PREVIDA, VIDA Y SUPRAVIDA

Por Julius Evola
 
¿La vida de nuestro ser más profundo tuvo comienzo en la condición actual, terrestre, de hombre, o bien ha preexistido a tal condición?
Éste es el problema de la preexistencia: problema que no posee solamente un interés abstracto, especulativo, sino también concreto, en tanto que, desde una u otra solución, puede derivarse del mismo una conducta y una concepción general de la vida. Y por más grande que sea el poder que hoy en día mitos y disciplinas políticas tienen sobre el sujeto, éste, más allá de toda alienación colectiva, siempre volverá a preguntarse en su intimidad respecto de su íntimo destino, del significado de la propia existencia, de su origen.
El problema de la preexistencia es importante, por lo demás en el campo social e incluso político, en la medida que este campo sea considerado desde un punto de vista tradicional. Se sabe a tal respecto que el punto de vista tradicional es el que corresponde a un ordenamiento de los hombres conforme a su naturaleza propia, a una fidelidad no sólo a su propia esencia, sino también a la propia casta o clase y a las funciones que a las mismas corresponden. El orden tradicional –el del romano suum cuique, de la helénica ‘justicia’, deldharma de las antiguas jerarquías indogermánicas, de la fidesmedieval– se concentra totalmente en la idea de la ‘naturaleza propia’. Ahora bien, si debe excluirse una especie de fatalismo, de destino del nacimiento, a tal respecto es que se impone justamente el problema de la preexistencia, es decir la pregunta respecto a que el hecho de que nos encontremos siendo determinados de una determinada manera, de una cierta raza, de una determinada clase, etc., en vez de ser una pura casualidad, se pueda vincular a una acción que sea ‘nuestra’ en tanto que se ha efectuado antes del nacimiento terrestre: en modo tal que el reconocimiento de la propia naturaleza, su aceptación y el hecho de quererla no sea una pasividad, sino el cumplimiento de una armonía profunda entre nosotros mismos y algo trascendental y supraterrenal.
A partir de tales alusiones muchas personas serán llevadas a pensar en la ‘reencarnación’, teoría puesta en boga, en ciertos ambientes occidentales, por parte del teosofismo. Esto sería un grave equívoco. La teoría de la reencarnación, tal como es profesada por tales ambientes, no es sino un sofisma en sí mismo contradictorio, surgido a partir de la incomprensión y de la deformación de algunas enseñanzas tradicionales. La teoría de la preexistencia es sumamente diferente. Para precisar tal cosa es indispensable poner bien en claro a cuál parte de nosotrosdebe ser referida la eventual preexistencia.
Es evidente que si nosotros hablamos del alma individual, tal como la experimenta cada uno de manera concreta y así como se encuentra determinada por su inescindible conexión con un determinado organismo corporal, para un tal principio no es lícito formularse problemas de tal tipo. Para una tal alma sería verdadera en vez la doctrina católica la cual, como es sabido, sostiene que el alma nace a la vida en su cuerpo y no le preexiste. Esto en verdad corresponde a un sano punto de vista realista, puesto que demasiadas circunstancias nos convencen de que sólo en correlación con su cuerpo y con la unidad psico-orgánica condicionada por éste el individuo común se siente a sí mismo: en modo tal que basta tan sólo una interrupción aun parcial de aquella correlación –por ejemplo, tal como se realiza en el sueño – para que se descienda en la inconciencia. Es así entonces que la teoría de la reencarnación, en la medida en que se sostenga que elmismo individuo pueda haber ya existido en otras vidas y podrá todavía volver a aparecer en otros cuerpos, es, tal como dijéramos, absurda: endiferentes cuerpos no pueden existir sino diferentes individualidades, sin una continuidad real, sino aquella, por decirlo así de una misma materia informe que, en diferentes fusiones, da lugar a estatuas absolutamente diferentes y distintas.
