PENSAMIENTO FUERTE O PENSAMIENTO DÉBIL: EVOLA O VATTIMO

                                                                         
                                                                        por Marcos Ghio

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Quienes han venido aquí con  la finalidad de incrementar sus erudiciones se han equivocado de conferencia. Nosotros no somos ni queremos ser hombres académicos, de aquellos que se encargan de enriquecer el fardo de vanidades y rebuscados léxicos que caracterizan habitualmente nuestros estériles intelectualoides, sino combatientes sin más de la causa de la Tradición y si formulamos aquí las ideas principales de una corriente de pensamiento conocida como ‘débil’, puesta en contraste con nuestro modo de pensar, ello es tan sólo para poner en evidencia una vez más el grado de decadencia y descomposición por el que se encuentra transitando el mundo moderno.

  1. 1) Los dos tipos de hombre adámico

Para arribar al tema que nos hemos propuesto y en razón del alto grado de confusión hoy existente en el campo del pensamiento formulemos una vez más la siguiente pregunta:
¿Qué es lo evoliano en los tiempos actuales, puesto esta vez en confrontación con la forma de pensar postmoderna que se encuentra en su antítesis absoluta y respecto de la cual el pensador Gianni Vattimo es el principal representante terminal de una corriente conocida como pensamiento débil?
Podría decirse que lo evoliano se caracteriza por tomar como punto de partida una intuición que muchos de nosotros tenemos y que llevamos a cuestas desde hace tantos años y que se encuentra corroborada por la atenta observación: que el principio sobre el cual se cimienta el mundo moderno en el que vivimos, el de la igualdad, es falso en sus raíces. Que no existe por lo tanto una sola humanidad universal, sino que hay dos especies de hombre confrontadas desde siempre. Esto fue formulado por múltiples pensadores de la antigüedad, pero fue sin duda San Agustín de Hipona quien lo expresó en forma clara y precisa por vez primera. Él denominó a estos hombres confrontados como tipos diferentes de ciudadanos. Ambos vivían en una misma ciudad, se presentaban igual físicamente, en lo exterior no se diferenciaban mayormente, no contrastaban entre sí de manera visible. Quizás una mirada más profunda habría podido señalar que mientras unos de éstos eran nostálgicos e inquietos y se encontraban a la búsqueda siempre de algo superior, los segundos en cambio se apacentaban, quedaban apegados al tiempo y se aturdían con una serie de consumos infinitos por los que, en tanto insuficientes, intentaban completar su interioridad. Unos eran calificados como los ciudadanos de la ciudad de Dios y otros en cambio de la ciudad del hombre la que, en cuanto tal y en la medida que se encontraba asentada en lo meramente humano, representaba una mera abstracción, pues el hombre en cuanto tal no es nada, sino un simple proyecto o hacia el ser o el no ser; por lo tanto se trataba de un movimiento de descenso hacia la nada, hacia el reino del no ser, el que bíblicamente queda simbolizado en la figura del demonio.
Caín y Abel representan la primera dupla de ciudadanos confrontados entre sí. Caín es sedentario, se encuentra quieto y apacentado en la vida mundana, Abel es en cambio nómada y esto simbólicamente significa proyecciones existenciales. Mientras que el primero se encuentra apegado a la tierra, el segundo es un peregrino que se halla en ella como de paso y en una búsqueda incesante de algo superior. Bien sabemos que la epopeya de los dos hermanos ciudadanos de ciudades distintas, aunque poseedores de un cuerpo similar, concluye trágicamente. Caín mata a Abel en forma traicionera y por envidia, pero esto no significa otra cosa que la expresión de un conflicto incesante entre estas dos humanidades contrastantes entre sí, las cuales nunca pueden conciliarse debiendo cuanto más una estar subordinada a la otra. Y toda la historia del hombre que vendrá se basa en esta dialéctica irreversible: o Caín vence a Abel, o a la inversa es éste el que lo hace con el primero.
Llegados a este punto acotemos también y a fin de que el pensamiento evoliano no sea reputado como gnóstico, hoy representado tal movimiento por figuras como Serrano o Moyano, que esta dualidad dialéctica no responde a determinaciones raciales fijas, sino a elecciones existenciales. Caín y Abel, ciudadano de la tierra y del cielo, descienden ambos de un mismo tronco, son por lo tanto hijos de un mismo padre, pero lo que los ha distinguido ha sido su decisión trascendental, es decir la meta hacia la cual proyectaron su existencia. Los dos provenían de un mismo mundo, el adámico, en donde la muerte no existía pero en el cual la vida se desplegaba en forma incesante en modo infinito y reiterativo y por cuya razón, a causa de un agotamiento existencial, se resolviera salir de tal estado. Había que atravesar entonces un largo trecho al encarnarse, es decir pasar de un tiempo infinito a uno finito, de un estado de  inmortalidad al mundo de la muerte, corriendo el severo riesgo de que, tras el olvido producido por el abrupto pasaje y al perder las pistas existenciales, el yo quedara recluido en el mundo sensible y temporal, tal como sucediera con Caín, el sedentario, el enamorado de un universo de paz y de consumos infinitos, o por el contrario, al tomar conciencia del por qué se estaba aquí, se continuara avanzando siempre y sin cesar y en un combate heroico, como el nómada Abel, con el trayecto hasta la esfera de la eternidad. Salir del tiempo, fuere finito o infinito, para ingresar a otra esfera era la razón por la cual se estaba aquí: arribar allí donde el tiempo ha dejado de existir y solamente se encuentra el ser en su presente absoluto.
La existencia humana es pues esta lucha entre dos tipos de hombre: entre aquellos que han puesto como eje de todo a esta vida, el aquí y ahora, y aquellos otros para los cuales la misma no representa sino un tránsito y una prueba a la cual hemos decidido someternos para multiplicar e incrementar nuestro ser.
Y estos dos hombres diferentes y contrapuestos han construido de este modo dos tipos de sociedades y mundos posibles: o el mundo moderno que es el que ahora nos circunda, o el tradicional que es su antítesis absoluta y que rigiera en determinados períodos de nuestra historia.
Hoy nos encontramos en momentos especiales de la vida de la humanidad en los cuales podemos decir que por vez primera y en forma precisa estos dos modos existenciales han sido formulados con una claridad conceptual como nunca antes sucediera. Ello ha sido a través de dos pensadores de origen italiano. Evola, exponente del pensamiento tradicional al que calificamos sin duda alguna como fuerte en tanto que su meta es la trascendencia y el mundo del ser, el cual debe ser conquistado a través de una guerra y un combate heroico, y Vattimo, exponente moderno de lo que ha dado en denominarse como el pensamiento débil, una forma en cambio pacifista que solicita a gritos la inmersión en las banalidades de este mundo, el cual puede definirse sin más como aquel que en tanto rechaza la metafísica hunde sus raíces en la esfera del simple devenir, en el relativismo más extremo, en las dimensiones más efímeras y circunstanciales a las que paradojalmente, tal como se verá, se convierte en un absoluto.
Nosotros que seguimos el esquema evoliano formularemos una breve y rápida síntesis de la historia occidental para arribar a estas secuelas terminales en donde expondremos no sólo lo esencial del pensamiento de Vattimo como contrastante con el de Evola, sino también y en especial el de un discípulo de aquél que ha incursionado en el terreno de la religiones, un autor italo norteamericano de nombre John Caputo.

