EN RESPUESTA A UNA INVITACIÓN DEL SR. DUGIN

¿FRENTE ANTIYANQUI O ANTIMODERNO?


Tiempo atrás, un integrante del foro Traditio et Revolutio nos había solicitado una reflexión respecto de unos textos en inglés del autor ruso Aleksandr Dugin (http://granews.info/content/manifesto y http://granews.info/content/against-post-modern-world-0) . Ahora que hemos tenido más tiempo para leerlos debido a las vacaciones en que nos encontramos en este hemisferio vamos a ampliar algunos conceptos respecto de lo ya vertido oportunamente y de manera provisoria.
El texto es un manifiesto en donde el autor efectúa una crítica radical al sistema globalizador y financiero que rige en estos momentos el destino del planeta y al respecto no deja prácticamente nada en pié del mismo estimulando a una abierta y total rebelión en su contra. Asimismo, desde el plano de los principios, concentra los dardos en contra de la ideología que lo informaría, el liberalismo que, de acuerdo a sus puntos de vista, se habría convertido en totalitario y negador de cualquier tipo de diferencias. Y al respecto propone dos cosas para abatirlo:
1) Una alianza universal de todas las personas, pueblos o naciones a fin de terminar con tal bloque maléfico que él ubica y personaliza en los EEUU de Norteamérica, insistiendo que en función de tal necesidad deben dejarse a un lado las diferencias internas entre sectores y aun las rebeliones contra los gobiernos de las distintas naciones, las que deben ser denunciadas como deletéreas.
2) De la misma manera y en concordancia con tal meta a nivel doctrinario propone unir a todas las ideologías que no sean liberales. Y en este caso hay un alegato encendido a lo largo de todo su escrito a fin de que las mismas renuncien a ciertos prejuicios que son los que en última instancia favorecerían al poder globalizador que gobernaría el mundo haciendo pelear entre sí a sus enemigos. En función de ello es que sostiene un gran acuerdo entre las dos posturas tradicionalmente antiliberales como el comunismo marxista y el fascismo evoliano.
Siguiendo con tal punto de vista sostiene que la Unión Soviética (y también se podría decir lo mismo del Tercer Reich) habría sucumbido por no haber comprendido la necesidad de unirse con aquellas fuerzas que desde una vereda en apariencias opuesta, en este caso la derecha, eran sin embargo también antinorteamericanas, pasando lo mismo con el caso inverso del fascismo antes aludido. Su receta sería pues la necesidad de hallar una gran síntesis entre ideologías discrepantes. La misma consistiría en que, si por un lado los marxistas deberían dejar de ser materialistas y ateos aceptando la existencia de la dimensión de lo espiritual y trascendente, por el otro los evolianos ‘deberían dejar a un lado el chauvinismo y el racismo’ (sic) buscando así un nacionalismo de contenido más social y solidario respecto del vecino debido y estimulado en este caso especial por la presencia de un enemigo común representado por los EEUU. Esta receta se resolvería en la ideología ‘alternativa’ que Dugin ha venido sosteniendo desde hace unos 20 años, el nacional comunismo que consistiría, tal como resalta en este escrito, en un comunismo que no sería más ateo, sino creyente, y en un nacionalismo que no sería exclusivista ni racista, sino pluralista cultural. Acotemos también que en este escrito queda rezagado el otro mito sostenido tiempo atrás por Dugin, el relativo a Eurasia, de la cual habla una sola vez y de pasada, debido a nuestro entender al desencanto que el mismo debe haber tenido respecto de la figura de quien fuera en su momento su ídolo, el déspota Putin, el cual, a la ostensible luz de los últimos acontecimientos, ha demostrado no ser una alternativa a los EEUU, sino un indispensable aliado de éste en su intento por perpetuarse. Se entiende en este caso que al haber desaparecido de escena la idea de guerra entre espacios geopolíticos, la civilización de la tierra (Eurasia con hegemonía rusa) contra la civilización del mar (EEUU e Inglaterra), Dugin deba hallar otras alternativas más vastas hablándonos así de un Frente Multipolar y universal frente al universalismo contrastante representado por los EEUU que pretende instaurar un imperio unipolar. Se habría pasado así de la bipolaridad a la multipolaridad.
