meta la trascendencia, y el moderno que se afinca en este mundo, a través del doblegamiento de este último, debiendo haber estado ello precedido y acompañado simultáneamente por el aniquilamiento de lo moderno que existe en el seno de sí mismo.
La política pues se encuentra aquí totalmente despojada de las peculiaridades propias de nuestro tiempo. No es concebida como el arte de lo posible, por el que con astucia y viveza se elige entre las oportunidades que se nos presentan para ‘triunfar’, sino como de lo necesario en tanto se dejan a un lado todas las posibilidades que nos ofrece la modernidad y solamente se la concibe como una extensión propia de la ascética interna. Vale aquí la expresión esencial de que se hace no lo posible en cuanto a las oportunidades de triunfo, sino ‘lo que se tiene que hacer’, con independencia de éxitos o fracasos, en tanto que en tal caso lo principal son los principios y aquella verdad de la que se es portador. Por supuesto que la vía de la acción exige también de la prudencia, eludiéndose cualquier actitud alocada e infantil tratando así de crear, por afuera de las posibilidades que se nos presentan, otras nuevas y para uso exclusivo de uno mismo.
Éste es pues el sentido que tiene Cabalgar el tigre. La idea consiste aquí en concebir al mundo moderno como un tigre enardecido que marcha alocado hacia su destrucción y que aniquila todo aquello que encuentra ante su paso en tanto que, en su carácter animal, no concibe ni percibe alguna realidad que trascienda el hecho de existir. Se trata aquí de terminar con él, aunque se tiene la certeza de que, si se lo hace de frente, con seguridad seremos arrastrados por tal corriente arrolladora y devorados por la misma. La idea expresada aquí es que aquello contra lo cual nada se puede no pueda en cambio nada en nuestra contra. Esto se lo puede graficar con las siguientes conductas esenciales.
1) Estar en este mundo, pero íntimamente ser totalmente ajeno a él estableciendo profundas distancias con todo lo que pasa, con sus quimeras y proyectos, con sus democracias, en modo tal de no ser afectado ni modificado por ningún acontecimiento. Ser así un convidado de piedra, totalmente ajeno a los entusiasmos y gustos que descontrolan al moderno.
2) Saber siempre que tal carrera alocada habrá de llegar en algún momento a su fin y que ante ello caben solamente dos posibilidades. O que con la destrucción del mundo moderno sobrevenga también la de todo tipo de mundo o por el contrario que del final del mismo pueda instaurarse una nueva edad áurea. En cualquiera de los dos casos es indispensable la presencia activa del hombre de la tradición ya que queda excluido totalmente el fatalismo de los ciclos históricos.
3) Constituyendo órdenes guerreras y sapienciales esperará éste con paciencia y en vigilia el momento de tal punto de disyunción. Ésta será pues la razón de constituir por el mundo entero centros evolianos, concibiendo una vez más tal término no como el seguimiento escolástico de un autor, sino la palabra precisa por la que al concepto de tradición se le otorga un significado adecuado que no pueda prestarse a confusión.

1ª PARTE: 1995



Arribados a este punto quiero hacer una breve alusión personal. Conocí la obra de Evola tarde, cuando orillaba los 40 años y entonces, frente a tal descubrimiento que otorgaba un sesgo preciso y conceptual a un tradicionalismo que solamente vivía de manera exotérica y por lo tanto parcial, me avine a dos tareas esenciales. Primeramente llenar una terrible laguna existente en nuestra lengua con la traducción de su obra principal, Rebelión contra el mundo moderno, y la segunda, no menos importante, defender y difundir tal legado poniéndome a total disposición de todos aquellos que compartiesen tales puntos de vista y que, en razón de una mayor cercanía en tiempo y espacio con el Maestro, pudiesen servirme de verdadera orientación.
