EL SUICIDIO DE KIRCHNER (ÚLTIMA PARTE)


Quedó claro para nosotros que se trató de un suicidio, o al menos de una muerte inducida respecto de la cual mucho se sabía con anticipación. El paciente, que había tenido varios cuadros críticos, no seguía puntualmente con ninguna de las indicaciones médicas que se le hicieran y es indubitable que a través de ello buscaba la propia muerte. Nosotros hemos sido los primeros si no los únicos en anticipar este trágico final en tres artículos sucesivos publicados entre el 2003, año en el que asumiera el gobierno, y el 2008 cuando comenzara el colapso de su estrella tras la crisis con el campo (1), (2) y (3). Aplicamos en tales notas un procedimiento no convencional de análisis político que sería largo repetir aquí por lo que remitimos a los interesados a las mismas. Ahora lo que queremos explicar son en cambio las razones de esta situación, es decir qué fue lo que condujo a este final. Para ello acudiremos a dos disciplinas subsidiarias de la metafísica como la ciencia política y la psicología. Empezando por lo primero debemos decir que hoy en día la política moderna, a diferencia de lo que sucediera siempre en épocas normales, se basa no en los principios sino en el terreno de la eficacia y la oportunidad. Una teoría o un político interesan no tanto por el valor de verdad que tengan, sino por el éxito o los votos que hayan obtenido. La frase de ese general devenido en político de que ‘la realidad es la única verdad’ grafica perfectamente lo que es la política moderna. En realidad no interesa aquí tanto si una cosa es verdadera, si beneficia o no a las personas, sino si ha logrado imponerse y triunfar, lo cual en un terreno democrático como el actual significan votos y triunfo en las urnas. Y al respecto digamos que deben ser hombres muy menores y carentes de una auténtica dimensión espiritual los que acepten hacer política en estas condiciones en donde la verdad y los principios queden subordinados al éxito. Hombres en los cuales, ante la falta de certezas interiores, necesiten confirmaciones externas y que vivan pendientes de la adquisición de algo ajeno a ellos mismos que los pueda completar. El político moderno, como forma paradigmática de esta era de decadencia, es un ser que precisa llenar su yo interior con la búsqueda incesante de bienes externos que pueden ser tanto cosas materiales como también los relativos al prestigio que le otorguen las adhesiones de los otros. Y hay por lo tanto, en función de estas dos prioridades, dos tipos de líderes modernos. Por un lado se encuentran aquellos que buscan a través de la política satisfacer sus apetitos de bienes y los que en cambio dan prioridad a la satisfacción que les produce el logro del consentimiento ajeno. El peronismo, que ha sido justamente la mejor y más paradigmática manera como se ha manifestado entre nosotros la política moderna, nos ha dado a esos dos tipos de líderes que se han diferenciado justamente por la prioridad que le han otorgado a cada una de estas dos cosas. Y estos han sido Menem y Kirchner, pudiendo entrar con la descripción de los mismos de lleno en una esfera psicológica.
Con respecto al primero de ellos, alguien cuando lo describió manifestó con razón que se destacaba especialmente por ser una persona que carecía totalmente del defecto de la timidez. Es decir que en realidad al mismo le interesaba ser exitoso no tanto para consolidar el propio yo, sino para adquirir aquellos bienes necesarios para colmar su vacío interior. Es decir que para Menem el consentimiento ajeno no era el fin, sino simplemente un medio para alcanzar otras cosas. Por ello el mismo, si bien no ha tenido el vicio de la timidez, se ha destacado en cambio por una personalidad voluptuosa encaminada hacia la búsqueda siempre mayor de placeres habitualmente relacionados con una sexualidad desenfrenada (1). Pasó exactamente al revés con Kirchner, a este último por supuesto que le interesaron también los bienes materiales, pero los acumuló en función de un fin ulterior diferente del de su predecesor que ha sido la búsqueda del consentimiento y confirmación ajena. Si Menem ha sido un hombre público que ha podido siempre prescindir de lo que los otros decían de él, no ha pasado lo mismo con Kirchner, al que se podría sin más calificar desde tal perspectiva como un tímido. Y esto se lo vio justamente en la decisión por la cual resolviera elegirla a su esposa como su sucesora en el cargo a pesar de que podía perfectamente haberse hecho reelegir, pero, como había escuchado desde varios sectores que en realidad era ella la que dirigía el país entre bastidores, quiso revertir tal situación mostrándose así él como el verdadero jefe de Estado. Y en tal sentido hay que reconocer que tuvo éxito pues fue justamente luego de que su esposa fuera elegida presidente que empezó a ser concebido como el verdadero gobernante.
Esta misma situación es la que se ha producido ahora con su suicidio y con su antecedente real cual fuera la derrota que tuviera con el campo en el famoso conflicto por las retenciones. Se supo que al haber perdido la pulseada planteó hace dos años la renuncia al gobierno. Argumentó que podía repetir una misma circunstancia como la de Perón que fue expulsado del poder con el 30% del consentimiento de la población y que luego, debido a los fracasos de la oposición, pudo volver y triunfar con el 70%. Insistió en tal oportunidad que el desgaste de sus enemigos era mucho mayor que en la época del general que regresó al poder luego de casi 20 años de exilio; él consideraba que su retorno tras el fracaso de la oposición iba a ser en menos de tres años. Sin embargo las cosas le salieron mal porque su esposa Cristina se le plantó y por primera vez no aceptó seguir sus indicaciones.
Se supo luego que dos días antes de su muerte recibió un informe confidencial que le decía que su derrota electoral era ya ahora irreversible y que hasta podía llegar a dudarse de que pasara a la segunda vuelta. En la soledad de El Calafate pergeñó pues su última estratagema. Un Kirchner muerto haría crecer su popularidad del 30 hasta más del 50. Muchos que no lo votaron lo llorarían en su velatorio y Cristina llegaría a ganar las elecciones.
Desde ya que esto último no va a ser así y el desgaste del régimen va a ser mucho mayor puesto que esta vez se va a repetir y en forma multiplicada la experiencia de la viuda de Perón en el poder. Aunque ahora no va a ser con un solo López Rega, sino que una docena de ellos pateará cada uno por su lado. Pero esto lo dejaremos para otra oportunidad. Simplemente digamos que no se resolverá la crisis argentina ni de otro país simplemente con la salida de un Kirchner de la escena política, sino que lo que se debe terminar es esa gran anomalía que es el mundo moderno (2).

