Acercándonos al bicentenario
REFLEXIONES DESDE EL TAWANTINSUYO

  1. A la manera de una introducción

Compartimos la desazón por la democracia que expresara Simón Bolívar tras 20 años de gobierno: “América es ingobernable para nosotros. El que sigue la revolución ara en el mar. De continuarse así este país caerá fácilmente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos de todos los colores y razas.” (Carta al Gral. Flores, 8/11/1830).
Ahora que estamos en vísperas del bicentenario y que se han cumplido con creces los pronósticos del ‘Libertador’, al estar atravesando por la era final de los ‘tiranuelos’, queremos expresar nuestras propias conclusiones.
Quizás haya sido un error profundo, consistente en confundir el principio con su representante, haber quebrado la unidad imperial tras constatar que nos regía un monarca indigno. Mientras que éste tarde o temprano pasa, si es en cambio el principio el que desaparece pueden llegar a transcurrir siglos enteros antes de producirse el retorno a la normalidad e incluso esto podría llegar a no acontecer nunca.
En medio de la miasma de la partidocracia en que nos hallamos nos declaramos metapolíticos, no en el sentido de que nos guste divagar sobre la política, sino porque consideramos que esta disciplina debe regirse por la metafísica. Porque creemos que así como el espíritu debe determinar a la materia, el Estado debe hacerlo con la Nación y que el que gobierna no debe ser el ‘representante del pueblo’, sino su ente formativo y rector, aquel encargado de transformarlo para convertirlo de masa o individuo en persona.
Somos pues revisionistas en el más cabal sentido de la palabra. No podemos aceptar que este sistema sea el único posible, ni ‘el menos malo de todos’, de acuerdo al dogmatismo instalado por el pensamiento único. Así como no creemos que nuestra historia comience apenas en los albores del siglo XIX con las diferentes ‘revoluciones emancipadoras’, del mismo modo y con la misma intensidad de convicciones tampoco concebimos que lo que hoy se llama América haya empezado en 1492. Nuestro revisionismo es radical. Para nosotros la Tradición no se reduce al Occidente cristiano, ni al ‘legado de la Iglesia’. Se trata en cambio de un fenómeno universal, de algo que es propio de nuestra misma especie y que siempre ha existido aun cuando estemos viviendo 200 años de intensa anomalía generada en Europa y expandida desde allí hasta el resto del mundo a partir de la Revolución Francesa.
Ante la Democracia contraponemos su antítesis absoluta, el Imperio. No creemos en el dogma moderno de que la libertad consista en un universo de átomos acotados, en un comunismo de derechos igualitarios. Somos en cambio jerárquicos y creemos que es la libertad del soberano la mejor garantía para el despliegue de las naturalezas propias de las personas.

  1. La lucha entre la Democracia y el Imperio en América

 