Fue así cómo, luego de haber satisfecho mi primera misión, en el año 1995 efectué un viaje a Europa y específicamente a Italia con la intención de encontrarme con sus seguidores más directos y ponerme a disposición de ellos así como un soldado lo hace respecto de un conductor. Pero recordaba también, antes de embarcarme, las graves dificultades que Evola en vida tuviera no solamente con sus manifiestos enemigos modernos, sino aun con sus pretendidos seguidores y todas aquellas desviaciones que tuvo que combatir. Empezando por la deserción de quienes, al no poder soportar la soledad de la idea, transaron con alguna forma exotérica de ‘tradicionalismo’ ya que lo evoliano, según sus propias palabras, era un ‘helioterapia que los quemaba demasiado’, para seguir luego con formas más grotescas de nazi-maoísmo, más tarde expresadas bajo el mote de ‘nacional-comunismo’, las que con torpeza malinterpretaban la vía de la mano izquierda de Cabalgar el tigre y que fueran refutadas brillantemente en el texto ‘La tentación maoísta’, para terminar en un no menos torpe nacionalismo neonazi (indoeuropeo) expresado embrionalmente por su más directo discípulo, Adriano Romualdi, que se coartara en su momento en forma temprana tras la muerte repentina de su propulsor no permitiendo así sino réplicas más sesgadas, como en el recientemente publicado artículo La religiosidad indoeuropea, aunque refutadas en manera contundente en un capítulo especial de Los hombres y las ruinas.
Fue así como con tales prevenciones llegué a conocer a quienes en Italia fungían como los más cercanos a su pensamiento. Constaté así, no sin asombro, que ninguno de éstos se reputaba propiamente como evoliano, sino que simplemente sentían cuanto más un respeto hacia tal figura. Tanto Marcello Veneziani (1), como Marco Tarchi (2), graduados universitarios, que habían efectuado, especialmente este último, una importante difusión de sus ideas, criticaban las escasas posibilidades de éxito que brindaban las mismas para el que quisiese vivir en el mundo moderno. Así pues, mientras que el primero lo acusaba de solipsismo, habiendo sustituido, según sus propias palabras, su estudio y lectura por el de Heidegger y Arendt, el otro en cambio, más explícito todavía, lo acusaba de haber sostenido un ‘mito incapacitante’ por el que quedaban vedadas las posibilidades del éxito en su carrera profesional.
Más deprimente todavía me resultó saber que, además de no existir más en Italia un Centro Evoliano, la Fundación J. Evola, presidida por Gianfranco De Turris, que no tenía ni siquiera un local de funcionamiento ni tampoco ahora una simple página Web, era la extensión de una editorial encargada de cobrar derechos de autor por sus traducciones. De Turris estaba especialmente preocupado, aunque no forzosamente por las necesidades del aludido sello editorial, porque no se lo demonizara a Evola por los medios de prensa y universitarios. Su gran meta era que algún día pudiese convertirse en lectura obligatoria en algún importante centro académico. Por supuesto que más tarde rompió toda relación con nosotros cuando supo de nuestra adhesión a los famosos hechos del 11S y a la guerra consecuente guerra emprendida por el fundamentalismo islámico en contra de la modernidad; pero quiero decir que lo que pensé ya en ese entonces es que ojalá no llegue nunca ese día anhelado por el Sr. De Turris pues cuando esto pase deberemos rompernos la cabeza en buscar otro nombre para diferenciarnos del sistema. Y no quiero terminar mi análisis sin recordar el encuentro que tuviera con Pino Rauti, quien se reputara como seguidor y simpatizante de Evola y que en ese entonces, siendo diputado en la Unión Europea, capitaneaba un movimiento titulado la Fiamma Tricolore que pretendía adherir a un fascismo ortodoxo en contraposición al postfascismo implementado por Fini. Invitado a hablar en una sede en la ciudad de Milán sobre la situación en la Argentina pude constatar, en forma por demás traumática, que tal grupo adhería a posiciones de extrema izquierda. Simpatizaba con nuestros Montoneros y con el Che Guevara y competía con los grupos ortodoxos del marxismo leninismo respecto de quién defendía mejor a los trabajadores luego de la deserción del Partido Comunista. Yo ya en ese entonces le dije a Rauti que consideraba que un movimiento inspirado en ideales tradicionales debía tener como bandera no una mejor distribución de las riquezas, sino por el contrario sostener abiertamente una lucha en contra del consumismo y de la infatuación moderna por el factor económico y que por tales razones debía por igual estar alejado sea del capitalismo, sostenido por su ex socio Fini, como del comunismo que en cambio levantaba él ahora. Demás está decir que no solamente no se me hizo caso, sino que, como era de esperar en quien no es capaz de superar la modernidad, el antes aludido terminó más tarde votándolo con su partido a Berlusconi. Recordemos también que, en una tesitura izquierdista similar desde un plano de las ideas, Claudio Mutti lo acusaba a Evola de atlantista por haber sostenido en vida una lucha incondicional en contra del comunismo en tanto que lo reputaba como una falsa opción que colaboraba en el sostenimiento del rumbo de la decadencia moderna. Mutti, en un artículo que hemos criticado (3), le reprochaba a Evola por haberse declarado en contra de Nasser y a favor de la Hermandad Musulmana, la que según él, del mismo modo que le reprocha hoy a Al Qaeda, habría sido una agencia de los EEUU.