(1) Menem se ha jactado como un verdadero mérito el de ser un mujeriego. Tiene como su correlato internacional a otro líder europeo como Berlusconi, que es la versión italiana del primero. Paradojalmente y como un signo de algo verdaderamente grotesco que habría que analizar en una nota ulterior, el mismo día en que moría Kirchner en Italia comenzaba a estallar el escándalo conocido como el Rubygate o también del Dunga Dunga. Compulsivo putañero, Berlusconi esta vez se pasó de la raya. Una de sus odaliscas preferidas, la marroquí Ruby, cayó presa por ladrona y Berlusca en persona llamó a la comisaría para que la liberaran alegando que se trataba de la sobrina del premier egipcio Mubarak. Es decir, además de todo, un papelón internacional. A esto se le suma que la aludida aun no tiene los 18 años que cumplirá pasado mañana. Por lo cual en dos días la sociedad italiana se enterará de cosas trascendentes tales cómo es el famoso Dunga Dunga que la pulposa joven practicaba con el premier. Tal como vemos tampoco se trata aquí de una persona tímida.

(2) Esta tendencia hacia la timidez compulsiva, consistente en un interés enfermizo respecto de la opinión y aprobación ajena, puede servir también para explicar aquí las causas del verdadero fanatismo manifestado por Kirchner en la persecución hacia los militares que participaron de la guerra contra la subversión. Él ha querido de esta manera compensar su conducta asumida durante la época de la pasada dictadura, respecto de la cual si no alcanzó a ser abiertamente un colaborador, se destacó en cambio por una persona que se mantuvo ajena a la lucha en su contra e incluso se benefició con sus políticas económicas. Persiguiendo ahora a los militares quiso así compensar ante su conciencia y la de los otros sus anteriores omisiones.

Marcos Ghio
30/10/10