2) Matriarcado vs. Patriarcado.

El primer combate en la historia entre estos dos tipos de hombre contrapuestos lo tenemos en el contraste entre dos formas sociales antitéticas. El matriarcado es aquella en la cual la especie, bajo la forma de la primacía de lo social y colectivo, prima sobre el individuo, en donde este último se resuelve como parte de un todo que lo trasciende teniendo su vida sentido solamente en la realización de los fines de esta última. No existe aquí una inmortalidad individual, sino colectiva, es la de la especie o del universo social, la que siempre existe gracias a las partes que por su perpetuación se sacrifican y mueren en forma reiterada e infinita. Frente a ésta surge su antagonista absoluto, el patriarcado. La idea es aquí que el hombre, comprendido como yo o sujeto, no queda reducido a la especie sino que es más que ésta: pertenece a una estirpe superior y olímpica, la de los dioses, en tanto que lo humano y lo divino no contrastan entre sí, no existe un abismo entre ambos, sino que son de una misma naturaleza, son modos distintos de percibir y de expresarse de una misma realidad. Los dioses no son nuestros antagonistas, sino nuestros hermanos. El hombre es un dios que se expresa en el tiempo y los dioses son aquellas formas superiores hacia las que apunta una humanidad que ha superado los límites temporales. La sociedad patriarcal se caracteriza por ser viril, guerrera: para ella la guerra es la situación normal de una especie superior a la puramente humana que en cambio sostiene valores materiales tales como la vida vacuna, vermicular y reproductiva, el principio del placer y de la economía, por cuya adquisición solicita la ‘paz’. La guerra es aquí comprendida como el medio por el cual el hombre superior vence a las esferas más bajas del ser, hace primar lo espiritual sobre lo material, la raza divina y olímpica por sobre la telúrica y vermicular.
El combate entre ambos principios se resuelve en la famosa debacle de las Amazonas, expresión última y virulenta de la sociedad matriarcal, exterminadas por Hércules en un combate heroico y desigual.
La lucha entre pueblos viriles y solares contra telúricos, lunares y matriarcales estará presente en toda la antigüedad siendo el ejemplo principal de ello la figura de Roma. ¿Y cuál es su característica? Lo romano surge de golpe, en forma repentina sin haber sido preanunciado anteriormente y se caracteriza por llevarse puestas y por delante a todas las ciudades vecinas practicantes de cultos lunares y plebeyos a las que abate sucesivamente en combates heroicos. El principio viril se corona finalmente en la figura del Imperio en donde el emperador simboliza esa síntesis superior entre lo humano y lo divino. Hoy algo similar a este espíritu ario y romano lo tenemos expresado en actitudes como la asumida por el Estado Islámico que irrumpe también de golpe y sin haber sido previamente advertido y contrasta él solo contra todos al mismo tiempo: rusos, yanquis, europeos, chinos, etc.  

