EVOLA Y LA TERCERA GUERRA MUNDIAL

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En estos días se han cumplido 15 años desde el momento en el cual 19 mártires se inmolaran en una acción por primera vez dirigida en su propio territorio contra aquella institución que, a la manera orwelliana, dirige el planeta y que en modo totalitario y virulento maneja la totalidad de nuestras vidas sin que jamás se lo hubiésemos requerido.
Esta acción de guerra, que comenzara un 11 de septiembre de 2001, se continuaría luego con diferentes bemoles en distintos países pero principalmente en regiones pertenecientes a lo que nosotros calificamos como el mundo islámico y cada día que pasa adquiere ribetes de siempre mayor dramatismo alcanzando ya niveles de violencia y de intensidad que nos recuerdan sin duda alguna lo acontecido en la segunda guerra mundial. Esta situación de evidencia indubitable ha hecho que hasta el mismo papa y otras figuras de relevancia reconocen hoy en día lo que nuestro Centro ha venido sosteniendo desde hace más de diez años: que nos hallamos de lleno en la tercera guerra mundial y que se trata de un conflicto inédito que confronta en forma tajante dos concepciones del mundo antagónicas e irresolubles la una en la otra. Comenzó primero en Afganistán, luego se proyectó a Irak, más tarde se ha expandido a Siria, a Yemen, a Somalia, a Malí, a Nigeria, a Filipinas, a Pakistán, a Egipto como los lugares más notorios y virulentos, aunque varias de sus facetas también se viven en el continente europeo y en la misma Norteamérica con una serie de atentados de lo más audaces y deletéreos.
Sin embargo debe acotarse que, si bien se trata de la tercera guerra mundial, la misma es novedosa respecto de las precedentes desde puntos de vista diferentes. Ello se debe a que, si bien las dos guerras mundiales anteriores, como la actual, fueron guerras de civilizaciones, la diferencia estriba en que tal perspectiva fue efectuada no en sí misma y de manera directa sino a partir de intereses y consignas nacionales. Y esto nos lleva necesariamente a hacer una aclaración previa que consiste en constatar la lamentable confusión semántica que hoy existe entre nación y civilización o aun entre ésta y cultura lo que hace que a veces resulte difícil explicar lo que es propiamente una guerra de civilizaciones. La primera de todas las grandes subversiones bien sabemos que es la del lenguaje y hoy se confunde en forma ex profeso lo que es civilización con el fenómeno de siempre que contrasta a naciones entre sí y que se ha bautizado pomposamente con el mote de geopolítico cuando en realidad se trata de algo muy diferente. La civilización, tal como dijera Evola, es la plasmación en el ámbito histórico y político de una concepción del mundo la cual, como tal y en sí misma, es independiente del espacio geográfico y cultural en donde la misma se exprese, y al respecto hay dos tipos posibles de civilización: o la moderna, que se funda en lo físico y en la vida, o la tradicional que en cambio lo hace en lo metafísico y en la supravida. Es decir que toda civilización se basa en la hegemonía de un tipo de hombre determinado el cual puede ser moderno, como en el caso en que vivimos en el cual la economía y la simple vida representan el destino del hombre o tradicional, si lo es en cambio lo trascendente. Para la subversión moderna en cambio, como la metafísica no existe pues, en su mentalidad limitada más cercana al mundo animal, sólo hay cosas que se ven y se palpan y por lo tanto se comen y acumulan, sólo existen grupos sociales establecidos en un espacio geográfico que pujan entre sí y en forma fatal y necesaria de acuerdo a sus mezquinos intereses principalmente económicos. Es decir sólo puede existir un cierto tipo de civilización, la propia, ante la cual, las demás representan solamente estadios prehistóricos o de preparación hacia el triunfo y plasmación de ‘la civilización’ por excelencia. La historia, comprendiendo como tal los fenómenos que capta nuestra facultad sensitiva (no habiendo nada que la trascienda) es aquí pues el factor determinante y al respecto dos son las formas modernas en que se expresa tal historicismo: a) el socialismo habitualmente marxista, aunque con otras manifestaciones similares como el liberalismo y la social democracia, que nos habla al respecto de clases sociales y grupos de hombres que luchan entre sí por intereses, b) el geopolitismo nacionalista, esa nueva especie de modernidad hoy en boga, que se refiere en cambio a espacios geográficos o a grupos de naciones que también representan intereses que pugnarían fatalmente entre sí. En ambos casos, sea el socialismo marxista como el geopolitismo nacionalista, son los intereses materiales los que priman por sobre los valores espirituales y trascendentes y son a su vez los grupos los que tienen primacía sobre las personas singulares y si a veces éstos son formulados se trataría en última instancia de superestructuras secundarias, de ‘montajes’ que se formulan con finalidades de dominio material lo cual sería específicamente el valor estructural y prioritario dador de cualquier sentido a las acciones.
