Acerca del atentado de Atocha

EL MIEDO NO ES SONSO

 

Los distintos sistemas totalitarios han tenido a sus teólogos o apologistas cuya función ha consistido siempre en “interpretar” los acontecimientos de acuerdo a los principios de la ideología reinante, justificando los hechos y tratando de dar una visión optimista de la realidad a fin de que la fe y la conciencia pública no se debilitaran.
Así pues en la Edad Media los teólogos ante las plagas, guerras y demás maldades que conmovían al planeta tranquilizaban explicando que lo que sucedía no debía alarmarnos tanto puesto que, en la medida que el universo había sido creado por un ser infinitamente bueno, todo lo que acontecía formaba parte de un orden superior que todo lo dirigía hacia un final feliz, pues Dios, quien escribía la historia con renglones torcidos, en su suma sabiduría nos había hecho en el fondo el mejor de los mundos posibles.
Siglos más tardes con la era moderna tal visión optimista de la realidad, así como la existencia de teólogos que nos lo recordaran incesantemente, y nos levantaran el ánimo ante las crisis, a pesar de ciertos cambios en las convicciones colectivas, no ha variado en lo esencial. Ahora en los tiempos actuales, con la secularización y el modernismo, ya no es más el cristianismo la religión “verdadera” y dominante, sino una fe laica, la democracia, también ésta concebida como el mejor de los sistemas posibles a pesar de todas las contrariedades e imperfecciones que nos manifiesta cotidianamente, del mismo modo que el otrora universo medieval que Dios nos había creado de la mejor manera, a pesar de todas las apariencias en contrario. Ahora sin embargo no hay más un Dios personal que gobierna el mundo ajustándolo a un plan trascendente, sino la que lo hace es una realidad amorfa, numérica y sin nombre que también dirige sabiamente las cosas hacia el bien supremo. Dicha nueva fe se condensa en la popularizada máxima de que vox populi, vox Dei. El pueblo, del mismo modo que el antiguo Jeovah judaico, no se equivoca nunca y posee una altísima sabiduría en sus decisiones y cuando las mismas se contraponen a nuestro buen sentido, no es que haya errado el recto camino, sino que en realidad se trata de una insuficiencia de comprensión de nuestra parte, de una incapacidad por entender ese proceso dialéctico por el cual lo real, esto es el pueblo, es en el fondo racional. Es decir, de la misma manera que los teólogos de otrora que en vez de tratar de conocer la verdad trataban de auscultar los planes de Dios en la historia, los modernos teólogos tratan ahora de “interpretar” la voluntad de las masas. Esta verdad sustancial se encuentra hoy en día en la base de toda nuestra existencia cotidiana, puesto que la religión democrática se ha convertido en la concepción del mundo generalizada y universalmente aceptada, más que en una mera forma de gobierno como vulgarmente se cree. El gobernante ya no es más el que dirige hacia la verdad a los gobernados orientándolos y educándolos a fin de elevarlos de su condición inmediata, primitiva y natural, sino aquel que se destaca por su capacidad de “interpretar”, de escuchar y finalmente de hacer lo que el pueblo verdaderamente quiere y nos dice. Así pues en la religión democrática la norma principal es que es siempre el inferior quien debe orientar al superior. El maestro debe hacer lo que les dicen los alumnos, conocerlos, interpretar sus intenciones más profundas, por lo tanto disminuir y aun silenciar su saber superior, los padres más que educar deben “comprender” a sus hijos, y el gobernante hacer lo que el pueblo dice, y en todo caso cuando existe una cierta incompatibilidad e incomprensión hacia lo que son sus determinaciones más elevadas, cuando alguna aguda crisis interfiere con tal tarea profunda de interpretación, se acude presurosamente a los teólogos de turno para que nos indiquen lo que el pueblo en verdad nos quiere decir. Esta especie nueva de la modernidad, que no es sino una reiteración de lo que eran los antiguos profetas bíblicos o los teólogos eclesiásticos más inquisitoriales y fanáticos, recibe hoy en día diferentes nombres. Desde comunicadores sociales o periodistas cotizados y con rating, psicólogos intérpretes de la intrínseca sabiduría de los jóvenes, psicosociólogos, sexólogos, etc.: todos ellos tienen por finalidad reconciliarnos con la “realidad”, es decir con el pueblo, con su innata sabiduría propia del mejor de los mundos posibles y gestora por lo tanto del sistema que le corresponde. Aunque convengamos en que cada tanto ciertos hechos excepcionales por su crudeza terminan afectando nuestra sensibilidad y una crisis de pesimismo ante este mundo espléndido corre el riesgo de invadirnos, haciéndonos descreer o entrar en crisis. Éste es justamente el momento indicado para que estos “comunicadores” teólogos contemporáneos entren en escena para esclarecernos. Con su rostro angelical de ascetas iluminados cuyas imágenes nos brindan los diarios principales, irradiando fe y optimismo en el menos malo de los sistemas, ellos ofician de verdadero bálsamo en los momentos en los cuales los valores principales parecen trastabillar. ¿Cómo entender por ejemplo que una simple bomba haya podido modificar en tan sólo tres días el resultado de una elección, tal como sucediera en España luego de la matanza de Atocha? ¿Por qué tanta volubilidad? Además, lo sucedido parecería ser lo inverso de lo que dicta el sentido común. Si el mal mayor es el terrorismo islámico ¿por qué no votó por aquel partido que prometía combatirlo hasta en su misma guarida, y no en cambio justamente por aquel que lo premiaba abandonando la guerra? Ante ello los Grondona y demás especie de modernos teólogos rápidamente salen a la palestra para hacernos comprender la intrínseca sabiduría popular. Resulta que ello habría sucedido por una profunda intuición que sólo existe en un pueblo con mucha clase burguesa como el español. Esto es, nos topamos con un pueblo reflexivo, cuyos cambios repentinos se explican porque captó al vuelo la falta en el partido gobernante y castigó a quien le mintió respecto de quienes eran los responsables del atentado. Es decir que con gran madurez habría reflexionado que no podía premiarse a quien desconfiara de él mintiéndole por considerarlo inmaduro. ¿Pero es que acaso la mentira y el engaño son peores que el asesinato? ¿Se puede castigar a un mentiroso premiando a un asesino? ¿Por qué no pensar en cambio que ese “pueblo maduro” que descreía de la invasión a Irak porque la reputaba injusta, en cambio estaba lo mismo dispuesto a votarlo a Aznar por considerarlo un buen ordenador de la economía? Es decir que su inmensa “madurez” consistía en priorizar el bienestar antes que la justicia. Justamente por ser muy burgués, tal como nos reconoce Grondona, tuvo miedo sumo por la reiteración de atentados que pudiesen interferirle en su paz y en su confort. Aunque resulte  trágico decirlo se trata de la realidad, por más que ello pueda significar descreer de la religión democrática y que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, como tampoco que el pueblo es el señor de la verdad. Se tuvo miedo y es natural que donde reina el burgués sea imposible encontrar el heroísmo, sino el pacifismo. Aunque convengamos también en que su paz verdadera no ha llegado meramente en el momento en el cual el nuevo gobernante Zapatero declaró su intención de retirar sus tropas de Irak, sino cuando Bin Laden manifestó que, habiéndose logrado el objetivo buscado, cesaban las acciones de guerra en España. Es que el miedo no es sonso.

Marcos Ghio

Buenos Aires, 22-3-04