    3) El carácter dual del cristianismo

Sin embargo el orden romano fue disuelto con la aparición del cristianismo que representa el regreso triunfal del principio matriarcal, lunar y democrático que se acompaña así con la caída del imperio. Pero sería demasiado esquemático de nuestra parte achacar en exclusividad a tal forma religiosa la causa de la caída y decadencia. El caos del orden tradicional ya estaba dado previamente por la crisis de las castas gobernantes y consecuentemente del principio viril; el cristianismo no fue pues la causa de la decadencia, sino en todo caso el efecto. Pero así como fue por un lado parte de la disolución, también significó paradojalmente un elemento esencial en el proceso de recomposición del principio romano en la figura de su creación posterior: el Sacro imperio Romano Germánico de la Edad Media. Evola precisa la distinción entre catolicismo y mero cristianismo como una antítesis absoluta en la cual se expresan ambos tipos de humanidad desde dentro de una misma forma religiosa. En nuestro medio en cambio un autor argentino, Carlos Di Sandro, supo hallar una terminología más adecuada divisoria de aguas: nos habló de judeo-cristianismo y de heleno-cristianismo. En un primer caso un cristianismo matriarcal, lunar, pregonero de la democracia y consecuentemente como veremos un anticipo del mismo pensamiento débil de Vattimo y Caputo de quienes hablaremos. En este primer cristianismo regresa la idea de dependencia del individuo respecto del grupo o de la especie. El concepto de pecado impone aquí el sentimiento de impotencia y dependencia, el abismo ontológico absoluto entre el hombre, reducido a la simple condición de criatura, y su Creador; el dios absolutamente trascendente y soberano es lo que aquí toma primacía. En la segunda expresión prima en camino la idea del hombre comprendido como imagen de Dios. A diferencia del opaco judaísmo, Dios es también hombre en la figura de Jesús, el Dios que se encarna. El abismo ontológico cesa aquí y existe por lo tanto un universo de figuras paradigmáticas en las cuales tal divino-presencia es más ostensible que en otros. El emperador es aquí la figura emblemática de un ser que es al mismo tiempo hombre y Dios, que es por lo tanto pontífice en tanto hacedor de puentes entre el cielo y la tierra.
Este conflicto entre las dos religiosidades, lunar y solar, patriarcado y matriarcado, modernidad y tradición se plasmará en el gran combate entre ambos principios que por medio milenio regirá en nuestra civilización en el seno del mismo cristianismo, aunque con conatos de rebelión en su contra. La idea de un cristianismo en el cual el pecado toma primacía asume la forma del güelfismo en donde la Iglesia se subleva en contra del Imperio. El bando opuesto por el cual es la imagen de Dios el factor prioritario y en la cual es el emperador la figura arquetípica de ésta, asume la forma del gibelinismo.
El triunfo del güelfismo dará cabida a todas las formas modernas de decadencia que luego le sucederán. Al ser lo divino lo absolutamente trascendente, en el mundo desaparecen las teofanías y Dios estará solamente recluido en los templos. El hombre convertido en tremendo pecador es precisado en forma incesante de los auxilios de la Iglesia para salvarlo ya que no puede hacerlo por sí. El Estado, otrora ente sagrado y pontifical, de acuerdo al gibelinismo, se convierte ahora en el órgano administrativo encargado ya no de salvar, sino de dispensar el bien común, como subsidiario de la Iglesia, la encargada en cambio de realizar tal fin superior. La Iglesia con tal subversión se habrá cavado con el tiempo la propia fosa.