Hecha esta breve síntesis de lo formulado en las 20 y tantas páginas de su manifiesto formulemos ahora nuestras objeciones comenzando con el 2º punto.
La idea peregrina de hallar una síntesis entre Julius Evola y Carlos Marx choca con inconvenientes ineludibles. En primer lugar que se parte aquí de dos errores históricos e ideológicos insalvables. 1) El pensamiento evoliano no solamente no es chauvinista y racista, sino que tampoco es nacionalista, sino tradicional e imperial. Considera que solamente a través del reconocimiento colectivo de un principio superior y trascendente a las partes singulares es posible el despliegue de la libertad de éstas, quedando sólo de esta manera a salvo la manifestación de las distintas singularidades. Si tal principio no existe sobreviene el caos y la lucha de todos contra todos en donde triunfa el que es más fuerte y no el que es superior. Que es lo que sucede en estos días en donde el imperialismo, es decir el poder basado en el mero despliegue de fuerza material y el miedo que conlleva y no en el prestigio como en el caso anterior, es lo que rige el planeta. El nacionalismo solamente puede tener sentido como una reacción espontánea ante la irrupción de principios contrarios al reconocimiento de tal instancia superior presente en el propio pasado. Esto es lo que explica que por ejemplo en la Argentina la reacción antiliberal fue por mucho tiempo nacionalista en la medida que se rescataba del pasado histórico esa herencia espiritual e imperial que en cambio negaba y rechazaba el liberalismo. Pero ello no era porque significara una mera defensa de nuestra especificidad, sino porque se trataba de exaltar un principio superior presente en una manifestación de nuestra historia. Es decir, la esencia de lo evoliano es el tradicionalismo, aunque accidentalmente se pueda ser también nacionalista en tal limitado sentido. Queda pues descartado totalmente el nacionalismo entendido como defensa incondicional de lo propio, con independencia de cualquier valor que posea, pues en tal caso se convierte en un egoísmo más, similar al que defiende el liberalismo con la única diferencia que en este caso, al ser las naciones las que entran en juego, se trataría de supraindividualidades que compiten entre sí dando primacía también a sus meros intereses de parte*. Desde tal punto de vista más que argentinos, o españoles, o ‘europeos’, somos tradicionalistas evolianos y estaremos allí donde tales principios se manifiesten tal como en su momento formulamos cuando sugerimos a los soldados españoles que luchan en Afganistán desertar de su país para pasarse a las filas de los talibanes.
En cuanto a lo segundo sugerido por Dugin de que el marxismo deje de ser ateo, bueno, le diremos que eso no es una novedad, sino que se intentó hacer varias veces desde lados opuestos. Desde el sector cristiano y motorizado hasta por la misma Iglesia de manera encubierta para tratar de granjearse la simpatía de los pobres que no se conformaban más con la mera posesión del reino de los cielos. Del mismo modo que del lado del mismo comunismo cuando a través de Stalin y otros déspotas similares se intentaron constituir iglesias oficiales a fin de poder canalizar hacia el régimen un sentimiento espontáneo de la población. Diremos que en todos los casos lo que ha significado ha sido más que una espiritualización del marxismo una marxistización o secularización de las mismas religiones, cuando no de francas instrumentaciones políticas tal como se viviera en nuestro continente con el Movimientos de Sacerdotes del Tercer Mundo muchos de los cuales terminaron directamente en la guerrilla. El problema principal de tales movimientos sintetizadores, de los cuales también participa Dugin, es que los mismos se efectúan haciendo una concesión fundamental al marxismo consistente en aceptar que es una clase social o una simple ideología política como el liberalismo la enemiga de la humanidad, cuando es en cambio aquella concepción superior de la cual el mismo es apenas una de sus expresiones. La esencia de lo