Estando revestido de estos principios esenciales, contrapuestos a los que rigen en el mundo moderno, nos abocamos a viajar hacia lo que fuera el Tawantinsuyo, el último imperio que existiera en la América originaria, antecedente del que se continuara luego con Carlos V en donde se pasara a formar parte del vasto territorio ‘en donde no se pone el sol’. Lo efectuamos para celebrar a nuestro modo y de manera ‘bolivariana’ los 200 años de democracia americana.
El Imperio Inca, surgido en el tiempo en lo que fuera la Edad Media europea, es la última manifestación en Sudamérica de un antiguo orden milenario que se remonta al menos hasta Tihuanaco, teniendo por antecedentes otras manifestaciones, sustentadas en un mismo principio, relativas al carácter divino y trascendente del poder político. El Inca, como su predecesor señor de Sipán, del mismo modo que el Emperador gibelino en Europa, no era el administrador de los bienes de la comunidad, no era el árbitro que regulaba el tránsito de las personas sin modificarlas. Él era principalmente un pontífice, un hacedor de puentes desde esta vida hasta la que  es superior a ésta; era el encargado de conducir a los hombres hasta los caminos del Cielo. Gobernar consistía pues en transformar a los súbditos convirtiéndolos en personas. La casta guerrera y sacerdotal de los Incas vivía en altas cumbres apartadas, en templos pétreos en donde se veneraba al Sol, símbolo del principio metafísico inmutable. Así como tal astro regía en el universo físico, el emperador lo hacía en el mundo humano: se trata pues de un ente rector, de un motor inmóvil que todo lo ordena sin moverse mientras que el resto se agita a su alrededor.
Hemos levantado esta consigna: en América el Imperio es milenario, en cambio la Democracia aun no tiene 200 años, habiendo habido también diferentes reacciones en su contra, tales como Rosas en la Argentina y García Moreno en Ecuador.
Dispusimos entonces, en concordancia con tales principios, ‘celebrar’ el bicentenario en Cusco y Quito, las ciudades de elevada cumbre en donde gobernaron los dos últimos monarcas incas: Huáscar y Atahualpa y en Guayaquil en donde se frustrara el sueño de la democracia bolivariana, brindando en todas ellas una misma conferencia en la que se contrastaban las dos organizaciones antitéticas que conociera nuestro continente.
Imperio y Democracia son dos sistemas antagónicos en tanto basados en principios contrapuestos que se han combatido entre sí a lo largo del tiempo y desde el mismo ‘descubrimiento’ de América, como proyección de una larga lucha que se iniciara en el continente europeo y que culminara con el triunfo de esta última a través de la Revolución de 1789.
Mientras que el Imperio resalta el carácter divino del hombre personificado paradigmáticamente en la figura del gobernante comprendido como la persona absoluta que tiene por función principal transformar al pueblo (ello es lo que significa propiamente el gobierno), la Democracia lo hace en cambio con su aspecto telúrico, masificado, ‘pecador’ y físico y meramente ‘administra’ en la medida que no pretende modificar la ‘naturaleza’ del hombre.
En plena Edad Media europea, en el acontecimiento conocido como la querella por las investiduras, el Imperio fue calificado por la Iglesia güelfa como la manifestación del Anticristo y el gobernante ya no fue concebido como un pontífice, sino como el encargado de dispensar el ‘bien común’ a los habitantes, en la medida que, en función de una democracia comprendida primero en un plano espiritual, no existían jerarquías en tal esfera y todos eran ‘iguales ante Dios’. Es de resaltar además que el papado repudiaba del emperador gibelino su corte ecuménica en donde las religiones eran concebidas como caminos diferentes para buscar el mismo Dios.
Transferido este conflicto secular a nuestro continente, el exclusivismo güelfo, es decir el primer antecedente de la Democracia, operó en dos frentes aparentemente contrapuestos. Por un lado combatió a la religión autóctona como satánica y supersticiosa, promoviendo la destrucción de sus templos sagrados y por otro fue a lo largo de toda la colonia un foco subversivo permanente en contra del Imperio español. La prédica disolutoria de clérigos tales como Fray Bartolomé de Las Casas condenando la conquista por el pretendido ‘genocidio’ de nativos fue un claro procedimiento dirigido hacia el desprestigio de la corona y un intento indubitable por obtener que fuera el clero el encargado de ocupar su lugar. Esta maniobra consistió en una operación distractiva que apuntaba a desviar la atención de la obra deletérea efectuada respecto de los rastros de las grandes civilizaciones pre-colombinas. La apropiada expulsión de la Compañía de Jesús, clara avanzada del güelfismo democrático, será una medida defensiva agónica del imperio español ante el proceso subversivo iniciado en pleno período colonial. Los movimientos emancipadores posteriores contarían con clarísimos apoyos de esta institución. (1)

  1. El nazi-güelfismo y el marxismo sabotean nuestra visita al Tiwantisuyo

 