Volviendo ahora a las dos guerras mundiales anteriores, digamos que las mismas, en tanto acontecieron en una era signada principalmente por la modernidad, comenzaron como guerras por espacios vitales, es decir como pugnas por intereses económicos y financieros, o por mercados y materias primas a conquistar, pero luego, a medida que se desarrollaron, se fueron perfilando principios claros y nítidos que diferenciaban a los dos encuadramientos ‘geopolíticos’ en pugna. En la primera, en un conflicto que comenzó por los deseos expansivos de las potencias en pugna, la guerra terminó siendo entre imperios tradicionales (austro-húngaro, alemán y otomano) por un lado, que consideraban que la soberanía política no emanaba del pueblo, sino que era el Estado quien formaba a la Nación, contra las democracias que sustentaban el principio contrario. Estas últimas fueron capaces, en la argucia propia de la institución masónica que las informaba, de confundir los hechos respecto de lo esencial por lo que se combatía y de arrastrar así hacia su bando aun a un imperio tradicional como Rusia y lograr de tal modo disolverlo haciéndolo caer en el falso juego de una lucha por meros intereses antagónicos de corte geopolítico y crematista.
En la segunda también la guerra se perfiló una vez más en sus comienzos como una pugna por conquistas territoriales y por espacios vitales hegemónicos a adquirir, pero nuevamente, a medida que ésta se fue desarrollando y tal como hace notar el mismo Evola, se fue perfilando paulatinamente como una lucha entre concepciones del mundo contrastantes: de un lado una vez más las democracias que bregaban por su despliegue final imponiéndose ya no más como mera forma de gobierno, sino de vida y del otro una perspectiva jerárquica y por lo tanto no igualitaria y con ribetes aun tradicionales, lo cual se percibiera con claridad tan sólo en los últimos momentos de la misma cuando, dejándose a un lado las limitaciones puramente nacionalistas que la habían impulsado en sus comienzos, se  fueron constituyendo brigadas pluriraciales y plurinacionales agrupadas en función de principios antidemocráticos. Y esto también debe entenderse porque la democracia resulta el sistema moderno por excelencia, aquel en el cual lo económico y por lo tanto lo numérico representa el valor supremo y por lo tanto aquel sistema en el cual lo valores modernos pueden desplegarse con la mayor de todas las coherencias. Es decir que las dos guerras mundiales anteriores pueden ser comprendidas sin más desde una óptica moderna como el progresivo avance de la modernidad y como el despliegue coherente de un sistema que eclosionara histórica y socialmente con la Revolución Francesa y para el cual, al haberse convertido el mercado y el consumo en la vida principal del hombre, en vez de otras instituciones superiores como la Iglesia o la familia, era la democracia el sistema que mejor le correspondía y por lo tanto las dos anteriores guerras significaron pues el despliegue y puesta a tono respecto de tal principio moderno a desarrollarse en su forma más coherente.
Y justamente, al haberse impuesto la democracia en forma definitiva, más aun luego de la caída del comunismo su última imperfección ‘totalitaria’ aun existente, aunque perteneciente igualmente a tal contexto (recordemos que el comunismo nunca ha negado la democracia sino que se calificaba a sí mismo como una ‘democracia social’), hubo filósofos de la historia como Fukuyama que hablaron del ‘final de la historia’ con el triunfo ya definitivo de la democracia en su forma más perfecta y plena en el cual tras la caída del comunismo habían desaparecido las últimas de las imperfecciones aun existentes.