El defecto que sin embargo presenta la doctrina católica consiste en confundir esta alma puramente individual, respecto de la cual resultaría muy difícil concebir cualquier tipo de supervivencia, con el ‘alma inmortal’ indestructible. Ello es sin embargo un defecto que desaparece en una consideración más profunda y metafísica de la doctrina, al recordar que aquel ‘infierno’ que sería destinado a las almas ‘no salvadas’, es el gehena, término éste que originariamente se aplicaba al lugar en donde las escorias y los residuos de una ciudad eran destruidos: de la misma manera que el ‘infierno’ clásico, el Hades, era el lugar en donde las almas de ‘los más’ no subsistían sino en una forma apagada, más semejante a la muerte y al sueño que a la vida y tanto menos a la supraconciencia olímpica, privilegio de los ‘Héroes’.
La hipótesis de la supervivencia puede formularse tan sólo para un principio diferente del de la simple individualidad vinculada con el cuerpo, si bien en una cierta medida asociado y mezclado con la misma. En suma, el yo humano, como yo que tiene una determinada naturaleza propia, sería el efecto, la producción, el modo de aparecer bajo ciertas condiciones de la existencia, de un ente espiritual que lo trasciende. Y puesto que todo aquello que es tiempo, antes o después, es tan sólo algo inherente a la condición humana, en verdad en forma rigurosa no se podría ni siquiera hablar de una preexistir, de un antecedente temporal.
Naturalmente, nosotros entramos aquí en un terreno sumamente difícil, justamente porque al mismo no se le pueden aplicar las concepciones y las expresiones que nos hemos formado en la existencia común de aquí abajo y que, aplicadas a todo lo que es diferente manera de ser, puede tan sólo conducir a falsificaciones y a deformaciones. Diremos en cualquier caso que lo que se encuentra antes del sujeto en sentido temporal es más bien la herencia de los progenitores, de la raza, de una determinada civilización, etc. Pero todo esto no agota la entidad de un sujeto, tal como lo querrían sea el materialismo como el historicismo: como determinante, se debe más bien concebir a una intervención desde lo alto, a un principio que asume y utiliza como una materia propia de encarnación o expresión a toda esta herencia, con sus leyes y sus determinismos, de la misma manera que un músico, con la finalidad de expresar su creación personal y original, utiliza y acepta leyes bien determinadas de armonía y muchas veces también una tradición musical. Se tiene pues una especie de interferencia entre dos herencias, terrenal e histórica una, y trascendental, por así decirlo, la otra. Para establecer el lazo entre ambas y por ende para determinar la síntesis que define a una determinada naturaleza humana, interviene un acontecimiento, dado en las diferentes tradiciones con símbolos variados, y que aquí no es posible desarrollar. Diremos tan sólo que la enseñanza contenida en tales tradiciones concierne a una especie de ley de ‘afinidades electivas’. De querer esclarecer tal idea con las aplicaciones a las cuales da lugar, diremos por ejemplo, que no se es hombre o mujer, de una determinada raza o casta u otra, etc., porque se ha nacido así en forma casual, sino a la inversa, se ha nacido así, porque ya se era hombre o mujer, de una determinada raza u otra, etc. Por supuesto que ello en un sentido analógico, en el sentido de una inclinación o deliberación trascendental que nosotros, por carencia de conceptos adecuados, podemos presentir tan sólo a través de sus efectos.