Nuestra primera etapa debía consumarse pues en la ciudad del Cusco en los primeros días del mes de junio en unas jornadas preparatorias efectuadas en consonancia con el Centro de Estudios Tradicionales Andino en aras de la realización de un congreso a realizarse en el mes de noviembre en donde el presidente de dicha institución, el prof. Rubén Pillares, habría de  efectuar una ponencia magistral titulada Julius Evola y el Tawantinsuyo, representando ello el primer encuentro, tras 500 años de dogmatismo exclusivista y pensamiento único y güelfo, entre un autor gibelino europeo y la milenaria tradición incaica.
Pero la Democracia no habría de permanecer inmóvil ante este hecho realmente revolucionario. Henos aquí que una repentina acción aleve en contra de nuestra persona intenta impedir nuestra visita y de este modo sabotear el evento. Durante al menos 10 días la prensa del Perú dedica masivamente vastos titulares referidos a nuestra llegada a ese país denunciándonos como un pretendido ‘líder nazi’ que vendría con la finalidad expresa de organizar la violencia.  Simultáneamente a ello se reciben en nuestro teléfono amenazas de muerte instándonos a no viajar al lugar y, para coronar la epopeya, un líder nazi peruano (a quien identificaremos de aquí en más con la sigla V.) nos llama insistentemente suplicándonos no concurrir pues se desataría una feroz represión en contra de su familia y afiliados. Resultaba curioso constatar aquí la afinidad de intenciones demostrada entre representantes de fuerzas de izquierda como de ‘derecha’, mancomunadas ambas en un mismo fin aunque con argumentos diferentes para evitar nuestra visita.
Develaremos en lo que sigue el meollo de este curioso acontecimiento. El Sr. V., además de ser el jefe de un grupo nazi peruano, es miembro asiduo de la secta güelfa que responde a Monseñor Lefebvre. La misma, a pesar de haberse manifestado durante muchos años (no ahora) en contra de la conducción del Vaticano, en el fondo representa sus mismos intereses y realiza ciertos trabajos sucios que la sede central no se anima a hacer públicamente por prudencia. Por ejemplo en 1992, al celebrarse los 500 años del ‘descubrimiento’ de América, los lefevristas realizaron un encuentro en Buenos Aires en donde entre otros conceptos se alabó expresamente la destrucción de los templos incaicos inspirada por el clero güelfo inquisidor. Cosa que por supuesto y por prudencia política no iba a hacer el Vaticano en forma pública, el cual en cambio, en simultaneidad con ello, por la izquierda ‘pedía perdón’ por el genocidio de aborígenes (2) producido en el continente americano.
Ya hace 13 años, cuando concurrimos por primera vez a Lima a brindar una conferencia relativa al pensamiento tradicional alternativo representado por Julius Evola, los lefevristas contraatacaron en una nota aparecida en su revista Iesuchristus acusando a dicho autor y al suscripto como ‘satanistas’. El grupo nazi del Sr. V., en una página de internet titulada El Observador Popular Nacional Socialista, reprodujo el artículo infame agregando a su vez una serie de notas injuriosas y ridículas en contra de tal autor. Ahora bien, algunos se preguntarán qué es lo que tienen en común el lefevrismo católico que cree en la existencia de una dimensión metafísica y el paganismo nazi inmanentista y biológico que reduce al hombre a su mera raza. Pues bien, ambos son exclusivistas y supremacistas. Así como el güelfo cree que solamente su religión es la verdadera y que todas las demás son herejías satánicas y escandalosas a las que hay que destruir o cuanto más tolerar como errores, el nazi inmanentista cree en la superioridad de su propia raza, considerando a las otras como inferiores (3).
Pero continuemos con el despliegue de esta trama inverosímil y con los resultados obtenidos. El Sr. V., como un perfecto operador bien entrenado, enterado de nuestra visita al Perú, nos ofreció dar unas conferencias en la Universidad de Trujillo en donde nos decía que tenía influencias especiales. La realidad es que utilizó el procedimiento astuto consistente en hacer así creer que, en tanto era su grupo el que realizaba tal actividad, el suscripto también habría pertenecido a su mismo espectro ideológico y de esta manera dar así los argumentos para una feroz campaña de la prensa en nuestra contra con la aviesa finalidad de impedirnos la visita al país. A su vez y para completar la acción deletérea fue el encargado de brindar nuestro teléfono a los grupos de extrema izquierda para que efectuaran las amenazas de las que habláramos antes.
Ahora bien, es interesante explicar aquí en qué concuerdan tanto el Vaticano, en su variante lefevrista, como la extrema izquierda tercermundista que motorizó los ataques en nuestra contra a través de la prensa. Pues bien la visión indigenista que expresa tal corriente es perfectamente afín con la estrategia güelfa. En ambos casos, sea a través de la destrucción de templos, como de la exaltación de un cierto comunismo primitivo telúrico y lunar, se rechaza la visión imperial y solar de la religión autóctona habida en estas tierras. Los marxistas reducen el incario a un mero culto por la naturaleza física, a la Pachamama o Madre Tierra, y consideran torpemente que las grandes civilizaciones americanas habrían esculpido montañas, erigido templos de pesadas moles a grandes alturas, nada más que para calcular los tiempos de las cosechas. Por su lado los lefevristas están de acuerdo también, aunque por otros medios, en negar la presencia de una esfera metafísica en tal contexto cultural al que reducen a una mera manifestación supersticiosa y ‘satánica’.

