EN CONTRA DE LOS JÓVENES


Uno de los principales signos de derrumbe de la actual sociedad italiana está constituido por el mito de los jóvenes, de la importancia acordada al problema de la juventud, junto con una concurrente y tácita desvalorización respecto de todo aquello que ‘no es joven’. Se diría que hoy en día el pedagogo y el sociólogo tienen miedo severo de perder el contacto con los ‘jóvenes’ y no se dan cuenta de que de esta manera incurren en un verdadero y propio infantilismo. Es la juventud la que debería enseñarnos las cosas, la que nos tendría que indicar nuevos caminos (así es como se han expresado incluso parlamentarios democristianos), mientras que aquellos que por la edad tienen una verdadera experiencia de la vida se tendrían que apartar, en exacta contraposición con todo lo que siempre se ha pensado incluso entre los pueblos más primitivos. E incluso se ha visto a la televisión acoger complacida las manifestaciones y agitaciones de estos tales jóvenes, aun cuando las mismas han alcanzado el límite de lo absurdo y lo grotesco. Hemos oído decir por ejemplo cómo algunos de ellos deploraban porque las escuelas no eran aun ‘democráticas’ y formular algo así como sovietso ‘comisiones internas’ con la probable finalidad de pedagogizar y poner en el justo camino a  los docentes. Que de la misma manera que con los obreros en las fábricas, también los estudiantes ocupan las facultades universitarias por diferentes reivindicaciones y que se los haya dejado hacer, incluso hasta protegidos por la policía, es todo esto un verdadero signo de la ‘Italia liberada’.
No hay duda de que se vive en una época de disolución y que la condición que tiene siempre más a prevalecer es la de aquel que se encuentra ‘desarraigado’, de aquel para el cual la ‘sociedad’ no posee más significado alguno, sino que tampoco lo tienen siquiera los vínculos que regulaban su existencia: vínculos los cuales, es cierto, para la época que nos ha precedido y que en diferentes áreas aun persisten, eran tan sólo los del mundo y de la moral burguesas. Por lo cual resultaba natural y legítimo que para la juventud apareciese algún tipo de problema frente a los mismos. Pero la situación debería ser considerada en su conjunto: toda solución válida debería abarcar a la totalidad del sistema: todo lo demás, aun aquello que se refiere a la juventud, no debería ser concebido sino una simple consecuencia de ello.
Pero que algún atisbo positivo pueda recabarse de la gran mayoría de los ‘jóvenes’ de hoy en día, esto se puede sin más excluir. Cuando éstos afirman que no son comprendidos, la única respuesta que se les puede dar es que no hay nada que entender y si existiese un orden normal, se trataría de ponerlos en su lugar de manera harto expeditiva, del mismo  modo que se hace con los niños cuando su estupidez se convierte en fastidiosa, invasiva e impertinente. A qué cosa se reduzca su anticonformismo, su ‘protesta’ o ‘revuelta’ esto es algo que se lo ve con claridad. No existe nada en común con aquellos grandes anarquistas esparcidos de hace algunos decenios que  por lo menos pensaban, que sabían de la existencia de Nietzsche, de Stirner, o de aquellos que en el plano artístico y de la concepción del mundo se entusiasmaban con el futurismo, con el dadaísmo, o con elSturm un Drang promovido por el primer Papini. Los ‘rebeldes’ de hoy en día son los ‘melenudos’ y los beats, cuyo anticonformismo es el más barato posible y que, prescindiendo de su banalidad, sigue una moda, una nueva convención pasivamente y provincialmente asumida, puesto que el movimiento beatnick ohipster en Norteamérica es ya algo del pasado; por otro lado algún reflejo en la literatura el mismo lo había tenido, vías muchas veces peligrosas y destructivas se habían intentado, mientras que de esto, entre nosotros, no es el caso de hablar, sino del vacío y el analfabetismo intelectual que se encuentran en el primer plano.
De este modo, entre los representantes de esta ‘juventud’ se encuentran los fanáticos de ambos sexos por los gritadores, por los denominados cantautores epilépticos, por las situaciones de masificación de las ye-ye-sessionsy del shake. Examinados los rostros presentados casi sin excepción por éstos, no hay casi ninguno que no sea desabrido, o que indique señales de carácter, y poniendo en primer lugar entre éstos a sus ídolos. El slogan que pareciera regir en todo este movimiento parece ser obra del muy mediocre filósofo pacifista Bertrand Russel: ‘no hacer la guerra, sino el amor’. Y bien, si realmente se tratara de una revuelta en serio, si verdaderamente la civilización actual fuese considerada como ‘pútrida y sin sentido’, hecha de ‘aburrimiento, pútrido bienestar, conformismo y mentira’, no encontrándose en la misma ninguna salida, ¿no tendrían acaso estos ‘rebeldes’  que asumir más bien como slogan la fórmula futurista de Marinetti: ‘guerra, la sola higiene del mundo’, y sostener por lo tanto: ‘¡Viva la guerra atómica!, en modo tal de hacertábula rasa de todo?