Tal como pudimos constatar en Italia no había evolianos (4), sino cuanto más personas interesadas en su pensamiento.

(1) Marcello Veneziani había hecho una interesante tesis doctoral sobre Evola en una universidad de Sicilia.
(2) El caso de Marco Tarchi me resultó más significativo. En un almuerzo que tuviéramos en Florencia me manifestó, con mucha sinceridad de su parte, que gracias a que había dejado de ser adepto a Evola -y en cambio ahora lo era de Alain de Benoist- lo habían invitado a hablar en varios centros culturales y televisivos y que se le publicaban artículos en importantes medios. Agreguemos también que, gracias a que en su revista aparecieran artículos elogiosos de la figura de Menem de cuando era presidente, fue invitado a hablar en la Argentina en donde tuvimos que escucharlo, también en un contexto abiertamente anti-evoliano, defender los logros de la ciencia moderna y de su tecnología así como condenar consecuentemente la invasión española en América por haber producido ‘un importante genocidio’. Yo que presencié esa conferencia en obligado silencio le quise siempre preguntar por qué, si fue así, los indios, a no ser que por masoquismo, se plegaron unánimemente a los realistas en las guerras de la independencia. Quizás hoy en día la clave de ello nos la haya brindado el presidente Chávez cuando, al desenterrar la salma de Bolívar para averiguar si murió envenenado, se encontró con la sorpresa de que estaba envuelta en una bandera británica.
(3) Esto puede verse en la segunda parte de nuestra conferencia brindada en la ciudad brasileña de Curitiba
(4) No queremos olvidar el caso de Renato del Ponte quien fuera estrecho colaborador de Evola en vida y que dispersara sus cenizas en el Monte Rosa. Años atrás había creado un Centro Evoliano en Génova, el cual ha dejado de existir. En la actualidad junto a la difusión de diferentes obras del Maestro ha concentrado sus esfuerzos en la difusión de un paganismo romano, respecto del cual oficiaría de Pontífice.


2ª PARTE: 2011, EL DESIERTO CRECE



Antes de lo que diré ahora para referirme a los últimos acontecimientos europeos quiero hacer aquí alusión a un hecho fundamental acontecido hace aproximadamente seis años. Gobernaba en ese entonces en Israel Ariel Sharon y, en tanto se encontraba al frente de la institución promotora y rectora de las diferentes expresiones de nuestra democracia occidental, a cuyos exponentes recibía para darles precisas indicaciones, produjo una fundamental reunión con el postfascista Gianfranco Fini, el aludido adversario de Rauti, luego reconciliado con éste en un voto compartido a Berlusconi. Fini que antes de poder ser admitido en tal encuentro tuvo que repudiar públicamente el Holocausto y a la figura de Mussolini, recordando a ese rey francés que, tras decir que ‘París bien vale una misa’, abjuró del protestantismo para hacerse católico, se presentó en público en tal encuentro con un kipá en su cabeza. Luego de la reunión a solas, esta vez en forma pública, Sharon le dijo, tal como nos relatara el Corriere Della Sera, que, para que su nueva conversión no admitiese ningún tipo de dudas, debía esmerarse sobremanera en terminar con la influencia de las ideas de Julius Evola en su movimiento. Sorprendido por la admonición, cuando quedó nuevamente a solas con el premier y, tras acariciarse confundido varias veces el kipá, le preguntó cómo tenía que hacer para cumplir con tal orden. A lo cual el sabio sionista, con gran condescendencia y ternura hacia su persona, le habría recordado lo expresado en un antiguo texto de su religión en el que se dice casi textualmente. ‘Si quieres terminar con una doctrina siembra en su seno a propósito ideas falsas sobre la misma, difunde verdades a medias, rodéate especialmente de intelectualoides vanidosos que en forma sofística se encarguen de confundir lo meramente accidental con lo esencial, manteniendo siempre en silencio esto último.”