Pero las cosas han cambiado notoriamente con la tercera guerra mundial que hoy vivimos la cual se distingue de las dos primeras en el hecho ostensible e indubitable y desde sus mismos comienzos de que en este caso no son naciones y por lo tanto intereses los que aquí están en juego, sino desde el vamos y en manera clara y nítida concepciones del mundo que confrontan entre sí. Por un lado una vez más las democracias y su concepción del mundo, la modernidad, es decir un universo en el cual la vida representa el valor supremo y por lo tanto sus principales manifestaciones tales como la economía, la masa, el simple individuo numérico indiferenciado y recambiable, el que se reduce al valor de un voto, el que podría estar aquí como cualquier otro. Recordemos que para el moderno el hecho de ser y de existir es una simple casualidad, un azar, el producto de un remoto bigbang en el que obviamente no hemos sido consultados y respecto del cual podríamos también no haber sido. En este universo moderno la Vida, así con mayúscula, es la instancia superior y dadora de sentido y los individuos representan meros átomos intercambiables, simples sujetos que, como luces efímeras y fugaces, son sustituidos y suplantados sucesivamente en función del grupo al que pertenecen del mismo modo a lo que sucede en los hormigueros animales.
Para la concepción tradicional en cambio lo que es más que vida, comprendida y reducida a la pertenencia a una especie o grupo, representa el valor supremo, y esta existencia en la que nos encontramos es concebida simplemente como un tránsito, como un lugar al que se ha venido en función de algo superior y trascendente, cuyo valor y sentido último es de representar una prueba por la cual hay que forjarse un cierto tipo de alma inmortal. Por eso para la concepción tradicional lo principal no es el grupo y por lo tanto el individuo atómico que lo compone ocasionalmente, sino la persona, es decir un ente espiritual cualitativamente diferenciado que se encuentra aquí no casualmente, sino para obtener un fin superior, el que para las grandes religiones representa la salvación, comprendida figurativamente como el cielo o paraíso. La palabra persona debe ser pues recuperada en su significado originario de máscara, de personaje que se construye a lo largo de la propia existencia en función de un fin superior y de una meta que se posee.
Retornando ahora al sentido de esta nueva guerra que se iniciara hace 15 años digamos que es cierto que el mundo moderno ha tratado de ponerla en caja otra vez a través de dos vías diferentes todas las cuales para confundir dialécticamente los objetivos finales. Primero ha surgido la famosa ‘teoría de la guerra de civilizaciones’ de Samuel Huntington que es una mala copia y distorsión de la que nosotros formulamos aquí. Esta doctrina es la que a su vez ha sido asumida por el papa Francisco el cual nos quiere manifestar que, más allá de las ideologías, subsisten intereses geopolíticos en pugna y que se expresan en forma superstructural y distorsionada a través de las religiones. Se trataría nuevamente de la antigua guerra ya formulada en las Cruzadas entre el Islam y el cristianismo, pero comprendida obviamente no en su sentido tradicional y superior, sino como un mero conflicto ‘geopolítico’ entre el oriente y el occidente. De acuerdo a la misma las civilizaciones serían organismos vivientes de más larga vida que los individuos y que, a diferencia de éstos, cuando parece que han desaparecido de escena, es en cambio porque habín estado tomando energías para lanzarse a una nueva reacción. El Islam que fue incesante enemigo del cristianismo (en esto Francisco y los distintos grupejos güelfos se acoplan por igual) luego de un largo letargo generado por la conquista de los mares a partir del siglo XVI, ahora establecería una reacción en contra del occidente y entonces no habría sido cierto que ‘la historia’ se habría terminado sino que volverían a reflotar conflictos que se consideraban agotados en razón de que las mal llamadas civilizaciones son organismo vivos de más larga duración que los individuos. Pero esta doctrina hace agua por todos lados. En primer lugar porque no la totalidad del Islam hoy está comprometido en esta guerra en un mismo bando, (Turquía lucha contra el Isis y a su vez contra Irán quien también contrasta contra Isis y Al Qaeda, y aun Arabia Saudita, etc.) ni tampoco el occidente actual, incluyendo en ello al mismo papa romano tiene algo que ver con el catolicismo y con su período de gloria que fuera la Edad Media.
Se trata en cambio de una guerra en donde dos tipos de hombre son los que aquí confrontan y respecto de los cuales no hay manera posible de conciliación.