En cuanto a eso de ‘hacer el amor’ en vez de la guerra, los querríamos ver. Resulta difícil de imaginar los impulsos dionisíacos y frenéticos que puedan despertar en las jóvenes la contemplación de tipos escuálidos y grotescos, muchas veces sucios y descuidados por principio y en los jóvenes la contemplación de muchachas en vestimentas masculinas, botas o minifaldas destinadas a ‘socializar’ y banalizar partes  del cuerpo mujeril que tan sólo en un plano privado y funcional pueden poseer un verdadero potencial erótico. Se sabe de la historia de un sacerdote que al tener que casar a dos de estos jóvenes les tuvo que preguntar: ‘¿Quién de ustedes es la esposa?’ En realidad el presupuesto para el amor, aun para el puro amor sexual  a fin de que tenga un interés y una intensidad, es la mayor de las polaridades posibles, es decir la  máxima diferenciación entre los dos sexos; justamente lo contrario de lo que presenta esta juventud con su promiscuidad, con sus propensiones incluso de tercer sexo. Algunos llegan a definir todo esto como ‘revolución sexual’, pero habría que preguntarse ¿de qué sirve tal libertad? Por lo referido habría que decir que aun en este campo los ‘jóvenes’ tendrían que ir a la escuela.
Por otro lado es cierto que con el paso de los años, con la necesidad para la mayoría de hacer frente a los problemas materiales y económicos de la vida, esta ‘juventud’ convertida en adulta se adaptará a las routines profesionales, productivas, sociales y matrimoniales, con lo cual por lo demás pasará simplemente de una forma de nulidad a otra. Ningún problema digno de este nombre puede entonces formularse.
Sería de todos modos injusto reducir a toda la juventud italiana a la que acabamos de caracterizar. Aparte de los jóvenes que siguen mansamente con las costumbres burguesas sin formularse problemas de ningún tipo ni de agitarse, hay también en Italia jóvenes que se encuentran en una rebelión  de corte político. Ellos se rebelan en contra del actual régimen democrático y aun en forma activista descienden en el campo de combate con coraje cuando se trata de contrastar contra las manifestaciones provocativas de la izquierda. Ellos atestiguan la presencia de una juventud diferente, algunos de los cuales son incluso sensibles a las ideas y a las disciplinas que nosotros en un sentido especial solemos denominar como ‘tradicionales’. Respecto de éstos no se puede hablar desde ya de ‘rebeldes sin bandera’ ni de un estúpido anticonformismo.
El problema principal que se plantea para estos jóvenes es la distinción que debe existir entre una juventud puramente biológica y otra de carácter espiritual y superior. En los jóvenes de buena estirpe son muchas veces rastreables actitudes positivas que no denominamos como de ‘idealismo’, en tanto este término ha sido ya abusado en su significado, sino en el sentido de una cierta capacidad de entusiasmo y de impulso, de entrega incondicionada, de intransigencia, de desapego respecto de la existencia burguesa y de los intereses puramente materiales y egoístas, con una aspiración a una superior libertad. Ahora resulta importante darse cuenta de que muchas veces estas disposiciones se encuentran en el fondo biológicamente condicionadas, es decir ligadas a la edad. Y entonces la tarea sería la de asimilar tales disposiciones, hacerlas propias en modo de que se conviertan en cualidades permanentes, aptas para resistir a las influencias contrarias a las cuales se es fatalmente expuestos con el paso de los años y en la confrontación de los problemas concretos de la vida de hoy en día.
Puede ser interesante a tal respecto hacer una referencia a la antigua civilización árabe persa. La misma ha conocido el término futâva que, derivado de fatà = joven, que indicaba la cualidad de ‘ser joven’ en el sentido espiritual aquí indicado, no definido por la edad sino sobre todo por una disposición especial del alma. Es así como los fityân o fityûh (= ‘los jóvenes’) podrían ser concebidos como una Orden, cuya pertenencia implicaba un rito vinculado a una especie de solemne juramento, el de mantener siempre tal condición de ‘ser joven’.
Una referencia similar indica en primer lugar la tarea que deberían asumir los jóvenes que profesan un anticonformismo y una rebelión positiva puesto que por experiencia sabemos de cuántos de estos casos en los cuales, pasada la juventud biológica, ha pasado también lo mismo con la espiritual, con sus intereses superiores, y cómo en cambio haya sobrevenido una banal ‘normalización’. Podemos decir con conocimiento de causa que en los últimos treinta años vividos han sido muy pocos los que se han mantenido firmes en sus posiciones. En segundo lugar, aquella referencia puede servir también para terminarla con el mito de la ‘juventud’. La cualidad auténtica de la juventud de ninguna manera puede ser reconocida a aquella generación de la que hemos hablado al comienzo de este escrito (y es por tal razón que hemos usado entre comillas las palabras ‘juventud’ y ‘jóvenes’); para la misma en todo caso se trata de infantilismo de retrasados psíquicos. Y cuando  no se trata  de una sustancia humana que desde el comienzo expresa la patología de una civilización en disolución, es decir, en los casos mejores, mantiene todo su valor aquello que dijera una vez Benedetto Croce, que el único problema del joven es el de convertirse en adulto. Lo demás es estupidez, y quien quiere pensar en cosas serias, es al problema de una toma de postura ante nuestra sociedad y civilización que debería prestar atención y en el sentido de una verdadera y radical revolución reconstructiva.

(Totalità, 10/07/67)