4) La fracasada revolución idealista

Sin embargo del mismo modo que en la disolución del imperio romano coadyuvaron simultáneamente y en un mismo movimiento procesos de disolución y al mismo tiempo de resolución y superación en lo superior presentes todos ellos en un mismo proceso de negación, en esa dialéctica antes mencionada entre judeo cristianismo y heleno cristianismo, también la revolución moderna parida por la misma iglesia güelfa dará cabida, junto a los procesos incoados por ella misma, a elementos que también coadyuvarán en su contra si tomados en forma adecuada a la superación del desvío.
La ciencia moderna con su revolución copernicana da cabida también a un doble proceso contradictorio. Si por un lado la mente humana se aviene a preocuparse especialmente por las cosas de este mundo y la ciencia sólo se convierte en provocadora de la naturaleza a la que previamente ha desacralizado, utilizando aquí una terminología heideggeriana, por el otro da cabida también a un proceso inverso de divinificación en donde el hombre, de ser un sujeto pasivo, se descubre repentinamente como un yo activo, como una potencia que no lo recibe todo de afuera como una gracia impartida por la iglesia, sino que es el encargado de construir y elaborar su propio camino. Llevada al campo de la filosofía con Kant tal revolución copernicana, el yo se convierte en potencia que constituye por su actividad el campo del conocimiento. La mente humana deja así de ser un simple espejo en el que se proyecta el espectáculo del universo, del mismo modo de lo que sucedía con la tierra tolemaica, sino una potencia activa con capacidad de llegar a constituir la misma realidad como si se tratase de un dios. Sin embargo tal revolución queda inconclusa en tanto que dicha potencia del yo que había sido capaz de construir el fenómeno se detiene ante las barreras infranqueables de la cosa en sí (el númeno) comprendido una vez más como una cosa que existe independientemente de él mismo y de su voluntad.
Tuvo que venir un movimiento posterior en el siglo XIX heredero del criticismo kantiano, el idealismo, para dar un paso más adelante representando el momento en el que el yo pasa de ser una potencia finita a serlo en manera infinita, creador no sólo del fenómeno, es decir del objeto del conocimiento, sino del mismo númeno o cosa en sí. El mundo pasa entonces a ser creación del yo. Y será dentro de este contexto que Hegel, el filósofo culminante del idealismo, decretará nuevamente en su obra juvenil, Esencia del cristianismo y su destino, el carácter divino de lo humano en tanto, como el mismo Dios, ente creador del mundo. ‘Si el judaísmo reveló la naturaleza divina de Dios, el cristianismo en cambio a través de la figura de Jesús reveló la naturaleza divina del hombre’, fueron sus palabras.
Pero Hegel lamentablemente traicionó el legado juvenil del idealismo. El yo trascendental, que creaba el mundo como una medida o un no ser que lo pusiese a prueba para trascenderse, se convierte en Idea impersonal y el individuo singular, uno mismo en tanto yo trascendental, en parte también del despliegue de ésta, en un proceso dialéctico del cual participa obligatoriamente y respecto del cual la filosofía sólo le otorga instrumentos para comprenderlo en su racionalidad a costa de convertirse en conciencia infeliz en caso de apartarse de dicha fatalidad irreversible.