Pero en esta guerra hay otra peculiaridad esencial: el factor religioso, lejos de ser una simple superestructura ideológica, representa aquí lo principal y manifiesto. Si en las anteriores el conflicto quedaba camuflado en razón de una lucha moderna por intereses económicos, aquí la religión comprendida como concepción del mundo en su vínculo con un principio superior que lo trasciende es el punto de partida esencial. Dos religiones contrastan aquí entre sí en forma abierta y ostensible. Por un lado la moderna, es decir una religión secularizada que agrupa a individuos de diferentes extracciones y etnías, aunque principalmente y por sus orígenes occidentales, es decir, cristianos, sea católicos como protestantes, como así también judíos, musulmanes y budistas unidos todos ellos en un ecumenismo secular y laico en donde la religión ha sido extirpada de su valor esencial y recluida a la esfera más limitada y sutil, la de la conciencia individual y subjetiva, en un universo externo en donde en cambio el laicismo, es decir un mundo despojado de toda trascendencia, es la forma universal y totalitaria que impera por doquier. Pero si del lado moderno hoy son varias las religiones que combaten, la peculiaridad de esta guerra es que del lado tradicional sólo tenemos a una sola, el fundamentalismo en su expresión islámica, es decir una concepción no laica, no democrática y para la cual el poder político se encuentra íntimamente asociado con el religioso, en donde el gobernante en la figura del califa, es concebido como emisario y representante pontifical, como la expresión y manifestación de Dios en la tierra. Para la misma todo el universo social se ordena a lo superior y sagrado, la religión no es como en la expresión moderna un fenómeno reducido a la esfera de la conciencia, sino que, obedeciendo a su mismo significado etimológico, todo está en ella religado en un principio superior. Lamentablemente este gran frente ecuménico hoy sólo se encuentra del lado de la religión moderna y no en cambio en el ámbito de la tradicional. No acontece aquí lo que autores de tal vertiente, como Evola y Guénon, anunciaban como remedio único y adecuado para hacer frente al mundo moderno y a su anomalía a fin de poder abatirlo. De acuerdo a la doctrina de la unidad trascendente de las grandes religiones por ellos formulada en forma expresa, las religiones son solamente modos diferentes y múltiples, de acuerdo a razas y pueblos, a través de los cuales se expresa un mismo sentimiento y tendencia, el anhelo y la búsqueda por la trascendencia, aquello por lo cual se está aquí y la razón por la cual nos hemos encarnado viniendo de otra parte. La religión es el camino que enseña al hombre a hallarse a sí mismo y descubrir las razones por las cuales se encuentra transitando por este mundo, en este espacio y tiempo, en este cuerpo determinado y en este período peculiar de la historia.
Es bueno resaltar una vez más la diferencia esencial entre hombre tradicional y hombre de la modernidad. Para este último la vida es el producto de un azar. Así como el universo ha surgido por un ocasional big bang, es decir por una explosión misteriosa y sin sentido que nos trajo hasta aquí sin haberlo solicitado jamás ni haber sido consultados, por lo tanto al no haber otra cosa ni un fin ulterior que explique la vida, al no haber una causa final por la cual nos encontramos viviendo en este tiempo, se trata entonces, ante esta situación de hecho y fatal, de disfrutar de esta vida efímera, reducida a su finitud, el famoso carpe diem, es decir de pasarla bien y de la mejor manera pues no hay nada ni antes ni luego de ella, que es lo único que en verdad se acepta como existente, alargándola como un chicle o reencarnándose imaginariamente en varias de sus expresiones, o que sucesivas curaciones corporales nos la prolonguen hasta aquello que más se acerca a lo infinito y luego, así como hemos venido ocasionalmente, morimos de igual manera sin haber ninguna otra razón que un simple accidente, una nueva explosión repentina, que, así como nos trajo acá de golpe y en forma inconsulta como un explosivo bing bang, también nos saca en forma abrupta y de la misma manera, para dar lugar a otro que nos sucede.