moderno en su fase más decadente es que el destino del hombre es la economía, en tanto que ésta es concebida como el sustrato en que se apoyan las diferentes manifestaciones de su existencia. Cuando el cristiano tercermundista sostiene que solamente habiendo justicia social puede hablarse del reino de Dios no está discrepando en lo sustancial con aquel capitalista liberal que considera que es la libertad del mercado lo que permite que la humanidad pueda satisfacer incluso sus necesidades espirituales. Aquella frase de San Agustín de que ‘ama a Dios y lo demás se te dará por añadidura’ adquiere aquí por contraste una vigencia plena y actual. Mientras rija la mentalidad economicista tanto capitalista como marxista la humanidad contrastará entre sí en una lucha de todos contra todos en donde la meta será la posesión ilimitada de bienes materiales la que se detendrá tan sólo cuando tropiece con una fuerza que se lo impida. Tendremos así que conjuntamente con el financista rapaz e inescrupuloso dispuesto a estafar al mundo entero se encontrará también el sindicalista socialista que reclamará hasta el infinito con independencia de cualquier interés superior al de su parte. Desintoxicar al hombre de la economía, poner por encima de la justicia social los valores de lo alto, ésta es la gran revolución que debe hacerse. Y en contra de ella no solamente están los paradigmáticos EEUU a quienes tanto acusan Dugin y sus secuaces, sino todas aquellas naciones e ideologías que participan de tal sistema moderno.
Por ello, en contraste con lo que manifiesta, no debemos ser ni nacionalistas ni comunistas, sino abiertamente contrarios a tales ideologías en tanto antimodernos.
Por lo demás en cuanto al primer punto relativo al Frente que propone Dugin en donde estarían incluidos todos los países y personas singulares me pregunto si acaso en el mismo también se encontrarán los regímenes comunistas capitalistas de China y de Rusia y que por lo tanto, en función de no discrepar ni criticar a nuestros ‘aliados’ como él sugiere, deberemos aceptar callados las masacres que los mismos efectúan de sus poblaciones, como en el caso de los 300.000 chechenios meticulosamente exterminados por el ruso o los otros tantos chinos uigures u otras experiencias similares que por discrepar con sus gobiernos estarían al servicio del ‘poder financiero internacional’ o del ‘imperialismo’. Nos preguntamos también si al tratarse de un frente habrá representaciones igualitarias de las distintas partes en donde un grupo político ocupará el mismo sitio que un Estado o si no será más bien un instrumento de los más poderosos, especialmente aquel al que Dugin pertenece, para contrastar con un rival respecto del cual se comparten determinados principios pero que no se acepta, tal como ha manifestado varias veces Putin ser tratado como un subordinado, sino como un igual.
Nosotros queremos acotar que también estamos por constituir un frente mundial, pero no el que formula Dugin, sino un frente tradicional del que participen todos aquellos sectores de diferentes etnías y religiones en contra del poder moderno representado no solamente por los EEUU, sino también por todas aquellas naciones e ideologías que participen de su mismo principio. Por ello consideramos que la lucha hoy en día es en el mundo entero, tal como dijera Evola, no entre pluralismo cultural versus unipolaridad, sino entre tradición y modernidad y se produce en todos los espacios geográficos, incluyendo a Eurasia. En pocas palabras, estamos no solamente con los que luchan en contra de EEUU y sus 45 Estados satélites en Afganistán, sino también con los mujaidines que combaten en el Cáucaso en contra de la tiranía rusa y con los uigures que contrastan contra el comunismo capitalista chino.

* Esto es lo que explica que sea la Revolución Francesa como varios liberales se declararon a sí mismos como también nacionalistas. Tal el famoso caso de la fuerza arquetípica de nuestro liberalismo vernáculo que se estrenó con el nombre de Movimiento Nacionalista Liberal.

Marcos Ghio