EL NACIONALISMO DEL TÍO TOM

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En estos días especiales que vivimos ha vuelto a nuestra memoria el personaje de la literatura yanki sudista del esclavo negro conocido tiernamente como el tío Tom, que a diferencia de otros con ínfulas de libertos, estaba contento con su esclavitud y aceptaba mansamente las teorías respecto de la superioridad irrebatible de la raza blanca sobre la propia. 

La leyenda del tío Tom se ha hecho muy presente ahora luego de la aparición en escena de la figura de Trump, un personaje blanco racista pero de los estratos más bajos y elementales tanto de haber descollado en su momento como un participante televisivo de los programas de catch, aquí conocido como los titanes en el ring. Así como esos bufonescos personajes que actúan en el escenario Trump desprecia a todos los que no son como él, en este caso a aquellas razas no blancas que según su escaso punto de vista se habrían mantenido en los EEUU, lo cual se encuentra bajo su reiterada consigna de América Primero, y en función de ello veda el ingreso de musulmanes bronceados a sus territorios y pone muros en las fronteras mejicanas, que en realidad pertenecen históricamente a dicho país, con la excusa de que los mejicanos mestizos son estirpes inferiores de ladrones, violadores y narcotraficantes. Tal argumento hacia nuestros hermanos no es muy distinto del que se esgrimiera hace 170 años en la invasión a Méjico, cuando se les robaran vastos territorios. En ese entonces, ante quienes sostenían la posibilidad de hacerse con la totalidad del país, el racismo blanco hoy sustentado por el catcher reputó que no había que llenarse de mestizos y de indios no suficientemente eliminados por los blancos españoles (por el contrario se mezclaron con éstos) y que en todo caso lo que debía hacerse era dejar parte de tales tierras como receptáculo de todos los que expulsarían de las que habían conquistado. 

Es de acotar que este racismo no es muy diferente del sionista que se aplica en Israel en detrimento del pueblo palestino al cual también se considera étnicamente inferior. Y así como existiera tradicionalmente el simpático negro Tom que justificaba la propia esclavitud, y también los ha habido, afortunadamente en grado menor, palestinos dispuestos a estar sometidos a la soberbia hebrea, en nuestro suelo los émulos del Tío Tom son hoy nacionalistas del estilo de Biondini o el ahora diputado Olmedo que celebran el muro que Trump le ha puesto a los mejicanos pues así defiende la integridad de su país. Y hasta se ha exaltado el nacionalismo yanqui, solidario por supuesto del sionista y del británico de la Sra Tatcher. Es que justamente nosotros de tales países, a no ser que queramos ser como el tio Tom, lo que más rechazamos es su nacionalismo y por lo tanto su concepción del mundo. Los reputamos anomalías y bregamos justamente por su disolución.