Me he propuesto romper los planes del sionismo y por contraste efectuar la obra de difusión en el viejo continente y en el nuestro de las ideas esenciales del pensamiento evoliano denunciando una y otra vez las falsificaciones que por encargo expreso de aquél se vienen efectuando respecto de tal doctrina.
Pero antes de ello y en relación a esto último quiero decir unas palabras respecto de los dos fenómenos concurrentes vividos en tal viejo continente, que han sido en primer término la ‘prosperidad’ de estos últimos años, así como ahora su ‘crisis’, respecto de todo lo cual los aludidos falsificadores, tal como se verá, tienen mucho que ver.
Con respecto a lo primero queremos aprovechar para decir que hay una sola cosa en lo que le hemos dado siempre la razón a Carlos Marx. La fuente de riqueza del capitalismo no está fundada ni en el intercambio de bienes ni simplemente en el mero aumento del consumo de la población, sino principalmente en la plusvalía que se le quita al trabajador. Pero las circunstancias han cambiado sustancialmente desde la época en la cual se escribiera El Capital. Hoy tanto el trabajador como el capitalista europeo han estado disfrutando en grados diferentes de la prosperidad. Entonces ¿a quién es que se le ha venido sacando la plusvalía durante todos estos años? Sin ninguna duda que ha sido a un nuevo tipo humano que ha acudido aluvionalmente a Europa y lo sigue haciendo desde hace años en los EEUU especialmente desde América Central: el inmigrante, el cual es el equivalente al proletario del que nos hablaba Marx, así como al esclavo de los tiempos antiguos. Debido a los profundos desfasajes monetarios que existen en el planeta expresamente inducidos por el poder financiero internacional, hoy en día sucede que una persona que trabaja en negro cobrando la mitad de lo que lo haría un ciudadano europeo o norteamericano, viviendo en condiciones de suma indignidad, puede igualmente enviar una parte exigua de su salario a su país de origen, la cual, debido al aludido desfasaje, le sirve para mantener a una familia entera. Es por tal razón que acepta todo tipo de humillaciones. Se ha sabido en un informe reciente cómo, durante el anhelado trayecto para arribar a los EEUU, las mujeres son violadas sucesivamente en manera salvaje. Ni qué hablar de los sufrimientos, vejaciones de todo tipo que padecen aquellos que ingresan de manera ilegal para trabajar como esclavos en el nuevo país. A todo esto el Estado finge con querer expulsarlos con la clara finalidad de mantenerlos en una situación de miedo e inseguridad, pero, en tanto le conviene que existan, los deja igualmente realizar su trabajo en las condiciones antes aludidas y a cambio de ello impone impuestos altísimos a las personas que disfrutan de tales beneficios, pues con el dinero que obtiene, el que representa en realidad una parte de la plusvalía que se le quita al inmigrante, puede pagar subsidios de desocupación a los europeos sustituidos en tales menesteres que superan con creces lo que ganan los inmigrantes ilegales con su trabajo. Acotemos de todos modos que esto no pasa en todos los países de Europa de la misma forma. Hay como sabemos dos tipos de ‘velocidades’ en tal continente. En algunos una cierta sensiblería y ayuda mutua ha logrado atenuar un poco tal grado de opresión, pero henos aquí que, para contrarrestar tal situación, nos encontramos con la presencia de una cierta ‘derecha’, compuesta en algunos casos por ‘evolianos’ del estilo pretendido por Sharon que se preocupa porque tal situación de extremada bondad salga de sus carriles y que el Estado se ponga severo con la inmigración, por supuesto que no suprimiendo tal anomalía pues sus ganancias son espectaculares, sino ‘regularizándola’, es decir quitarle cualquier tipo de beneficio que se pueda haber obtenido, hacerla más expoliadora, tal como sucede en los países europeos de ‘primera velocidad’, los que gracias a ello pueden pagar tales subsidios.