  1. 5) La reacción existencialista

Ante esta traición efectuada por el idealismo surgen virulentas reacciones en la segunda parte del siglo XIX formuladas principalmente por Nietzsche y Kierkegaard. En ambos casos aparece un reclamo airado del yo que no acepta verse reducido al rol de simple mediación de una entidad a él superior que lo comprende y explica. El alemán da un paso más vasto cuando formula la rebelión suprema comprendida como la muerte de Dios. Es el Dios Idea de Hegel, comprendido como el heredero filosófico del Ente absolutamente trascendente dador de sentido y apoyo a nuestro yo impotente y necesitado, el que aquí está en cuestión y cuya muerte se decreta. Pero esto lamentablemente ha sido mal entendido confundiéndoselo como una forma osada de ateísmo. Cuando es de Nietzsche el siguiente pensamiento: ‘¿Si Dios existe, cómo puedo aceptar no ser yo también un dios?’ Lo cual debe entenderse, como un retorno al primer aserto del joven Hegel, como una reiterada expresión del principio de un yo comprendido como ente divino, es decir como potencia infinita y autosuficiente, tal como el principio  de la divinidad del hombre revelada por Jesús y al mismo tiempo presente en toda la tradición clásica empezando por Platón y siguiendo con Plotino, es decir el espíritu heleno cristiano. En su obra El Anticristo Nietzsche formula con gran precisión el contraste existente entre la figura de Jesús y la usurpación de la misma efectuada primero por Pablo y luego por la Iglesia a lo largo de la historia.
Pero en el siglo XX la reacción existencialista se desvía de tal posición asumida proféticamente por Nietzsche. Tal como hace notar Evola en Cabalgar el tigre, en la figura de Sartre el existencialismo, su heredero filosófico, retoma por un camino distinto este mismo desvío ya denunciado por el filósofo alemán y si bien reclama por el hecho de ser subordinado a un ente ajeno a él mismo, va aun más lejos resignándose a la aceptación fatal del hecho de haber sido lanzado a la existencia. ‘Yo no fui consultado en el momento de nacer. Fui lanzado a esta vida en contra de mi propia voluntad. He sido por lo tanto condenado a ser libre’.
Esta frase esencial será el punto de partida de todo el movimiento posterior llamado la postmodernidad que es la consecuencia verdadera del existencialismo de la primera mitad del pasado siglo. Si bien la formulación es lícita en tanto se intenta reclamar por los derechos del yo ante un universal que se le sobrepone y explica (dios, la idea universal, la historia, etc.), sin embargo éste sigue siendo un ente subordinado en tanto ‘condenado’, es decir está presente una vez más y sin proponérselo la idea de pecado y dependencia propia del judeo-cristianismo. No es plenamente libre quien ha recibo de otro la facultad de ejercer su libertad. La libertad no puede ser una condena de la misma manera que no la posee el esclavo encadenado en la caverna oscura de Platón.
En contraste con tal perspectiva y en la misma época en que Sartre escribe tales cosas Evola elabora su magistral obra filosófica la Teoría y Fenomenología del individuo absoluto. En la misma lejos de negar el idealismo tal como hiciera el existencialismo pretende retomarlo de antes de la desviación producida por Hegel. Es el yo quien ha creado el mundo, éste no es una condena para mí, sino una elección efectuada con la finalidad de trascenderlo. El mundo representa el obstáculo, el no ser, la naturaleza física gobernada por el principio de la necesidad. Doblegarla y vencerla sin ser arrastrado por sus leyes es propiamente el acto de libertad. Vuelve una vez más la idea de la conquista de la inmortalidad. El yo es pues potencia infinita y libre absolutamente; en lo social se plasma en la figura del emperador que encarna la unidad entre lo humano y lo divino y cuyo poder, como el de Dios en la tierra, no tiene límites, pues libre propiamente puede haber uno solo y los demás lo son por grados participando de este principio supremo.