Para el hombre tradicional en cambio la existencia en esta vida posee un sentido y no significa una cosa arbitraria impuesta ocasionalmente y sin haber sido consultado el hecho de que una determinada forma humana expresada bajo la expresión de un Yo se encuentre aquí y ahora, sino algo que en cambio ha sido elegido por nosotros. Conquistar la eternidad, el cielo o paraíso según las religiones, es la meta esencial por la cual se está aquí, es para esto que nosotros hemos venido y hemos decidido estar en esta vida. No ha habido nadie ni nada que nos trajera aquí en contra de nuestra voluntad. Nosotros hemos sido los que decidimos encarnarnos. La interpretación esotérica de las grandes religiones habla no sólo de un después sino también de un antes de esta vida de carácter inmortal, de un paraíso adámico en donde no existía ni el sexo, ni la reproducción, ni la muerte, en donde el hombre se encontraba desde siempre y que luego, en razón de una caída que, de acuerdo al esoterismo, representa un cambio de estado, ha ingresado al mundo de la muerte. La vida es pues concebida como una prueba, como un río torrentoso por el cual hay que atravesar y en el que algunos son arrastrados y subsumidos. Son los modernos, los hombres del bigbang, aquellos que, al no percibir la otra orilla, se hunden y se dejan llevar por las olas hasta la misma defunción y nada. Los otros, los que perseveran, los que saben y han intuido el por qué están aquí, van hacia la conquista del cielo, que es más que el mundo adámico: es la posibilidad de ver a Dios de frente y no a partir de su obra como en el primer caso. Adán vivía en un mundo de existencia infinita, inmortal, pero temporal al fin, el cielo es en cambio eternidad, en donde no existe el tiempo ni el devenir, en donde todo es simultáneamente y ahora.
Solamente la conquista y el abatimiento del mundo moderno es lo que permite alcanzar el cielo. Dicen los textos sagrados: victoria o paraíso. El mundo moderno es para la tradición el obstáculo, el río torrentoso a vencer para alcanzar la eternidad. Es la vía ascética, la guerra santa a sobrellevar para vencerse a sí mismo, a la parte más baja de sí, a aquella que asienta al hombre en la mera lucha por sus intereses y no por principios de carácter superior.
Es de lamentar que ninguna de las grandes religiones que no haya sido el Islam en una cierta expresión haya encontrado la forma cabal de un fundamentalismo capaz de hacer frente a la modernidad. Podemos mencionar aquí a título ejemplificativo a los sectores pretendidamente tradicionalistas católicos. Estos caen en dos errores esenciales. Por un lado confundir toda forma de ecumenismo con una de sus manifestaciones, en este caso el moderno tipo Vaticano II, que es de carácter secular y laico y segundo, siempre en función de ello, caer en el exclusivismo religioso y no comprender que las religiones deben ser múltiples pues responden a la idiosincrasia de cada pueblo pues, así como Dios creó razas y lenguas diferentes, también lo ha hecho con las religiones. Existe al respecto otra forma de ecumenismo que es aquella en la cual éstas están unidas no en función de sus valores morales y subordinados, sino en función de una misma aceptación por lo trascendente es decir, un ecumenismo que diga que Dios es uno y que sus manifestaciones son múltiples. Tal ecumenismo acontece entre las élites de las grandes religiones las cuales en su base no renuncian en manera alguna al exclusivismo pues de ser así dejarían de ser tales. Para el mismo las religiones son  modos múltiples y plurales de percibir un mismo fenómeno. Pero el error más grave de todo y que demuestra el carácter obtuso de estos minúsculos movimientos es que aun ahora siguen creyendo que el gran enemigo del catolicismo es el Islam como si estuviésemos viviendo aun en la época de las cruzadas y en función de ello no escatimen alianzas con sectores laicos y masónicos. No comprenden que el mundo actual no es el mismo que en la Edad Media, el fundamentalismo islámico hoy no combate contra la iglesia católica en particular, sino contra el mundo moderno que es también el enemigo principal del catolicismo, por ello en un plano metafísico y trascendente es nuestro gran aliado. Y si le ha tocado confrontar con el papa o aun con ciertas expresiones del catolicismo es porque éste se ha manifestado en forma abierta como adherente del sionismo y de la modernidad en su acción represiva en contra del mundo islámico. Y aun prescindiendo de este detalle, cuando el fundamentalismo combate contra la iglesia católica, al haber la misma abjurado de sus principios trascendentes para incurrir en el modernismo, ha dejado de ser la expresión de nuestra religión para pasar abiertamente del lado del enemigo. Por eso nosotros hacemos un distingo esencial entre el catolicismo comprendido como nuestra religión y la Iglesia en sus autoridades y jerarquías que han sucumbido y se han convertido en enemigos nuestros y a los cuales no tenemos que defender en manera alguna.