  1. Conclusión

 Lamentablemente para ellos la jugada les salió muy mal. A pesar de la intensa campaña de la prensa que contara hasta con un programa televisivo dedicado a nuestra persona en el cual se nos acusaba de haber instigado el atentado de la AMIA y que incluso se nos amenazara con encarcelarnos por ‘haber negado el Holocausto’ y otras cosas similares, decidimos igualmente concurrir al país en tanto consideramos todo esto como una prueba a la que se nos sometía. En la ciudad de Cusco contamos con la digna colaboración de los representantes del Centro de Estudios Tradicionales Andino quienes tampoco se dejaron amilanar por las amenazas. Es cierto que el Instituto Nacional de Cultura de tal localidad, dirigido por un miembro del Opus Dei, nos impidió dar nuestras conferencias en el local que previamente nos había otorgado alegando que cuando lo hizo ‘desconocía nuestro nazismo’, y de este modo demostraba así la confluencia de intereses y operativa entre los diferentes sectores del güelfismo. La Iglesia oficial no iba a negar nunca la realización de un evento en el que se exaltara el incario desde un punto de vista tradicional, salvo que un sector de la misma no hubiese previamente preparado el terreno para obtener la censura. Tal como vemos ahora los templos se queman con procedimientos más sofisticados.
Gracias a la buena colaboración antes aludida pudimos igualmente efectuar nuestra actividad en otra sede. Más tarde nos dirigimos al Ecuador y, sin tener afortunadamente los problemas vividos en Perú, en Guayaquil y en Quito pudimos dar normalmente nuestras conferencias en distintas sedes universitarias.  En esta última ciudad se ha constituido un grupo tradicionalista que realiza una importante labor de revisionismo histórico en el sentido radical antes aludido.
Faltaría relatar todavía una anécdota relativa a nuestra estancia en Perú. Viajamos desde Lima hasta Quito en un largo viaje en bus pasando por la región norte de este país. Estando ya en Ecuador nos enteramos de que, justo luego de nuestra salida, estalló una feroz revuelta campesina con al menos 55 muertos y que el régimen de Alan García, que gozaba hasta ese momento de gran estabilidad, comenzaba ahora a trastabillar. No faltó quien nos dijera que era un castigo propinado por el operativo que se había efectuado en nuestra contra y que los espíritus convocados en nuestro encuentro realizaron la acción correspondiente.

  1. Es interesante constatar al respecto cómo en nuestro país los jesuitas, especialmente a través de la obra del padre Furlong, luego continuada por diferentes autores revisionistas güelfos, manifestaron que la revolución de Mayo fue en verdad una venganza de esta orden en contra del absolutismo monárquico Borbón que la había expulsado. Alegan que cuando los revolucionarios hablaban de ‘contrato’ se referían no a Rousseau, sino al jesuita Suárez, quien formulara la muy democrática doctrina, no muy distinta en lo esencial de lo formulado por el anterior, de que el monarca recibía el poder desde Dios, pero por la intermediación del pueblo.
  2. Resulta llamativo cómo en la crítica a la acción colonizadora efectuada por España en América se haya puesto el acento en la pretendida matanza de aborígenes, (cosa nunca comprobada pues lo que sí es un hecho es que estos últimos murieron por las enfermedades traídas por los europeos y no por una expresa voluntad de exterminio) más que en la indudable e intencional acción destructora del patrimonio cultural de las grandes civilizaciones precolombinas.
  3. Es interesante señalar aquí la obra efectuada por el autor nazi francés radicado en la Argentina  J. M. de Mahieu en relación a las grandes civilizaciones precolombinas. Para éste, de acuerdo a lo expresado por su maestro Gobineau de que sólo las razas arias y blancas eran las creadoras de civilizaciones, los Incas habrían sido vikingos europeos bronceados por el sol.

Marcos Ghio
Buenos Aires. 3/07/09
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