TIERRA, LUNA Y SOL



Estos tres principios cósmicos, de acuerdo al pensamiento tradicional, están también presentes en el hombre bajo la forma de cuerpo, alma y espíritu. Y así como en el cosmos el Sol es el principio superior, un orden humano normal es aquel en donde el espíritu gobierna al alma y ésta a su vez lo hace con el cuerpo, de la misma manera que el sol ilumina a la luna y ésta lo hace con la tierra. Y del mismo modo que estas realidades son distintas a simple observación, también en el plano humano existe la desigualdad de funciones y caracteres en tanto hallamos a nuestro alrededor a tres tipos de hombre posibles en relación a  cuál de estos tres principios se haya puesto la preferencia. Tenemos así a los hílicos, esto es aquellos en los que prima el cuerpo, los psíquicos en donde prima el alma, y los espirituales en los cuales es el espíritu lo que gobierna. Si bien resulta ostensible a simple vista diferenciar a los hílicos del resto pues es indudable que es el tipo de humanidad moderna que nos circunda habitualmente, a veces es en cambio más difícil de distinguir a los psíquicos de los espirituales en tanto que sea la luna como el sol irradian una luz, si bien en este último caso la diferencia es que la misma nos enceguece por su intensidad si la miramos de frente y a su vez la primera es la que recibe del sol la luz en el momento en que no es ocultada por la tierra, pues en tal caso lo que sucede es que aquella toma de lo material sus mismos caracteres consistentes en la dependencia y el determinismo.
Esta pequeña introducción elemental del pensamiento tradicional tiene que ver con una reciente crítica que hemos recibido de un usual contradictor nuestro que formula que distorsionamos la herencia de Evola porque no decimos, como supuestamente habría dicho éste, que la raza aria indoeuropea es la única solar y por lo tanto superior a todas, siendo en cambio lunar la semítica e hílica la negra y nos acusa que por no creer en tal cosa seríamos igualitarios, modernos y sostenedores del melting polt racial.
Queremos contestar brevemente a esto último. Si para ser un hombre espiritual o solar estuviésemos obligados a pertenecer a un determinado grupo racial estaríamos contradiciendo la característica esencial del espíritu que es la libertad. Así como el sol brilla e ilumina donde quiere, también el espíritu es libre y tal libertad consiste en ser capaz de superar las limitaciones propias del cuerpo, el cual tal como decía Platón es como una carga que impulsa hacia abajo. Que en todo caso sostener tal tipo de determinismo racial sería eso sí ser lunar y no solar, tal como se pretende pues con tal aserto, en tanto se está sosteniendo la dependencia y el determinismo, tal como sucede con la luna respecto de la tierra o el sol, en tanto que no puede bastarse por sí misma.
Que por supuesto sea la raza como la cultura producen condicionamientos y a simple observación sabemos que así como tiene el camino más fácil para triunfar socialmente aquel que recibe una nutrida herencia respecto del que en cambio nace en un ambiente de padres desocupados, no está dicho para nada que no sea en cambio este último el que alcance la superioridad social. Del mismo modo es que si bien es cierto que los pueblos europeos pueden habernos dado las mejores producciones culturales y espirituales no está dicho que su progenie no sea en cambio hílica tal como hoy sucede de una simple observación, habiéndose producido en cambio expresiones de espiritualidad sumamente mayores en grupos étnicos menos dotados pero que, en tanto compuestos por personas y no ganado vacuno, han sabido utilizar sus límites físicos y culturales como estímulos superiores para superarse habiendo encontrado casos de tal tipo entre milicianos negros de Shabaab o semitas del isis en vez que entre nuestra juventud rockeada y bastardeada en los recitales de la droga.
Por ello, tal como dijera Evola, los mestizajes que en épocas de normalidad pueden servir para fortalecer las características propias de una raza en tanto que ésta es el ámbito en el cual las personas pueden encontrarse a sí mismas hallando allí vías adecuadas, aunque no excluyentes, para realizarse espiritualmente, en épocas como las actuales de profunda decadencia es cuando más tenemos que evitar el famoso melting polt del cual nos achaca su pretendida promoción. Cuanto más lo que podemos decir es que no son los pueblos de color los que los promueven sino casualmente las mismas razas blancas que promueven y defienden tales personas.

M.G.