Esta pretendida derecha que está compuesta por grupos tales como la Liga del Norte en Italia, el Frente Nacional en Francia y la Plataforma por Cataluña en tal región, entre otros, expresa su verdadera hipocresía en tanto se encuentra obsesionada solamente con un tipo de inmigración, la de origen islámico, alegando que la misma les modifica la cultura (ya veremos cuál), por lo cual llaman a combatirla. Israel no podría estar más de acuerdo con todo esto, en especial con las campañas en contra de las mezquitas y el velo islámico en las mujeres. Pero este sentimiento burgués está asociado a otros concurrentes. Con la excusa de la defensa de la propia singularidad, el pluralismo cultural del cual habla la Nueva Derecha, tales grupos en varios casos promueven abiertamente el secesionismo ya que en función de una motivación economicista, del estilo de los kuwaitianos en el Medio Oriente, proponen vivir con los propios recursos sin tener que mantener a zonas poco productivas del propio país. Es como si en una familia un padre considerara que mantener a un hijo o a un familiar enfermo le produjera pérdidas en sus ingresos. Esto lo vemos, entre los tantos ejemplos, en la sugestiva foto que aquí presentamos del secesionista Livini de la Liga del Norte italiana, enamorado como vemos del inglés, idioma de la libertad y el comercio, y al mismo tiempo de Lamumba, la pulposa africana, una inmigrante sí, pero que se aviene a no usar el velo ni ir a la mezquita. Ésta es pues la inmigración que ellos nos proponen a fin de que no cambien las costumbres onanistas de los europeos. Berlusconi tiempo atrás había manifestado también su preferencia por la marroquí Ruby quien tampoco pertenece a esa odiosa inmigración castradora del velo y la mezquita que hay que eliminar.
En España no se va muy lejos en estos asuntos. Tiempo atrás, en un curioso homenaje a Julius Evola, con un sesgo muy sharoniano, Enrique Ravello, hoy prominente dirigente del aludido grupo regionalista catalán, manifestó que la España franquista era muy represiva sexualmente. Quizás haya sido por eso que los musulmanes lo apoyaron tanto al Caudillo y a su lucha incondicional en contra de los destapes, quizás se encuentre aquí también una manera de poder, en una orientación contraria de la pregonada por el ‘regionalista’, hallar un comienzo para un diálogo profundo entre Islam y Cristianismo en tanto tienen ante sí a un mismo enemigo, el mundo moderno y secular, materialista y pansexualista que ellos representan. Agreguemos también que esta nueva derecha defiende la democracia, el laicismo frente a los intentos islamistas de hacer confluir la religión con la política y que, para que Netanyahu y Obama los miren con más simpatía, manifiesta en su programa que lucha en contra del ‘terrorismo internacional’, por lo tanto avala la infame invasión española a Afganistán. En pocas palabras: no es que están para que se termine el fenómeno inmigratorio, no protestan ni atacan su causa principal, representada por el desfasaje monetario antes mentado, sino que quieren inmigrantes sumisas como Lamumba, que no usen velo ni burka, sino que se exhiban bien en pelotas como las europeas comunes, y que trabajen duro, sin rezar en sus mezquitas, pues ello interfiere con el ‘bienestar europeo’.
No le hubiéramos dedicado mayor espacio a todo esto a no ser que nos hemos enterado de que el Sr. Ravello, quien además funge de defensor de la raza blanca universal, a la que pertenecen también los cristiano sionistas de Norteamérica y los judíos ashkenazis, justamente cumpliendo con las mismas órdenes que un exponente de estos últimos le diera al también derechista Fini, ha manifestado su intención de crear un Centro Evoliano en España. Es de imaginar cuáles son los fines de tal engendro. Tal como vemos, el sionismo no está quieto, sabe dónde golpear y cuáles son sus verdaderos enemigos. Ha tenido la suerte de hallar a personeros encargados de terminar con la herencia de Evola en Europa. Pero, parafraseándolo a Franco: no pasarán.

 

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