  1. 6) Pensamiento fuerte y débil

Indudablemente que hay aquí formuladas dos vías de la libertad, dos vías del yo. O la inaugurada por el existencialismo de Sartre y también en parte de Heidegger (no tenemos en cuenta aquí al último Heidegger) o la que en cambio formula el pensamiento evoliano heredero del mejor Nietzsche aunque superándolo en sus aspectos cuestionables y afines con el evolucionismo.
Indudablemente una libertad que es condena y no positiva realización, es una libertad imperfecta y propiamente no sería tal pues libertad es poder absoluto de ser y actuar y, de haber límites en tal cosa, no sería propiamente libertad sino necesidad. Nosotros consideramos que de esta disolución del concepto de libertad acontecido con el existencialismo se deriva la postura postmoderna o débil cuyo principal exponente es Vattino y del cual hallamos secuelas posteriores en el pensamiento de Caputo.
Se parte de la idea de que un ser condenado e insuficiente con una libertad limitada y que por lo tanto no es tal, no puede en modo alguno captar la realidad como una estructura racional y verdadera, pues una vez más se trata de un ser incompleto e insuficiente, ‘condenado’. No existe la verdad sino en todo caso modos de acceder a las cosas, variables de acuerdo a cada uno de nosotros. Aquí interviene Caputo que ha tomado del franco argelino Derrida el concepto de deconstrucción. Es interesante constatar que  se trata del mismo modo que de un pensamiento débil, de un ser débil que elabora conceptos o construcciones conceptuales variables que pueden ser incesantemente deconstruidas, es decir descompuestas y convertidas en inofensivas axiológicamente. De tal modo suprimida la metafísica no desaparece sin embargo la religión o al menos una parodia de ésta. Se trataría de la revelación de un dios que por su debilidad expresa la naturaleza imperfecta del hombre. El yo no puede crear el mundo y por lo tanto tampoco captar la verdad, la cual es una cosa absolutamtente trascendente a su posibilidad. Sólo puede deconstruir alocadamente, es decir se trata de una actividad lúdica de un sujeto que simplemente actúa pero sin un sentido superior al que referirse. Y ante el mismo, Dios lejos de ser el ente absolutamente perfecto se presenta como una proyección de esta misma insuficiencia e imperfección del hombre. Es un dios que también juega como el mismo hombre y que somete al mundo a un estado de anarquía divina “En su reino los primeros son los últimos… en el mismo no se otorgan privilegios a los cuerpos apolíneos… sino a los leprosos, ciegos, epilépticos. Este reino no es para sabios y virtuosos sino para recaudadores y prostitutas que gozan de un trato preferencial sobre los honrados y honestos”. Etc. ( Vattimo y Caputo, Después de la muerte de Dios, pg. 98). Este Dios que nos presenta el absurdo y el juego como sustitutos ante la razón y la verdad, nos hace presente así el sin sentido que tiene la misma existencia. Aquí vemos tanto en Caputo como en Vattimo una reivindicación del cristianismo pero no del heleno-cristianismo sino del judeo-cristianismo expresado en su forma más extrema y terminal, es decir de un cristianismo que ha derogado la racionalidad helénica para suplantarla por la mera fe, ha estereotipado el concepto de pecado y por lo tanto el abismo ontológico. En este universo caótico de condenados a ser libres, en donde la libertad se resuelve en una acción lúdica representada como una obligación de exhibirse y de mostrarse originales, no existe la verdad, sino las múltiples opiniones contrastantes que es lo que haría prosperar al mundo, pues la anarquía divina, en donde lo absurdo es lo real, es decir el acontecimiento, queda recompuesta por una nueva Deidad que todo lo resuelve: la Democracia. El postmoderno ha querido liberar al hombre de los metarelatos, es decir de los universales que nos explican y justifican, los puntos de apoyo y bastones existenciales tan criticados por Nietzsche, pero sin embargo inaugura otro nuevo, la Democracia que sería la encargada de corregir esta actividad de ilimitadas deconstrucciones. Se trata pues de un dios que juega con el hombre en tanto lo ha condenado a ser libre. ¿Puede haber condena donde hay libertad?
Vattimo sostiene en su obra La sociedad transparente que la postmodernidad ha terminado con la metafísica y ha instaurado por lo tanto un ilimitado pluralismo de puntos de vista no habiendo más una verdad una y universal. Este concepto se vincula a su vez con Caputo cuando habla de anarquía sagrada en Dios.

  1. 7) Conclusión

El postmoderno, continuando con la revolución operada por el existencialismo comprendido como el heredero de Nietzsche, ha querido liberar al hombre de la esclavitud de Dios sea bajo la forma de un ser supremo trascendente o de un gran relato inmanente (Naturaleza, Historia, Economía, etc.) y acuñado un concepto de libertad comprendido como un pensamiento débil y deconstructivo encargado de formular opiniones mutables en donde no existe la verdad absoluta y en la cual cada vez que se elabora un principio con visos de convertirse en verdad universal el mismo es reputado como una simple construcción la cual debe ser deconstruida a fin de exhibir sus limitaciones. Una anarquía sagrada, un dios débil, que sería propiamente el modo en el cual se despliega la libertad humana, o al menos la caricatura de ésta, precisa de la protección de una deidad suprema que es la encargada de establecer un inmenso equilibrio y progreso entre las opiniones contrastantes. Tal es el rol de la Democracia, el nuevo Ente absoluto, o Jeovah del judeo cristianismo, comprendida como esa gran armonía universal en la cual las partes que contrastan terminan finalmente conciliando armónicamente entre sí. Es la existencia de una armonía preestablecida, una reiteración de la mano invisible del liberalismo, del dios comprendido como un gran coctelero que reseñáramos en otra oportunidad.
Indudablemente el contraste con el pensamiento evoliano es absoluto. Ninguna entidad suprema, personal o impersonal, es la encargada de fiscalizar mi libertad.

(Conferencia dictada en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 22/11/16)