Bregamos pues por un catolicismo gibelino que en tanto contraste contra los poderes modernos, incluidos los de la misma iglesia, encuentre en un mismo campo de batalla a formas similares de fundamentalismo islámico luchando en contra de un enemigo común. Y este llamado a la unidad de religiones no sólo debe hacerse respecto del Islam sino de todas las vertientes sea cristianas como budistas.
Digamos finalmente que resulta una cosa inverosímil y como el producto de una tremenda tergiversación que estas cosas tan obvias que venimos diciendo desde hace 15 años en forma ininterrumpida sigamos siendo los únicos en hacerlo. Y esto aun ahora en estos mismos momentos en que la guerra de civilizaciones es el tema principal de nuestros días y que como dijéramos hasta el mismo papa hoy reconoce que nos hallamos transitándoa, aun ahora se siga diciendo que se trata todo de una falsificación y de un montaje. La razón de esto y no nos cansaremos nunca de decirlo es la tremenda acción propagandística efectuada por el enemigo moderno que aun infiltra nuestras mismas filas acudiendo para ello a la famosa teoría conspirativa del montaje para referirse a tales acontecimientos. Tal como hemos dicho varias veces tal teoría parte de un dogma impuesto a través de la propaganda de manera constante compulsiva consistente en tratar de derrotar al enemigo de la guerra de civilizaciones anulando su presencia y haciendo, tal como sucede en la estrategia militar, en modo tal de fraguar los objetivos a atacar. Así como para el moderno no existe la dimensión trascendente y metafísica y solamente nos topamos con cuestiones materiales, llámense economía, clases sociales, razas, hechos históricos, etc., los hombres sólo se movilizan en función de tales intereses que se imponen a su especie en forma obligatoria y fatal y si alguna vez hubiese alguien que dudara de tal dogma sagrado recibiría los motes más ingeniosos de descalificación, desde el más agresivo de agente encubierto del enemigo, hasta ingenuo, o algún otro calificativo poco simpático. Para tal propaganda, más que guerra de civilizaciones, el conflicto sería entre el imperio de la tierra y el del mar y el hecho ideológico o religioso sería usado, tal como decía por ejemplo Marx y ahora geopolíticos como Dugin, como una superestructura dirigida a engañar y confundir. El dogma consiste en la negación del concepto de la persona y su sustitución por el grupo (llámese, nación, clase, etc.) en donde el ser humano se reduce a la función de individuo o parte de un todo indiferenciado. Por tal razón es imposible que el hombre pueda ser sujeto de la historia. Son fuerzas superiores las que la hacen por nosotros. El fundamentalismo islámico en tanto no respondería ostensiblemente a ninguna nación sería simplemente un instrumento encubierto de otra que lo ‘inventa’ para justificar sus acciones de dominio por el planeta entero. De allí la famosa teoría de los autoatentados para negar tales hechos. Y ahora la misma se continúa con la absurda tesis de que tanto Al Qaeda como Isis, las principales fuerzas fundamentalistas, serían agentes de Israel o de los EEUU, los que debido a los sustanciosos sueldos que cobraríann, se suicidan sistemáticamente.
Digamos para finalizar que el hecho de que exista semejante despliegue propagandístico como pocas veces se viera antes, y que hechos ultraostensibles puedan ser negados a través de relatos fantasiosos aceptados en manera asombrosa (recordemos que vivimos en la era de la imagen y por lo tanto de la fantasía) de manera a veces multitudinaria (pocos eran aquellos que por ejemplo en la segunda guerra decían que Hitler era un agente del sionismo) es otra prueba más no solamente de que estamos viviendo una nueva guerra, sino también de que se trata de un conflicto inédito, quizás el último y definitivo, de acuerdo al dicho de que la tercera es la vencida, pero también, tal como lo viene demostrando hasta ahora, como el más largo de todos.

Marcos Ghio
(Texto base de la conferencia dictada en la ciudad de Buenos Aires, el 21/09/16, en ocasión de celebrarse una nueva Jornada Evoliana)