La concepción central del catolicismo es que Dios, aun creando al hombre de la nada, ha permitido el milagro por el cual este ser creado desde la nada es libre, es decir puede volver a reunirse con la raíz del propio ser, con Dios, o bien negarla, disiparse, degenerar en un vano arbitrio de criatura. Esta misma doctrina puede ser aplicada a las relaciones entre el ser individual y el ente espiritual respecto del cual el mismo es la creación y la manifestación humana. Queremos decir con esto que al ser individual, dentro de ciertos límites, en tanto goza de libre arbitrio, se le formula la misma alternativa: o querer la propia naturaleza, profundizarla y realizarla hasta volver a unirse con el principio supra y pre-humano que le corresponde: o bien entregarse a la construcción arbitraria de un modo de ser antinatural, privado de cualquier relación con sus fuerzas más profundas o incluso en contradicción con las mismas. Ésta es exactamente la oposición que existe entre el ideal clásico-tradicional y el ideal moderno de cultura. Para el primero la meta es conocer y  ser uno mismo; para el segundo es en cambio la de ‘construirse’, devenir lo que no se es, infringir todo límite para hacer posible todo a todos: liberalismo, democracia, ética puritana.
Puede verse así cómo, de problemas en apariencias abstractos se puede arribar a consecuencias sumamente concretas y aptas para orientar entre el caos moderno de los valores.
Tal como ha sido tradicionalmente enseñada, la teoría de la preexistencia conduce más allá del fatalismo, así como de una libertad mal comprendida y de corte individualista. En algunos pueblos, para designar al ser viviente se utiliza un término que quiere decir literalmente ‘enviado a una misión’. La existencia adquiere verdaderamente un sentido cuando se comienza sospechar esto y es entonces cuando sea el “Conócete a ti mismo” del oráculo de Delfos, como el “recordarse”, de lo que habla Platón, revelan un contenido viviente y despiertan fuerzas interiores bien precisas. Se establece aquí también una conexión entre el problema de la preexistencia y el de la supervivencia. Una de las enseñanzas antiguas propias de este orden de ideas es que“cumpliendo fielmente el propio modo de ser, cualquiera que éste sea, se alcanza lo divino, mientras que modificando el propio modo de ser con el de otro nos condenamos a los infiernos”. Es fácil entender esto: es evidente que al constituir en sí mismo aquello que no existe, es decir la mera existencia individual formada de manera arbitraria en un modo o en otro vinculada con el cuerpo, se tiene tan sólo una cosa destinada a disolverse respecto de su base, es decir respecto de la unidad corpórea o psicofísica. Cuando en cambio el individuo realiza la propia naturaleza, en el fondo, él unifica la propia voluntad humana con la voluntad no-humana correspondiente, restablece un contacto con la misma, es decir un contacto con aquello que, encontrándose más allá del nacimiento, se encuentra también más allá de la muerte y en modo general, también del tiempo. Esto puede definirse como el estado de la personalidad espiritualmente integrada, que hace una sola cosa con la personalidad verdadera e inmortal, a la cual el significado de vivir constituye una cosa absolutamente diferente respecto del resto de los hombres: se encuentra aquí un significado de claridad, de fuerza absoluta, de incomparable seguridad. Se vuelve a despertar la libre respiración de las alturas y de lo vasto, la sensación de haber llegado de lejos, de otras riberas, de otros mares, en modo tal que todo aquello que puede aparecer como trágico, angustiante, definitivo, se desdramatiza, se convierte en episodio, cuyo sentido puede ser percibido tan sólo después de haber reconocido la relatividad y la irrelevancia del punto de vista del individuo humano. El reflejo de tales concepciones encontró en otras tradiciones sugestivas expresiones como ésta: “La vida es un viaje en las horas de la noche”. Máxima ésta que no debe ser asumida a la manera ‘espiritualista’ o ‘mística’, al ser los viajes nocturnos aquellos en los cuales es muy grande la posibilidad de desvanecerse o de ser sorprendidos, en especial cuando el viaje es también una ‘misión’. Se debe más bien pensar en una transmutación esencial de actitud, en virtud de la cual al sentido de la ‘distancia’ y de la interna inaccesibilidad se le une una especie de indomabilidad, y se tiene aquella contemporaneidad de calma superior y de prontitud para la acción absoluta y precisa, que es característica en todas aquellas figuras que la intuición popular presintió como ‘hombres del destino’.
Corriere Padano
16/04/37